La fontana de hojalata

Es imposible entender que un alumno con un suspenso en Lengua porque es incapaz de interpretar un texto, sea capaz de aprobar Filosofía

Fernando Parra

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La fontana de hojalata

La fontana de hojalata

Leí la noticia como si en cada palabra me estuvieran administrando una dosis de cianuro: en el examen de Selectividad de la Comunidad Valenciana correspondiente a la prueba de Historia, se proponía el análisis de un fragmento de La fontana de oro, la novela de Benito Pérez Galdós que, según rezaba en el remate del texto donde se citaba el título de la obra, pertenece a los ¡Episodios Nacionales!

Y en la carrera por el mayor dislate y vergüenza, Madrid no le va a la zaga: en su Selectividad, un enunciado del examen de Historia incluye un error cronológico al situar los años del reinado de Isabel II durante la regencia de María Cristina. En El País, donde se denuncia el error, hace unos días se colocaba la fotografía de Ramón Gómez de la Serna, confundiéndolo con Ramón de la Serna y Espina.

¿Y a qué extrañarnos? Emerge ahora como un tsunami de realidad aquella frase de María Elvira Roca Barea, cuando dijo que «analfabetos [los] ha habido siempre pero [que] nunca habían salido de la universidad». ¿A qué extrañarnos, digo, si desde hace décadas nuestro sistema educativo ha devenido en el estercolero del buenismo pedagógico con toda su aniquilación de la exigencia académica? 

Hablemos claro de una vez y saquémosle las vergüenzas a las Consejerías de Educación: el sistema exige el aprobado general desde hace muchos años, aunque no lo diga a las claras. La pandemia, en esto, ha sido una aliada de los mandamases educativos. En las juntas de evaluación, ya casi ningún profesor coloca la nota que en conciencia cree que el alumno merece porque los profesores están cagados de miedo. Reciben presiones de la inspección educativa, de algunas juntas directivas, de la ralea de psicopedagogos de nuevo cuño, de los tutores que se erigen en heroicos protectores de sus tutorandos, de los alumnos y sus chantajes emocionales y, claro, de los padres que, al ver el campo abonado para sus reclamaciones, llegan hasta donde tengan que llegar para reparar el injusto dictamen del profesor que ha suspendido a su hijo porque llegó un momento en que se cansó de contar las faltas de ortografía del prócer que tienen como vástago.

¿Para qué lidiar con todo eso? Se les coloca el 5 y listos. Y fuera problemas. Y a cobrar a final de mes. Nunca he visto a un inspector educativo aparecer por un instituto para interesarse por ese profesor que ha colocado dieces a diestro y siniestro, pero sí para reprender al docente que ha suspendido al 60% de su clase. Y, créanme, es mucho más anómalo el primer caso que el segundo. Pero al inspector le interesan los números, tapar el fracaso escolar y recibir la palmadita en la espalda. Hay profesores que aprueban a alumnos con un 2 en la calificación final cuando el alumno suspende únicamente su asignatura. Si el docente es coherente y mantiene el 2, se enfrentará a un calvario que muchas veces acabará con su salud mental y no pocas veces con una baja laboral. Pero lo peor es que esa soledad del docente es ficticia. En realidad, el alumno al que ha suspendido tiene más materias sin superar.

El problema es que sus colegas de profesión, por miedo a quedarse solos en una junta de evaluación, se han anticipado al posible problema colocándole el 5. Es imposible entender que un alumno con un suspenso en Lengua porque es incapaz de interpretar un texto o de expresarse con claridad, sea capaz de aprobar asignaturas afines como la Filosofía o la Historia. Y así, el profesor de Lengua queda vendido por sus propios compañeros timoratos. Y así nos va, con los millenials convertidos en iconoclastas que hacen pintadas en las estatuas de Cervantes porque ni siquiera saben quién es.

O con profesores de universidad, quizás herederos como alumnos de la degradación del sistema, que dicen que La fontana de oro pertenece a los Episodios Nacionales. La fontana de oro de la que otras generaciones bebíamos para saciar nuestra sed de conocimiento es ahora una fontana de hojalata de la que apenas mana agua. Permítanme la metáfora galdosiana. Si es que alguien sabe ya qué es una metáfora.

Mi blog literario: http://cesotodoydejemefb.blogspot.com

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