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Cannes se rinde al terror

La Quincena de los Realizadores entrega la Carroza de Oro a John Carpenter, maestro del cine de género gracias a films como ‘Halloween’ y ‘La cosa’

Violeta Kovacsics

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John Carpenter fue uno de los protagonistas de la jornada. FOTO: DT

John Carpenter fue uno de los protagonistas de la jornada. FOTO: DT

En mayo de 2016, un señor con coleta, bigote canoso y gafas de pasta negras se presentó sobre uno de los escenarios del Primavera Sound y, emulando a John Ford y su declaración de amor al western afirmó con voz profunda: «me llamo John Carpenter y hago películas de terror». Con el mismo aplomo, el cineasta y músico se ha erigido en uno de los estandartes a la hora de aunar el cine de género más desbocado con la autoría. Su obra es tan personal como universal ha sido su legado. 

Este miércoles, recibió la Carroza de Oro por parte de la Quincena de los Realizadores de Cannes, donde se proyectó una de sus obras maestras: La cosa. Después, se prestó a una entrevista con los cineastas Katell Quillévéré y Yann Gonzalez. Las preguntas no estuvieron a la altura, pero Carpenter, tan parco en palabras como su propio cine, se expresó sobre su relación con la industria, su necesidad de preservar su independencia y su amor por un género. Declaró su admiración por George A. Romero, por Tobe Hooper y por un Dario Argento que apareció a último momento entre el público. «Cuando hice El príncipe de las tinieblas, acababa de ver Inferno de Argento: me pareció tan libre que yo también quise hacer algo así», dijo Carpenter. 

«Carpenter se expresó sobre su relación con la industria, su necesidad de preservar su independencia y 
su amor por un género»

El director de Halloween siempre se manejó en la marginalidad más creativa. Dice que decidió hacer música con sintentizador porque le permitía hacer un sonido grande bastándose de él mismo y que la steadycam le iba bien porque era un travelling para los pobres.
Carpenter recordó también el subtexto político de su cine y relató una situación que refleja perfectamente estos tiempos de la posverdad: cuando Trump subió al poder, un grupo de usuarios le dijeron por redes que Están vivos era una película sobre judíos. Él intentó explicarles que no, que en verdad se trataba de una película  contra el capitalismo de la era Reagan. Poco importa, el discurso de la mentira repetida perduró. 

Carpenter ha aparecido por partida doble en el arranque del Festival. En The Dead Don’t Die [Los muertos no mueren], aparece  un poster precisamente de La cosa. La película de Jim Jarmusch, que inauguró el Festival, supone una celebración del cine de serie B.
En The Dead Don’t Die, tres policías acceden, cada uno a su turno, a un diner donde yacen los cadáveres de las camareras, con las tripas fuera como aquella Venus desventrada de Clemente Susini. Cada vez que un agente entra, se repite el gesto de mirar los cuerpos abiertos y, a la salida, se escucha las mismas frases: «¿ha sido una bestia salvaje? ¿diversas bestias salvajes?». Como Lars Von Trier en La casa de Jack, en la que muestra a un psicópata obsesionado con la pulcritud volver al lugar del crimen por si ha olvidado algo, Jarmusch toma la herramienta esencial del gag, la repetición, y la aplica a otro género: el del terror. 

No, la masacre del diner no es cosa ni de una ni de varias bestias salvajes, sino de dos zombis interpretados por Iggy Pop y Sara Driver, que no solo se sacian con las vísceras sino con una jarra de café caliente. Cada no-muerto se obsesiona con aquello que más anhelaba en vida: ya sea un Chardonnay barato o un poco de wifi. He aquí la crítica política: «los zombis son los vestigios de la gente materialista». 

El pequeño pueblo de Centerville, una suerte de Twin Peaks, sirve de muestra para elaborar un retrato algo más universal. Como Lynch, Jarmusch usa la pausa para elaborar un humor de lo absurdo. Sin embargo, si en Twin Peaks se decía aquello de que «los búhos no son lo que parecen», en The Dead Don’t Die, el gusto por lo caricaturesco hace que a menudo no haya nada más allá de lo aparente, incluso el pesar, explicitado en el gesto pesimista de un Adam Driver que dice saber que la película va a terminar mal.
Al final de la charla con John Carpenter, una joven le preguntó si le podía explicar el final de La cosa, pues le parecía demasiado abierto. «Yo sé qué pasa al final, pero no puedo decírtelo», le respondió Carpenter con una sonrisa. Se trata de confiar en el misterio.

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