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Historias lunáticas para curiosos terrícolas

La llegada a la Luna del Apolo 11 hace 50 años no está exenta de interesantes y divertidas anécdotas

Miguel Lorenci

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El estadounidense Aldrin Buzz en la Luna junto a la bandera, que no fue nada fácil clavar en el suelo. FOTO: EFE

El estadounidense Aldrin Buzz en la Luna junto a la bandera, que no fue nada fácil clavar en el suelo. FOTO: EFE

La llegada a la Luna del Apolo 11 hace medio siglo, en una misión de 195 horas, 18 minutos y 35 segundos del despegue al alunizaje, generó una cascada de lunáticas anécdotas que aún hoy encandilan a los curiosos terrícolas.

Así, un precavido Richard Nixon, entonces presidente de Estados Unidos, escribió un luctuoso discurso en previsión del fracaso de la misión, el 21 de julio de 1969. «El destino ha querido que los hombres que fueron a la Luna a explorar en paz se quedaran en la Luna a descansar en paz. Estos valientes hombres saben que no existe esperanza de que sean recuperados. Pero también saben que existe esperanza para la humanidad en su sacrificio», decía el texto que nunca leyó.

También se dijo que Neil Armstrong apeló a su autoridad como comandante para ser el primero en pisar la Luna y adelantarse a Edwin ‘Buzz’ Aldrin. Lo cierto es que Armstrong ocupaba la posición más cercana la estrecha puerta de salida.

Con los aparatosos trajes, la escafandra y la mochila de oxígeno, era imposible ceder el paso a Aldrin. Asimismo, la historia oficial repite que lo primero que dijo Armstrong al pisar el suelo lunar fue aquello de «un pequeño paso para el hombre pero un gran paso para la humanidad».

Pero la realidad es más prosaica. «Estoy al pie de la escalerilla. Las patas de aterrizaje sólo se hunden en el suelo uno o dos centímetros, aunque de cerca, la superficie parece muy finamente granulada, casi como polvo, muy fina. Voy a bajar», fue su primera parrafada mientras orinaba en el interior del traje.

Del mismo modo, clavar la bandera patria también fue una odisea. Se presumía que el suelo del satélite sería blando y maleable, pero Armstrong y Aldrin se toparon con roca sólida. Pudieron perforar apenas unos centímetros para colocar la enseña, que aguantó malamente para la grabación de un vídeo. El módulo lunar la derribó al encender los motores para iniciar el retorno. No queda ni rastro de aquella ni de las posteriores. Eran de un nylon de ínfima calidad, de una tienda de Nueva York a 6,95 dólares la pieza.

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