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Jóvenes ucranianos de Tarragona acuden de voluntarios a la guerra

Pavlo, afincado en Vila-seca, murió en el frente. Su vecino Pavel se fue a luchar y está herido. Otra pareja de Tarragona viajó para ayudar a las tropas nacionalistas en frente de los prorrusos
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Una columna de tanques ucranianos en el área de Donetsk, durante el conflicto.  Foto: EFE

Una columna de tanques ucranianos en el área de Donetsk, durante el conflicto. Foto: EFE

Pavlo Lazarenko tenía 38 años, trabajaba de soldador y residía en Vila-seca. Allí le llevó la búsqueda de un empleo y una vida algo itinerante. Después de residir y trabajar en lugares como Tàrrega o Manresa, tras su etapa en Tarragona, Pavlo decidió regresar a su país, Ucrania, y tomar parte en la guerra que se libra en el este de su nación. El año pasado falleció en el conflicto. «Él tenía espíritu de lucha. También se sentía muy ucraniano, tenía ese sentimiento nacional. Estaba a disgusto con lo que él consideraba una invasión. Sobre todo recuerdo su carácter luchador», explica Mónica Guerrero, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca de l’Urgell-Segarra.

Pavlo, con estrecheces económicas y acuciado por un desahucio, tuvo mucho contacto con la entidad. «Estaba separado. Llegó a la plataforma para hacer frente a la hipoteca. Pasaba por momentos duros. Llegó siendo una persona tímida y cerrada pero poco a poco se fue integrando. En cualquier asamblea, en momentos tensos, siempre aportaba el comentario gracioso. Se abrió a todos nosotros y empezó a pelear. Era un luchador nato y dejó mucha huella», recuerda Mónica, una de las personas que mejor le conocieron.

 

‘Le intentábamos parar’

Lazarenko, como algunos otros ucranianos afincados en la provincia, decidió irse de voluntario para defender su país. «Ya fue una primera vez a su país. Nos dijo que había ido a por trabajo pero fue a alistarse. Luego nos dijo que había tomado la decisión, que aquí lo había dado por perdido y prefería irse a luchar. Todos teníamos miedo y le intentamos parar. Luego nos llegó la noticia a través de la familia, que sigue viviendo en Tàrrega y lo está pasando fatal», cuenta Mónica.

Los casos de voluntarios afincados aquí que deciden combatir son puntuales y aislados, aunque muy ilustrativos. Otro ejemplo es el de Pavel Snegiryov, que trabajaba en la construcción y vivía en Vila-seca. Su incursión bélica también se truncó el año pasado. Resultó herido y actualmente se recupera en el hospital. ¿Qué lleva a estos jóvenes a coger las armas? «Cada uno tiene sus motivos», indica Zoryana Lyashenko, establecida en Vila-seca, miembro del colectivo Ucranianos de Tarragona, que ha detectado casos de voluntarios que acuden a la guerra. «Pueden ir por patriotismo, para defender a su país, porque no quieren que haya nadie que invada», explica Zoryana.

Otro caso fue el de Maxim y Helena. Él, trabajador en el puerto de Tarragona, se marchó en julio a Donetsk para combatir en el frente. Ella, empleada en una tienda en Salou (donde residían), se fue en febrero para acompañarle y trabajar en la guerra como enfermera. «Yo los conozco muy bien. Ella, al principio, no se quería ir, pero al final ha decidido acompañarle. Quería irse para luchar contra los terroristas, para pelear por una Ucrania unida y evitar que se divida», expone Zoryana.

En Torredembarra, una familia vive con preocupación la labor de su hijo en Ucrania: se marchó a hacer el servicio militar obligatorio y ahora, aunque a resguardo del frente, entrena a los voluntarios antes de que tomen parte en el enfrentamiento.

 

Nacionalistas contra rusos

El colectivo de ucranianos residentes en la provincia (después de los incrementos de los últimos años hay 2.490, según datos de 2014 del Idescat) vive con pesar y desvelo lo que sucede en regiones como Donetsk y Lugank, territorios llamados, en su conjunto, Donbass, y el epicentro de una cruenta guerra civil. La batalla la libran dos bandos: las fuerzas independentistas de las autoproclamadas Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk y las tropas europeístas a favor de la unidad y que enarbolan el espíritu del Euromaidán, aquella serie de protestas para reivindicar el aperturismo ucraniano hacia Europa.

O, lo que es lo mismo, las tropas prorrusas y los nacionalistas, es decir, aquellos partidarios de acercarse al gobierno de Putin y los que abogan por una ‘europeización’ definitiva. «En las últimas décadas, desde la disolución de la URSS, siempre ha habido un enfrentamiento invisible entre ambas partes», diagnostica Oleksandra Grabovska, una ucraniana vecina de La Selva del Camp.

«Nunca ha habido una independencia total ni una democracia pura. Rusia siempre ha estado ahí, y hay personas que quieren seguir trabajando con ella. Yo pienso que lo mejor es mantener lazos con Rusia pero también con todos los países de Europa, y abrirnos», cuenta Olena Lypchanska, otra compatriota que lleva diez años viviendo en Salou. «Tenemos miedo. En nuestro país la gente vive realmente sin libertad, sin poder expresar su opinión», añade. Ese mismo deseo de libertad llevó a Zoryana y a Oleksandra a salir del país y establecerse aquí. «Allí teníamos buenas posiciones, económicamente estábamos bien, pero aspirábamos a vivir en una mayor libertad», explican.

 

Nostalgias de la URSS

Ellos denuncian los anhelos imperialistas de Putin y una propaganda agresiva de Rusia sobre los territorios en conflicto. «Allí sólo les llega la televisión de Rusia, y ese mensaje va calando entre la gente», lamentan. «Hay algunos rusos que se piensan que están luchando contra Estados Unidos. Hay mucha confusión en los mensajes. Claro que hay gente que está de acuerdo en volver con Rusia. Por lo general, son personas mayores que tienen el recuerdo de la URSS, o gente joven que no ha salido nunca de su región, de su pueblo», añade Oleksandra.

«No se van por nacionalismo, sino a defender el país. No se dice en los periódicos, pero la mayoría de los jefes de las fuerzas armadas prorrusas son paisanos de Rusia y oficiales de los servicios secretos rusos», explica Volodymyr Petrushhak, hasta ahora presidente de la Asociación Ucraniana de Catalunya Chervona Kalyna.

A pesar de que Moscú sostiene que no tiene efectivos en el frente, muchos recelan. «Putin no va a parar. Es exjefe de la KGB, así que con esto está todo dicho. Vivimos muy preocupados porque poco a poco están ocupando un país que lo que quiere es integrarse con otras naciones europeas. Todo está dividido. Hay temor a abrir la boca», relata Viktor Kazmyruk, presidente de la asociación Ucranianos de Tarragona y afincado en Vila-seca desde hace 15 años. Él, además, conoce bien las entrañas de los conflictos: entre 1987 y 1989, tras el servicio militar obligatorio, combatió en Afganistán. Petrushhak es contundente: «Si Europa y EEUU no apoyan a Ucrania, dentro de un año el problema va a ser para la UE. Rusia querrá recuperar las fronteras de la antigua URSS y hasta los países bálticos se verán en complicaciones». «Poco a poco están ocupando el país y Rusia avanzará hasta fronteras con estados de la Unión Europea», pronostica Viktor. En cualquier caso, todos ellos, más o menos afectados emocionalmente, inciden en que la urgencia para detener definitivamente el combate es máxima. «Lo principal es que se acabe la guerra, que deje de morir gente. Estamos sufriendo mucho», confiesa una ciudadana rusa afincada en Tarragona.

Algunos reclaman diplomacia y la intervención de la Unión Europea y de Estados Unidos. «El problema es que los políticos no piensan en las personas. Aquí hace falta sentarse y hablar, que cedan ambas partes y que se llegue a un acuerdo», cuenta Olena, con familia muy cerca de Donetsk, una ciudad castigada por la guerra. En el sentido inverso a los que se van al frente, su sobrino, un joven de 20 años, volverá de allí para alojarse en Salou y resguardarse del conflicto bélico. A más de 4.000 kilómetros de los tiroteos y las bombas, la comunidad ucraniana en Tarragona sigue por televisión e internet cualquier novedad de la guerra, llora a sus víctimas y clama por la paz.

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