Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

Noticias Política

Cifuentes: la esperanza rota del PP

La presidenta de la Comunidad de Madrid aspiró a ser el relevo de Rajoy y todo se ha desmoronado por la mentira del máster 

Ramón Gorriarán

Whatsapp
Cristina Cifuentes, durante la entrega del premio de la Asociación Víctimas del Terrorismo, el pasado 11 de abril. Foto: EFE

Cristina Cifuentes, durante la entrega del premio de la Asociación Víctimas del Terrorismo, el pasado 11 de abril. Foto: EFE

Cristina Cifuentes se convirtió el 25 de junio de 2015 en la presidenta de la Comunidad de Madrid, pero era más que eso, era la gran esperanza blanca del PP llamada a tareas mayores. Se puso el reto de regenerar el partido de Esperanza Aguirre, Ignacio González y Francisco Granados, el de las tramas Gürtel, Púnica y Lezo.

Pero aspiraba a más, soñaba con ser la sucesora de Mariano Rajoy al frente del PP, algo con lo que fantaseaba en privado y negaba en público. Ahora es la esperanza frustrada, un juguete roto de la política. Todo por un máster falso.

Hasta que llegó a ser delegada del Gobierno en Madrid en enero de 2012, era una desconocida fuera de las lindes de la política capitalina, e incluso dentro de ellas tampoco era un rostro familiar.

Acreditaba una larga carrera, seis legislaturas, como diputada autonómica con escaño en propiedad desde 1991, pero no pasaba de ser una del ‘trío de las gin tonic’, como era conocido en la Asamblea regional aquel grupo de parlamentarias florero. A base de estar ahí sin equivocarse hizo carrera, aunque más institucional que política.  

No se quemó en las interminables guerras familiares del PP de Madrid y supo nadar en las procelosas aguas domésticas. Nadie en su partido la veía como una amenaza, era un verso suelto y heterodoxo en el rancio universo de los populares madrileños.

Defensora de la ley del aborto, del matrimonio homosexual, agnóstica, republicana confesa, presume de haber tenido «novios muy de izquierda» y de tatuajes, cinco se ha dibujado. Un horror para el votante de orden del PP y un perfil alejado del arquetipo del político de derecha.

Pero al mismo tiempo es una amante de la autoridad, no en vano es hija de un general de Artillería. «No hubiera permitido la acampada del 15-M en la Puerta del Sol», ha dicho alguna vez. Pero más allá de la iconoclasia personal, su irrupción en la escena política madrileña y nacional fue un soplo de aire fresco para el PP tras años de fétidas bocanadas.

Cayó bien, aunque no todos en su partido compartieran esa impresión. Llegó decidida a levantar las alfombras del Gobierno autonómico porque, después de años en la órbita del poder, tenía la certeza de que bajo los oropeles se escondían paladas de podredumbre.

También rompió los puentes con Esperanza Aguirre, señora donde las haya del PP de Madrid, y con la que nunca empatizó pero a la que nunca desobedeció.     

Aquellos aires novedosos también le propulsaron a escala nacional. Neutralizada Aguirre, era la baronesa por excelencia del PP; la única con mando territorial, junto al gallego Alberto Núñez Feijóo, que podía aspirar a la sucesión de Rajoy. Relevo que con falsa modestia negaba que estuviera en sus planes. Pero sí, lo estaba.       

Contaba con apoyos internos y hasta era bien vista por el hermético jefe del partido. Cuando convenía, se hacía «la rubia» -que, según su definición, consiste en parecer «la tonta, hacer como que no te enteras cuando te reúnes con hombres, pero sin bajar la guardia. Consigues mucho más»-.

Escaló con rapidez posiciones en la corte popular de la calle Génova de Madrid y pronto fue un rostro conocido en toda España. Hasta que llegaron las salpicaduras de corrupción, que no le han alcanzado de lleno pero han emborronado su aura inmaculada. Lo que no estaba en sus cálculos era que iba a ser ella misma la que se cavara la sepultura política.

Atribuirse un máster en derecho autonómico y local que rezuma falsedad por los cuatro costados ha sido su armagedón. 

Su dimisión, según sus compañeros, es cuestión de tiempo. Sabe que su carrera en el PP ha concluido antes de disputar la gran partida del reemplazo de Rajoy. La que se presentaba como el adalid de la regeneración achaca ahora su situación a la sed de venganza de aquellos afectados por su espíritu transformador. 

Temas

  • Cristina Cifuentes
  • PP
  • Máster

Comentarios

Lea También