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La derrota de Sánchez pone en marcha el reloj electoral

El candidato socialista duda si encarar un segundo intento en septiembre como le pidieron ayer varios portavoces, entre ellos el propio Pablo Iglesias, para evitar nuevas elecciones

R.Gorriarán - A.Azpiroz

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Pedro Sánchez (a la derecha) escucha la intervención de Pablo Iglesias en que anunció su abstención. Foto: EFE

Pedro Sánchez (a la derecha) escucha la intervención de Pablo Iglesias en que anunció su abstención. Foto: EFE

Dicen que la cara es el espejo del alma y la de Pedro Sánchez debía estar de visita por el averno. El rostro del candidato socialista, triste y crispado, reflejó ayer la frustración por la derrota en el debate de investidura tras fracasar las negociaciones con Unidas Podemos. Ahora se enfrenta a la duda de si intentarlo de nuevo antes del próximo 23 de septiembre.

Varios portavoces, entre ellos, el propio Pablo Iglesias y el nacionalista vasco Aitor Esteban, le alentaron para que explorara esa vía para evitar la repetición de las elecciones. Mientras lo decide, la legislatura sigue bloqueada, como lo está la política española desde las elecciones generales de diciembre de 2015.

Ironías del destino, Sánchez recibió 155 votos en contra, cifra muy celebrada por los diputados de Junts per Catalunya que habían dicho tener 155 razones para votar ‘no’ en referencia a la disposición constitucional que permitió a Mariano Rajoy intervenir la Generalitat. El caso es que Sánchez ni miró al marcador del Congreso. Se sabía el resultado, sus 124 apoyos no habían engordado en las últimas 48 horas. Sí habían crecido las abstenciones, 67, porque los catorce diputados de Esquerra pasaron del ‘no’ al voto en blanco.

La votación de ayer era una oportunidad para detener el reloj electoral que conduce de nuevo a las urnas el 10 de noviembre. No era el último cartucho porque puede haber otro intento antes del 23 de septiembre, ese día se cumplirán los dos meses del plazo fijado por la Constitución, pero requiere que confluyan una serie de circunstancias que hoy todavía no se dan.

La primera es que el propio Sánchez decida enfrentarse a una nueva investidura, posibilidad que no entraba en sus planes antes del revés de ayer. En el breve debate celebrado en el Congreso, el líder de Unidas Podemos le animó a dar ese paso. «No lleve España a elecciones», pidió Iglesias al tiempo que le tendía su mano. Pero también tuvo que escuchar una demanda en ese sentido el portavoz del PNV, de Coalición Canaria y, aunque con más salvedades, de Esquerra Republicana. Sánchez duda si da el paso.

En el PSOE hay división de opiniones. Hay quien defiende que lo mejor es ir a elecciones para ratificar la hegemonía socialista en la izquierda. Son los que creen que mejorarán los resultados del 28 de abril. Pero también están los que avisan del riesgo de volver a votar porque está fuera de toda duda que la abstención crecerá, y los que se van a quedar en casa en su mayoría serán los de la izquierda, enfadados por la incapacidad para pactar de PSOE y Podemos.

El presidente del Gobierno en funciones va a dejar madurar unas semanas la decisión, afirman en su entorno. Además tiene que contar con la aquiescencia del Rey para abrir una ronda de consultas entre los líderes de los partidos para constatar si tiene apoyos para volver a pedir la confianza del Congreso. Felipe VI hizo tres rondas entre enero y abril de 2016. En la primera, Rajoy declinó ser el candidato; en la segunda, encomendó la tarea a Sánchez; y la tercera, entre el 25 y 26 de abril, como comprobó que nadie contaba con respaldos, disolvió las Cortes y convocó elecciones el 26 de junio.

El Rey también hizo dos rondas tras esos comicios porque Rajoy perdió las dos votaciones en su primer intento de julio. Solo cuando tuvo indicios de que el PSOE podía cambiar de postura -el Comité Federal de los socialistas decidió en octubre pasar del voto en contra a la abstención- volvió a citar en la Zarzuela a los líderes de los partidos. Ahora Felipe VI necesitaría tener esa misma certeza de que va a producirse un cambio de escenario para organizar una segunda ronda de contactos.

El problema y el programa

Antes de que se encendiera el marcador del Congreso, Sánchez tuvo una breve intervención ante el pleno y entró en la batalla por el relato eximiéndose de toda responsabilidad en el fracaso. Pero lo cierto es que el líder socialista pensó que iba a lograr la investidura sin bajarse del autobús. Perdió semanas en abrir las negociaciones a fondo con Unidas Podemos y solo en la recta final se remangó. Pero era tarde. Iglesias también erró al creer que con sus 42 diputados tenía más fuerza que la que tenía. Los dos, cada uno por su parte, apostaron a que el otro sucumbiría en el último momento al vértigo del fiasco. Pero ninguno frenó, ambos llevaron el pulso hasta el final y el estropicio se consumó.

Sánchez aprovechó de todas maneras para recriminar a Iglesias su afán por los sillones gubernamentales. «El problema nunca fue el programa, fue los ministerios», afeó al líder de Unidas Podemos. En las 20 horas de negociación, según Pablo Echenique con precisión relojera, el aspecto programático apenas se tocó. Ambas formaciones contaban con una buena base en el acuerdo presupuestario que alcanzaron en octubre de 2018. Se habló de carteras y de personas, aceptan en ambos equipos negociadores.

Iglesias tiende la mano

Al margen de un intento a la desesperada con la renuncia al Ministerio de Trabajo y consciente de que la investidura era insalvable, Pablo Iglesias empleó buena parte de los cinco minutos de su intervención desde la tribuna del Congreso en denunciar la falta de respeto de los socialistas con quien, se supone, es su «socio preferente». El mismo Podemos que, recordó, apoyó la moción de censura a Mariano Rajoy sin pedir contraprestación alguna. No ha gustado nada en la formación morada que el lunes, mientras negociaban con ellos, Pedro Sánchez solicitara las abstenciones de PP y Ciudadanos.

El líder de Podemos coincidió con otros portavoces en criticar a los socialistas por la parsimonia con la que han llevado las conversaciones para alcanzar un Gobierno de coalición. «Es muy difícil negociar en 48 horas lo que no se querido en 80 días», se quejó.

Y ante las acusaciones de ambicionar cuotas de poder imposibles, Iglesias destacó que su formación reclama «competencias, no sillones». Las quiere, detalló, para lograr la igualdad retributiva entre hombres y mujeres, para implantar la educación gratuita entre los 0 y 3 años, para frenar las privatizaciones sanitarias o para bajar las tasas universitarias y aumentar las becas.

Podemos ha hecho muchas cesiones para alcanzar el Gobierno de coalición, continuó Iglesias. Según enumeró, empezó por renunciar a los ministerios denominados de Estado, después prometió lealtad respecto al conflicto en Cataluña y, por último, incluso aceptó algo «sin precedentes» en democracia: el veto a que un líder político -él mismo- entrase en el Consejo de Ministros.

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