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‘Despullats’ ante la vida

Una obra de Julio Antonio. Cada vez que estoy frente 
a ella, nunca es de la misma manera. Y pienso en la gran paradoja que representa: cómo inmortalizar la muerteMonument als herois de 1811

JOSÉ C. IBARZ

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El escritor y activista José C. Ibarz, con el Monument als herois de 1811 a su espalda. FOTO: PERE FERRÉ

El escritor y activista José C. Ibarz, con el Monument als herois de 1811 a su espalda. FOTO: PERE FERRÉ

Existen momentos en los que redescubres partes de una ciudad que te encanta y a menudo me pasa con Tarragona. Pasear por la Rambla Nova es recorrer la columna vertebral de una de las urbes milenarias que mejor admiran el Mediterráneo a través de un balcón mítico. Es mantenerse en el filo de la franja que divide la Part Alta de los barrios portuarios de La Marina. Justo en mitad del recorrido, se yergue una de las representaciones sobre la guerra más atípicas del siglo XX: El Monument als herois de 1811. Els Despullats, para los habituales. Ocurre que cuando estás dentro de esa glorieta cuadrada mirando aquellas figuras alegóricas, ni siquiera lees la dedicatoria en un primer momento, porque la composición te atrapa y te sacude el corazón.

Su creador Julio Antonio, que además de tener un nombre muy romano, fue un artista adelantado a su época, decidió hacer una representación de los sentimientos devastadores de la guerra, con el acierto premonitorio de obviar la épica patriótica y la apología belicista. No hay generales, ni soldados, ni escenas brutales de asedio y asesinato. El escultor nos deja un remanente de lo que sufrió la ciudad personificada en la mujer que sostiene a un hombre herido. A sus pies, hay otro hombre muerto, inerte ante la desolación de una mujer impotente que cuida estoicamente de sus hijos y se mueren de forma irremediable en sus brazos acogedores. Las lágrimas las pone el espectador de la escena, que es apelado a través de su humanidad y empatía. Eso solo lo consiguen los grandes. No es para menos, pues Julio Antonio se había inspirado en los maestros renacentistas italianos como Miguel Ángel y Donatello. Por algo, su gran amigo y escritor madrileño de la generación del 14, famoso por sus greguerías, Gómez de la Serna, lo describe como «mucho más que un escultor: un resurrector del barro».

La estatua también fue denostada por cuestiones morales por parte de los reaccionarios y puritanos de la sociedad de aquella época. No obstante, eso solo evidencia que esa obra fue visionaria, por mucho que le pesara al cardenal Vidal i Barraquer. La desnudez provocadora todavía tiene un peso hoy para representar la libertad sexual y la expresión del cuerpo como la belleza natural. Pero por otra parte, también nos muestra la indefensión de cualquier ser humano ante las agresiones ya sean simbólicas, físicas o incluso económicas. Las personas desamparadas ante un sistema que las despoja de derechos y las pone como carne de cañón ante las hostilidades de la vida. Por esa razón también, es un punto bastante recurrente para manifestaciones, concentraciones o protestas. La estatua inspira estoicidad y voluntad. Podemos construir utopías si nos mantenemos fuertes, sin perder la ternura y la capacidad de ponernos en la piel de los que sufren.

Cada vez que estoy ante Els Despullats, nunca es de la misma manera. Quizá sea porque las veces que me encuentro frente a ella es para cambiar o ser cambiado. Me veo reflejado en los desnudos modernistas pensando en cómo venimos y nos vamos de este mundo.

Y sobre todo, quedo encantado y reflexivo ante la gran paradoja que representa la obra: cómo inmortalizar la muerte.

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