Cuando mandan las sectas

Crisis. Hace un año el pueblo libanés se levantó contra un gobierno «corrupto». La revuelta intentó romper el discurso sectario

JUDITH LLAURADÓ

Whatsapp
Protesta antigubernamental en Beirut el pasado 19 de septiembre con el lema «No detendréis la revolución con balas». FOTO: NABIL MOUNZER /EFE

Protesta antigubernamental en Beirut el pasado 19 de septiembre con el lema «No detendréis la revolución con balas». FOTO: NABIL MOUNZER /EFE

E l 17 de octubre de 2019, ayer hizo justo un año, el gabinete libanés anunció nuevas medidas fiscales para abordar la crisis económica. En respuesta, miles de manifestantes tomaron las calles del país pidiendo derechos sociales y económicos, la rendición de cuentas, el fin de la corrupción y la renuncia de todos los representantes políticos. Tras días de protestas, el gobierno dimitió. En enero de este año se nombró un nuevo gabinete con pocos cambios para atender las demandas populares.

Para entender las reivindicaciones de este movimiento es esencial saber como funciona el sistema político libanés. Es una democracia consociacional. El poder político está dividido entre los 18 grupos religiosos o sectas que conforman la sociedad.

Los tres máximos puestos de poder están reservados para miembros de una comunidad religiosa específica: el presidente siempre será maronita, el primer ministro musulmán sunita y el portavoz del Parlamento chiíta. Este sistema es herencia del imperialismo francés.

Una abolición frustrada

Como explica Dima Smaira, profesora de Relaciones Internacionales en la Universidad Americana de Beirut, las cuotas de representatividad sectarias se establecieron por primera vez en 1943 con el Pacto Nacional que se extrapoló a los puestos del sector público. Después de la guerra civil, el ‘Acuerdo de Taif’ reiteró una sectarización del sistema pero estableció un plan por etapas para abolirlo, el cual nunca se ha llevado a cabo, insiste Smaira.

Esta división de cargos está basada en la afiliación religiosa sacada del último censo que se llevó a cabo en el país en 1932, cuando los cristianos maronitas eran mayoría, pero si ahora se llevase a cabo un censo los resultados darían la mayoría a la población musulmana. Esto pondría en peligro los intereses maronitas.

Las protestas han sido pacíficas, pero las fuerzas de seguridad han respondido con represión e intimidación en la mayoría de ocasiones. Smaira así lo confirma en declaraciones al ‘Diari’: «Muchos activistas fueron golpeados, detenidos, procesados por el tribunal militar e incluso fusilados». Hay organizaciones que denuncian la represión de la libertad de expresión por parte del gobierno.

Aún así la gente desafió la represión y resistió, dice Smaira, quien califica estas protestas como «una oportunidad largamente esperada por muchos para movilizarnos contra el sistema sectario». «Estas protestas han sido históricas y han unido a gente de todo el país, de diferentes clases sociales y sectas», asegura. La gente rompió con las divisiones impuestas por las elites sectarias. Prueba de ello son consignas como «todos significa todos» tal y como explica Smaira.

El movimiento ha ido tomando consciencia de que las elites que los intentan dividir y el capital están estrechamente relacionadas. Aún así es difícil hablar de demandas concretas. Smaira señala que las reivindicaciones y prioridades de los grupos son diferentes y que los partidos tradicionales se ‘uniesen’ al movimiento afectó negativamente a este.

Mientras las protestas continuaban con menor intensidad, el 4 de agosto, una explosión en el puerto de Beirut mató al menos a 220 personas, hirió a más de 7.000 y dejó a unas 300.000 sin hogar. Los libaneses culparon al estado sectario corrupto. Las toneladas de nitrato de amonio llevaban almacenadas en el puerto en condiciones precarias desde 2013. De inmediato los libaneses se lanzaron a la calle para recoger los escombros, reconstruir la ciudad y dar techo y comida a aquellos que lo habían perdido todo.

Smaira considera que esta tragedia intensificó la desilusión de gran parte de la población hacia sistema político, pero que el movimiento aún debe superar muchos desafíos para ganarse la simpatía de la población partidaria del sectarismo.

La que fue la Suiza de Oriente Medio ya se enfrentaba a una situación límite. La crisis económica, agravada por la pandemia, ha dejado a más de la mitad de la población bajo el umbral de la pobreza, la moneda ha perdido más de un 80% de su valor y hay un ‘corralito’ bancario. En este contexto, este trágico evento reavivó las protestas. El movimiento puso sobre la mesa la podredumbre del gobierno libanés y su determinación a derrocarlo.

Seis días después el gobierno anunció su dimisión abriendo las puertas a unas elecciones anticipadas. Ante este escenario, Saad Hariri, el primer ministro que dimitió hace ahora un año ha vuelto a presentar su candidatura.

El levantamiento del pueblo libanés ha vivido duros golpes en los últimos meses y la falta de una dirección clara y que rompa con el discurso sectario lo pone contra las cuerdas. Hay un ambiente de cansancio y frustración porque muchos sienten que la candidatura de Hariri les devuelve al punto de inicio. Aún así «los esfuerzos para revivir el movimiento están en marcha después de que Hariri anunciase su candidatura», asegura Smaira, que se muestra escéptica: «No soy del todo optimista de lograr algún cambio».

Temas

Comentarios

Lea También