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Bienvenidos al desierto de lo real

El relato de Juliette repara, sobre todo, en los cambios que el 11-S ha provocado sobre las formas de la vida cotidiana, desde la vigilancia racializada hasta el control biopolítico de los smartphones o la restricción en las libertades civiles

Iván Pintor Iranzo 

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11 de septiembre de 2001 - El día que cambió el mundo

11 de septiembre de 2001 - El día que cambió el mundo

“A mi padre siempre le han gustado las teorías de la conspiración. Sobre el 11-S se ha dicho y escrito de todo. De hecho, las conspiraciones en general llevan veinte años en auge… En fin, lo que sí fue cierto es que rápidamente hubo una guerra”, se dice Juliette, la protagonista de 11 de septiembre de 2001, El día que cambió el mundo, un retrato generacional cuyas viñetas se encadenan con el vigor de una película de animación.

Con la premisa del viaje a Nueva York en 2021 de una joven que, en 2001, tenía 14 años, el periodista Baptiste Bouthier y la dibujante Héloïse Chochois no sólo han gestado un cómic-documental modélico sobre el 11-S sino que, además, articulan un discurso sobre la desrealización de las imágenes del poder y la esfera pública acaecida a partir de esas fechas.

A través de una narrativa clara, casi pedagógica, y de un trazo forjado en la herencia de David Mazzuchelli, Scott McCloud y Dupuy y Berberian, Bouthier y Chochois parecen invocar la extraña desazón que cualquier millennial puede tener de un mundo que, en ocasiones y de manera trágica, parece haber adquirido los tintes de un cómic de serie-B de la Guerra Fría.

Baptiste Bouthier, Héloïse Chochois - 11 de septiembre de 2001. El día que cambió el mundo
Baptiste Bouthier, Héloïse Chochois - El día que cambió el mundo

Al estupor causado por los atentados, concebidos dentro de una escalada de actos terroristas cuyos orígenes habría que rastrear en toda una serie de intereses geopolíticos que se remontan al intento de Estados Unidos por crear un Vietnam para la Unión Soviética tras la invasión de Afganistán en 1979, se suman las Black Ops, las operaciones encubiertas de la CIA, los centros de detención y tortura opacos como Abu Ghraib o Cobalt y la flagrante omisión de la imagen de Osama Bin Laden tras su asesinato.

Por entre los espacios intericónicos que separan las viñetas, la incertidumbre parece ir ganando terreno a lo largo de este recorrido histórico, mientras el relato de Juliette repara, sobre todo, en los cambios que el 11-S ha provocado sobre las formas de la vida cotidiana, desde la vigilancia racializada hasta el control biopolítico de los smartphones o la restricción en las libertades civiles. Es en dobles páginas como la 132, donde se explica el proceso de examen del equipaje de Juliette en el aeropuerto de Nueva York, donde comparece la mejor herencia de los despliegues de Chris Ware, justo antes de que, en el epílogo del libro, de igual modo que en películas como Waltz with Bashir, de Ari Folman, se apele a imágenes fotográficas para desvelar que, probablemente, el cómic es uno de los mejores medios para explicar la complejidad del mundo en la era de las fake news, los Deep Fakes y las redes sociales.

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