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Álvaro Palacios: "Aún nos falta madurez para etiquetar vinos de parajes y viñedos singulares"

Entrevista al artífice del resurgimiento enológico del Priorat
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Álvaro Palacios, el pasado martes en su finca de Gratallops, con el Montsant al fondo. Foto: Alfredo González

Álvaro Palacios, el pasado martes en su finca de Gratallops, con el Montsant al fondo. Foto: Alfredo González

Acaban de cumplirse 25 años desde que René Barbier, Daphne Glorian, Carles Pastrana, Josep Lluís Pérez y usted mismo apostaron por el Priorat. ¿Qué balance realiza?

Muy positivo. Le debemos todo al Priorat. Es un regalo. Es un lugar micromajestuoso porque es muy pequeño pero tiene tantos rincones, altitudes y niveles que es singular, bello y especial a la vez. El Priorat es conocido en el mundo porque es muy grande e incluso nos ha perdonado errores enológicos. El Priorat me ha enseñado a aprender y a querer.

 

¿A aprender y querer qué?

A aprender de viticultura obviamente pero también de la vida, del sometimiento a la austeridad, a la rusticidad y a la dureza. Y también a valorar y a querer: apreciar lo que haces, apreciar el terruño y las viñas y respetar la naturaleza, el entorno. Yo siempre digo que L’Ermita (su marca más prestigiosa) no nos pertenece. L’Ermita pertenece al patrimonio del Priorat, que es de todos y que a nosotros nos ha tocado el legado, no de recuperar las viñas porque estaban ahí, pero sí de entenderlas y cultivarlas con la máxima dignidad para que luzcan como se merecen.

 

¿Qué retos tiene pendientes?

En primer lugar, consolidar lo que nos ha traído hasta aquí, seguir cuidando los viñedos con responsabilidad, oficio y pasión. En segundo, penetrar en las cavas de los grandes coleccionistas de vino de élite del mundo. Ya estamos presentes en casi todas las cartas de los grandes restaurantes pero lo que nos falta es que compren nuestro vino como un fondo de inversión.

 

Cuando nuestra viticultura y enología quisieron dar un salto hacia adelante apostaron por variedades no autóctonas. ¿Cuál es la situación ahora?

Hoy en día se da mucha importancia a la estética de la bodega pero los grandes vinos son el fruto estricto y puro de enclaves geográficos e históricos privilegiados y del conocimiento de sus viñas y uvas. Por eso, hoy se está apostando con mayor claridad por las variedades autóctonas. En el Priorat hay en estos momentos un debate interesante y bonito sobre qué variedad es mejor la garnacha o la cariñena.

 

Y, ¿cuál es?

Para mí la garnacha, porque si bien es cierto que es una variedad muy caprichosa, consentida, que necesita cuidados especiales y que se arrancó porque su rendimiento es irregular, se trata de una uva que cautiva y enloquece, que reivindica el Mediterráneo más extremo, que es refrescante, vibrante y más musical que la cariñena, que es más de acompañamiento.

 

Catalunya es de los pocos lugares del mundo donde se elabora y exporta vino, donde se consumen más vinos de fuera que locales. ¿Qué hace falta para incentivar su consumo?

Si bien eso es cierto también lo es que la ‘riojitis’ ha bajado mucho en Catalunya. La Rioja es la zona más sofisticada que quedó de la decadencia de la postguerra y durante años fue el referente pero desde hace unos años lo es menos y se apuesta más por los vinos de aquí, cosa que es lógica porque Catalunya es una región vitivinícola muy potente.

 

En Catalunya hay doce DO, frente a la Ribera del Duero o a Rioja. ¿Eso es bueno o malo?

Bueno. De hecho, queda mucho por poner en valor las singularidades de cada región, municipio, paraje o viñedo. La base de la pirámide es ancha y consistente. Siguen habiendo muchos vinos de país, que son los de mesa y gran consumo. En segundo lugar por abajo se encuentran los vinos de las DO regionales, presentes en los supermercados y un 10% de restaurantes. Pero nos falta madurez para hacer más vinos de municipio y empezar a etiquetar vinos de parajes y viñedos singulares.

 

En el Priorat fueron pioneros hace cinco años con los vinos de vila.

Sí, nuevamente el Priorat fue pionero en ir más allá de las denominaciones genéricas (o, como mucho, de las subzonas) para dar un reconocimiento legal a los municipios en la etiqueta, en reforzar los vínculos de sus vinos con su territorio de origen aprobando la nueva indicación vi de vila. Una designación que ahonda en un concepto clásico dentro de la cultura vinícola: el vino de pueblo (de village o commune que dirían los franceses), que parte de la base de que existen diferencias reconocibles entre vinos elaborados en distintos municipios.

 

¿Por qué cuesta tanto avanzar en esa dirección?

Porque todavía nos faltan conocimientos, mayor cultura del vino, poner en valor sus credenciales. El vino es riqueza y si concretas más su origen y raíces, la influencia del terruño, más culturizas a la gente.

 

El Priorat lo está intentando con la candidatura a Patrimonio de la Humanidad. ¿Sería el salto adelante definitivo?

Eso sería maravilloso. Arroparía a una región vinícola, a unos agricultores de los que he aprendido la humildad, el trabajo en condiciones adversas y el respeto por el entorno. Daría un plus de valor a nuestros caldos porque la gente lo que compra es la calidad de la copa.

 

¿Cree que tiene posibilidades?

Sí porque hay unión y porque la candidatura tiene relato: el de la agricultura de montaña.

 

Pero hasta ahora no lo ha logrado...

Habrá que trabajar más. De hecho creo que deberíamos cuidar más el entorno.

 

¿Es también una cuestión de inversión pública?

Aunque es cierto que el Gobierno de la Rioja está poniendo mucho dinero en la comunidad para potenciar el enoturismo y el sector, más que dinero en el Priorat lo que hace falta es que se hagan las cosas bien. Recuperar laderas, evitar bancales bruscos...

 

Ustedes apostaron por poner en valor la comarca a través del precio y se ha demostrado que fue un acierto. Pero no todo el mundo se puede gastar mucho más de diez euros en un vino...

Es cierto pero la actual crisis económica, que al principio asustó mucho al sector, nos hizo agudizar el ingenio y rebajar algo nuestras pretensiones y empezar a elaborar vinos con viñas de quince-veinte años a las que les había llegado la hora de experimentar pero que probablemente hubiéramos esperado aún en vinificar. Y así empezamos a lanzar vinos más asequibles y llenos de sentido que están funcionando.

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