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Las tarifas del mar

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El ejercicio más violento recomendable a cierta edad es subirse a los taburetes de los bares. Por fortuna es compatible con el de contemplar cómo las olas hereditarias se suceden unas a otras, sin dejar de ser una misma, pero ahora veo la parcela de Mediterráneo, que es mi patria más cierta, con reproche. Por intentar cruzarlo han muerto en lo que va de año 2.000 emigrantes y han sido rescatados 18.000, según la Organización Internacional de las Migraciones. Lo miro desde mi terraza y parece que él, que ha roto tantas vidas, nunca ha roto un plato. Por lo menos como otro plato inmensamente sopero y ajeno a sus comensales, que podrían ser más sin la gestión de los guardacostas convertidos en maîtres de hotel. Si aquí viniesen todos los que quieren venir de otras naciones no cabríamos los que por azar o por destino, que al fin son la misma cosa, hemos llegado a este mundo, que sigue siendo el único por lo menos mientras no se compruebe la existencia de otros en esta superpoblada orilla, aún más llena de bañistas que de medusas, que son como los mocos de Neptuno, que coge unos resfriados de muerte pero que nunca se muere.

Los impuestos del mar varían según temporada, pero se dice pronto que se hayan cobrado cuando agosto, que todos los años dura más que el año anterior, sólo ha dado seis pasos de su moroso trayecto. Ahora que todo transcurre más rápidamente, él sigue yendo a su paso. Incluso China va a consentir que las familias tengan más de un solo hijo, para que instalen lejos más tiendas de chinos que trabajan de sol a sol, incluidas las noches. ¿Cómo se las va a arreglar la comunidad cuando haya el doble de seres humanos? Ni siquiera nuestro ministro de Hacienda, don Cristóbal Montoro, ha hallado la solución, pero ha hecho unos presupuestos electoralistas condicionando las bajadas de impuestos al triunfo electoral de su partido. Veremos a ver lo que pasa. Mientras, el mar, que no olvida, nos sigue pasando la cuenta de sus ahogados.

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