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FOTOGALERIA. 25 años del desbordamiento del Francolí

Cuatro vecinos de Residencial Palau explican cómo vivieron la mañana del 10 de octubre de 1994. Un día que nunca olvidarán

CARLA POMEROL

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(Las imágenes de la fotogalería son de Txema Morera, Pere Toda, José Carlos león, Pere Ferré, Ninín Olivé y Lluís Milián)

Fue un otoño que nunca olvidarán. Para los vecinos de Residencial Palau, el 10 de octubre siempre es una fecha señalada en el calendario. Y más un día como hoy, cuando se cumplen 25 años de las inundaciones causadas por el desbordamiento del río Francolí. El barrio se unió entonces más que nunca. Solidaridad, trabajo en equipo y compañerismo son algunos de los conceptos que los vecinos se tatuaron en la piel de por vida.

Cambiaron muchas cosas. Residencial Palau vio cómo sus calles desaparecían, cómo setenta coches quedaban debajo del agua y cómo perdían la luz y el agua durante al menos quince días. Pero también ganaron. «Recuerdo que nos juntábamos todos en el comedor de algún vecino con velas. Todos aportábamos algo de comida», explica Cristina Martínez, residente en el barrio. Desde entonces, la asociación de vecinos cuenta con una capilla y una virgen. «Fue un milagro que no tuviéramos que lamentar ningún daño personal», explica Gervasio Mogio, otro vecino.

Los vecinos intentando salvar algunos de los coches que estaban en los parkings. FOTO: Txema Morera/DT

Residencial Palau –uno de los barrios que resultó más afectado por la riada– se recuperó de los destrozos, pero sus vecinos no olvidan el que fue el día más impactante de sus vidas. El Diari habla con algunos de los protagonistas, quienes explican cómo y dónde lo vivieron.

En el supermercado del barrio

Era lunes y Mari Luz Matos, como cada día, llevó a su hija a la guardería, a la calle Sevilla. Volvió al barrio y paró a comprar a la Jacinta –así se conocía el supermercado que entonces había en Residencial Palau–. «De repente, me di cuenta de que salía agua de una alcantarilla y, sin tiempo a reaccionar, empezaba a entrar en la tienda», recuerda Matos. Entre las clientas y las propietarias, taparon con cartones la entrada, pero no sirvió de nada. «Empezaron a flotar los productos y nos montamos en el mostrador. Teníamos miedo porque debajo había un parking. Finalmente salimos de allí», recuerda Matos. El agua le llegaba por la cintura. Desde ese día, esta vecina de Residencial Palau no sale de casa sin antes haber visto el tiempo que hará por la tele. «Me inquieta mucho que los árboles que hay en la actualidad me tapen la visibilidad y no vea el río», dice Matos, quien asegura que «nunca podremos olvidar ese día. Siempre estará marcado en el calendario».

Los jamones en El Serrallo

Gervasio Mogio era el presidente de la asociación de vecinos de residencial Palau en el momento de los hechos. Además, es vecino y, desde hace muchos años, propietario de la carnicería del barrio. «En Tarragona nadie sabía qué estaba pasando aquí abajo. Yo estaba en la Rambla y me llamaron. Bajé enseguida, pero tuve que dejar el coche en la gasolinera», relata Mogio, quien recuerda que la situación «era un desastre. Mi tienda estaba totalmente destrozada y los jamones fueron a parar al Serrallo».

Todo el barrio ayudó a desalojar a los alumnos de la Escola El Serrallo. FOTO: Lluís Milán/DT

Después de ayudar en las tareas de rescate, los vecinos comprobaron que no había quedado nadie en los ascensores o en los parkings –que estaban totalmente inundados–. «Desalojamos el barrio y autobuses de la EMT nos vinieron a buscar para llevarnos a la Ciutat Residencial o a hoteles de La Pineda», explica Mogio. Llegaba la hora de revisar cómo había afectado la riada en los fundamentos de las casas.

La historia del conserje

Enric Vellvé era y es el conserje de la Escola El Serrallo. Nunca se le olvidará ese fatídico 10 de octubre de 1994. «Pasaban pocos minutos de las diez de la mañana cuando una madre llamó al teléfono del colegio informando de que el río estaba a punto de desbordarse», recuerda Vellvé, quien salió al patio y se dio cuenta del alcance de la tragedia. «Cerramos los accesos a la calle y solo dejamos abierto el que quedaba más lejos del río. Por allí empezamos a sacar a los más de 300 alumnos del centro. Teníamos que ponerles a salvo», explica el conserje, emocionado, quien añade que él, junto con tres profesoras más, comprobaron que no quedase ningún niño escondido en cualquier armario o lavabo. «No nos dejamos ningún rincón por mirar», añade. Los vecinos abrieron sus casas para acoger a los alumnos.

Los vecinos fueron desalojados y autobuses de la EMT los trasladaron a hoteles

Vellvé explica que cogió en brazos y puso a salvo a una niña de tres años que ahora ya es madre y lleva cada día a sus hijos a la Escola El Serrallo. «También recuerdo mucho a un hombre desesperado, en shock. Se había comprado un Mercedes hacía una semana. Su coche estaba destrozado, debajo de otros más».

Alta dosis de solidaridad

Cristina Martínez tenía 13 años cuando ocurrió todo. «Mi madre siempre cuenta que salió a tender la ropa al balcón. Fue cuestión de un segundo. Entró un momento a casa a buscar algo y al volver a salir ya vio que el río estaba desbordado», recuerda Martínez. Su madre la fue a buscar al colegio de la calle del Mar y ya no pudieron volver a su casa.

«Los días siguientes estuvieron llenos de solidaridad. Durante dos semanas, no teníamos ni luz ni agua. Recuerdo como todos juntos nos dedicamos a limpiar el supermercado y los parkings. Los vecinos nos juntábamos en un salón con velas y cada uno aportaba algo de comida», explica Martínez.

Plano general de cómo quedó el polígono Francolí y las barracas. FOTO: Txema Morera/DT

Estos son solo cuatro de los testigos que vivieron aquel fatídico lunes de otoño que siempre estará en la memoria de todos los ciudadanos del Camp de Tarragona. Una lluvia muy intensa atacó sobre todo las comarcas del Alt y Baix Camp y del Piorat. La madrugada del 9 al 10 de octubre se recogieron más de 400 litros por metro cuadrado en las montañas de Prades y de la Serra del Montsant. La gran cantidad de agua acumulada fue a parar a los ríos. En el caso del Francolí, que ya bajaba lleno, se encontró con su afluente Brugent. La unión de estos dos caudales desbordó los límites del Francolí y provocó en pocas horas destrozos en puentes y las posteriores inundaciones de los barrios de la Part Baixa.

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