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El primer plato combinado de toda la vida fue amarillo

Permitía tomar una comida completa de forma barata, eficiente y rápida

ANA VEGA

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El plato combinado vive los pocos días de gloria que le quedan durante la operación retorno.FOTO: GETTY IMAGES

El plato combinado vive los pocos días de gloria que le quedan durante la operación retorno.FOTO: GETTY IMAGES

La amarillenta estampa de unos huevos fritos con patatas, croquetas y ensalada nos mira desde el escaparate de un bar de carretera. El plato combinado, tótum revolútum gastronómico por excelencia, vive los pocos días de gloria que le quedan durante la operación retorno, consumido con desgana por gente con pocas ganas de volver a la rutina. En ese momento el plato combinado vuelve a reinar como lo que fue, una estrella de la hostelería capaz de reunir en un mismo plato entremeses, primero, segundo, pan, postre y café.

Si se les ha ocurrido alguna vez buscar cuándo y dónde surgió el plato combinado, internet les habrá brindado una respuesta muy concreta: el 1 de junio de 1965 y en todo el territorio nacional. En esa fecha entró en vigor la Ordenación Turística de Restaurantes y Cafeterías, una ley promovida por el Ministerio de Información y Turismo (con Manuel Fraga al timón) que reguló los precios y la oferta de los establecimientos hosteleros. En esta ordenación se habló por primera vez y de manera oficial del ‘menú turístico’ que deberían ofrecer a partir de entonces los restaurantes, lo que usted y todo hijo de vecino conoce ahora como ‘menú del día’ (denominación que recibió en 1970) y que también viviría una tercera etapa desde 1978 como ‘menú de la casa’.

El plato combinado existió mucho antes de que la legislación se metiera por medio, como expresión concreta (se encuentra en muchos anuncios de bares de los años 40) y como concepto. El propósito de juntar los elementos de un menú completo en un solo plato estuvo íntimamente asociado al aciago ‘plato único’ de la Guerra Civil -también hablaremos de él otro día, no sufran- e incluso triunfó brevemente antes de la contienda, aunque con otro nombre: yellow plate. Sí, así, en inglés. «Por tres pesetas, todo incluido, puede usted tomar en menos de un cuarto de hora huevos, pescado y carne, servidos en un monumental plato con pan y vino». Así comenzaba un artículo titulado La vida rápida, publicado el 19 de abril de 1936 en la revista ilustrada Ahora apenas tres meses antes de que comenzara la Guerra Civil. Puede que hoy en día esa frase de apertura no nos llame la atención, pero en 1936 desde luego que sí servía como gancho para la lectura. Tres pesetas era un precio módico para un menú completo, pero lo verdaderamente extraordinario de la oración estaba en la supuesta duración de la comida. ¡Menos de quince minutos! Quienes sufrían la fiebre de la velocidad eran los trabajadores urbanos que vivían lejos del centro o tenían dos empleos con poco tiempo para comer entre uno y otro.

Así, por ejemplo, durante los primeros meses de 1936 aparecieron en prensa diversas referencias a un modernísimo sistema que permitía tomar una comida completa de forma barata, eficiente y rápida presentando todos los alimentos en una sola bandeja. Este procedimiento se instauró en varios bares de estilo americano del centro de Madrid. Junto a la barra, un cartel encabezado por las palabras yellow plate (plato amarillo) anunciaba la oferta del día: siempre una ración de huevo, otra de carne y otra de pescado con dos bollos de pan y vino. ¿Y el nombre? Pues resulta que fue una adaptación de lo que los estadounidenses conocen desde finales del siglo XIX como blue-plate special (plato azul especial). No he encontrado ninguna mención a que la vajilla fuese de color amarillo ni sé por qué en España se adoptó ese tono para bautizar a este protoplato combinado, pero la cosa es que el ‘yellow plate’ triunfó brevemente con tal denominación. Como dijo Ramón Gómez de la Serna en un artículo de enero de 1936, quizá todos los españoles acabaran aprendiendo inglés para pedir «¡un yelo pleit, pero con patatas fritas!».

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