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Amor, deseo y salvación en Calais o dos hombre se aman

La primera novela del poeta Alejandro Simón Partal cuenta una historia de amor entre un refugiado sirio y un profesor universitario abatido por la enfermedad de su padre

Aloma Rodríguez

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Amor, deseo y salvación en Calais

Amor, deseo y salvación en Calais

La parcela es el debut en la novela de Alejandro Simón Partal (Estepona, 1983), que llega en Caballo de Troya, bajo la dirección del cineasta Jonás Trueba.

La parcela hace referencia a un lugar también no físico, un espacio en el que residen los secretos, no necesariamente malos, ha explicado Simón Partal en alguna entrevista citando a John Updike, quien decía que las buenas novelas tenían secretos.

La Parcela - Editorial Caballo de Troya
La Parcela - Editorial Caballo de Troya

La parcela es una historia de amor entre dos hombres, un refugiado sirio y un profesor universitario. Se encuentran en una parada de autobús de un centro comercial en Boulogne-sur-mer, muy cerca de Calais, donde se estableció un campo de refugiados en 2015, allí los migrantes esperaban poder cruzar a Reino Unido. Son dos seres un poco abatidos, cada uno por sus circunstancias, su historia es la de una salvación también.

A partir de ahí, sobre eso y con eso, Simón Partal reflexiona sobre el amor (“Vivir a partir de la presencia de alguien es una de las formas más salvajes del amor”) y el deseo. Pero los libros buenos, además de secretos, están hechos de muchas capas, y La parcela lo es. Lo es en ejecución: Simón Partal combina el sentido poético, el gusto por la metáfora, con una prosa más afilada según le convenga para crear así una novela que juega con el ritmo y los tonos. Huye de la complacencia y del paternalismo, y se atreve a entrar en terrenos resbaladizos o ambiguos.

Sabe cómo hacer que aparezca el humor, sin hacer ruido, casi como sin querer, casi siempre con todo lo que tiene que ver con la universidad; sabe saltar hacia atrás en el tiempo y hablar de su adolescencia. Esos recuerdos despiertan a partir de la enfermedad del padre, que no aparece, porque como en las mejores historias de miedo, lo más importante no se ve. De ese volver atrás tira también para hacer un retrato, o al menos apuntar dos o tres cosas importantes, sobre el sur de España en los noventa, que tiene que ver con la idea de poseer y del status, ligado a lo económico.

En cierto modo, La parcela es un libro que ilumina las hipocresías: la de quienes protestan contra el campo, la de los profesores que se atribuyen investigaciones de sus alumnos, la de las instituciones, la de escritores que quieren contar lo que sucede en un lugar sin apenas pisarlo, la de los editores de revistas que siempre se guían por un interés otro que no revelan, la de los pasajeros de un crucero dispuestos a rescatar a quienes viajan en patera hasta que las chicas empiezan a pasar demasiado tiempo con ellos, la que todos cargamos a veces sin darnos cuenta.

El protagonista de La parcela hace un camino hacia la humildad y el agradecimiento que se plasma sobre todo en sus clases, para las que siempre tiene a mano una cita de Montaigne o de Marc Augé o un poema. Entre tanto hay sacudidas, literarias y metafóricas, hay humor, amor, sexo, deseo, y una rave organizada por los refugiados.

Es complicado decir de qué habla La parcela porque habla de nosotros, del ser humano, con sus aristas y sus zonas luminosas. Entre las muchas virtudes de este libro, está la de huir del cliché para adentrarse en otros terrenos mucho más interesantes y reveladores, y hacerlo no solo desde el qué sino desde el cómo. Como ha explicado Simón Partal, su libro “aspira a una luz apaciguadora, lejos del fogonazo”.
 

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