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Esa caldera rota vale dinero

Scrap Point, en Tarragona, acerca a las economías domésticas la compra de chatarra al por menor

Rafael Servent

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Natàlia Altadill y Aritz Forcano, junto al cajero con el que pagan la chatarra que compran. Foto: Pere Ferré

Natàlia Altadill y Aritz Forcano, junto al cajero con el que pagan la chatarra que compran. Foto: Pere Ferré

«Va, que le hago el favor: ya me llevo la caldera vieja». ¿Les suena? De favor, nada. Quince euros que se acaba de meter en el bolsillo el instalador de calderas. Quince euros de chatarra, que podría usted restar a la factura de la caldera nueva que le acaban de instalar. Y quien habla de una caldera, habla de una batería de coche gastada (10 euros), de un viejo aparato de aire acondicionado (16 euros) o de un grifo de cocina (3 euros). Todos, por inservibles que estén, valen su peso en euros.

Natàlia Altadill (Corbera d’Ebre, 31 años) y su marido Aritz Forcano (Tarragona, 33 años) tienen claro que, de basura, nada de nada: la chatarra vale dinero. En el caso de Natàlia, es algo que ha vivido desde que tiene uso de razón. Natàlia es la tercera generación que se dedica a la chatarra, en un negocio que fundó su abuelo (Hierros Altadill) dedicado a la compraventa al por mayor de chatarra.

Pero una cosa es desmontar naves industriales para recuperar toneladas de metal y otra ir con la cafetera vieja de casa a que te den algo por ella. En el mejor de los casos, acaba en el vertedero municipal. En muchos otros, directamente en el contenedor de basura.

En el año 2012, Natàlia le pidió a su marido Aritz –que entonces trabajaba como bombero en el Port de Tarragona– que le acompañase a la feria de recuperadores de chatarra más importante del mundo, que se celebra en Las Vegas (EEUU). Allí descubrieron otra cultura de la chatarra. «En los EEUU –cuenta Natàlia– el reciclaje está muy implantado. La chatarra es dinero, y lo más normal del mundo es que una ama de casa vaya a vender la chatarra que se genera en su familia».

«Pero aquí –prosigue– aunque el mercado existía, vimos que no había ningún sitio donde llevarla. Un sitio en el que te pagasen por esa cafetera o esa lámpara vieja, y al que pudieses entrar con tus hijos». En efecto: el mundo de la chatarra tiene un aura de frontera, a la que contribuyen los titulares que relatan robos masivos de cobre o los fenómenos mediáticos como el Chatarra’s Palace, la chatarrería de Sant Adrià del Besòs que organizaba peleas de boxeo en sus instalaciones.

También la revalorización de residuos tiene su experiencia de cliente, y a eso se ha querido enfocar este matrimonio. Decididos a dar una respuesta para ese mercado de ciudadanos corrientes que nunca se había acercado a este mundo, en junio de 2013 montaron Scrap Point en una nave de 2.000 metros cuadrados del polígono Francolí de Tarragona.

El boca-oreja ha funcionado, y cuenta Natàlia que, mientras entre semana acuden autónomos y microempresas a traerles su chatarra (ese instalador de calderas que se ha llevado su viejo aparato como un favor), «los sábados se nos llena de familias con niños». Unas familias que, cuenta, difícilmente asomarían por la puerta de las chatarrerías al por menor más tradicionales.

De los EEUU se trajeron también el sistema de pesaje y cobro que hoy utilizan. El cliente (en realidad, proveedor, pero que aquí tratan como su principal cliente) pesa lo que lleva en una báscula. Metal, cartón, papel, plástico y pequeños electrodomésticos (ordenadores, televisores) son bienvenidos. Se les entrega un tiquet con el valor del pesaje. El cliente escanea ese tiquet en el cajero automático y la máquina le entrega el dinero.

Mueven unas 2.000 toneladas de chatarra y facturan unos 800.000 euros al año. Hace dos meses contrataron otro trabajador. Ya son cuatro. Esperan seguir creciendo.

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