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Los rohingya, los otros refugiados

Casi un centenar de personas de esta minoría musulmana perseguida en Birmania permanecen en la región indonesia de Aceh a la espera de que algún país les acepte como refugiados

jordi calvet

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Unas mujeres rohingya en un refugio temporal. Cientos de refugiados sobreviven en centros de retención en Tailandia y Malasia. Foto: efe

Unas mujeres rohingya en un refugio temporal. Cientos de refugiados sobreviven en centros de retención en Tailandia y Malasia. Foto: efe

Jamal Husson pasa los días junto a su mujer y un hijo en un campo en la región indonesia de Aceh a la espera de que algún país le acepte como refugiado, un año después de ser rescatado por pescadores de un barco abandonado por traficantes de personas.

Es uno de los 861 rohingya, una minoría musulmana perseguida en Birmania (Myanmar), que junto a un millar de bangladeshíes llegaron en tres barcos a Aceh tras huir de sus países y sobrevivir a meses de travesía, amontonados y sin apenas agua y comida. Un año después de su llegada, unos 250 rohingya siguen en cuatro campos en esta provincia al norte de la isla de Sumatra donde el gobierno local, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y varias ONG se encargan de cubrir todas sus necesidades.

«Aquí todo lo que hacemos es comer, rezar y dormir», dice a Efe Jamal, que dispone de una habitación en el campo instalado en un antiguo almacén en Bayeun.

Como el resto de rohingya Jamal huyó de Rakhine, un estado birmano donde este colectivo vive confinado sin libertad de movimientos desde el último brote de violencia sectaria con la mayoría budista en 2012. Su destino era Malasia, donde muchos cuentan con familiares entre la comunidad de unos 50.000 rohingya establecida en el país, y donde esperan encontrar empleo.

«Dejé mi país porque ahí no podía trabajar, ni ir a la mezquita a rezar. Los budistas no nos quieren. (Un traficante) me dijo que podría ir a Malasia y que me ayudaría a encontrar dinero y trabajo», explica Jamal.

Su caso es parecido al de los otros 3.000 indocumentados que desembarcaron el año pasado en Indonesia, Tailandia y Malasia tras ser abandonados por las mafias en alta mar a raíz de una campaña contra las redes de tráfico de personas.

Malasia e Indonesia aceptaron a regañadientes acoger a los sin papeles atrapados en barcos a la deriva a cambio de que la comunidad internacional se comprometiera a reubicarlos en un tercer país en un año.

Expirado el plazo, la mayoría de bangladeshíes han sido deportados a su país pero los rohingya, a quienes Birmania no reconoce la ciudadanía, siguen retenidos sin ningún lugar dónde ir.

Quien peor lo tiene son los que llegaron a Malasia y Tailandia, que retenidos indefinidamente en centros de detención por unas autoridades que los consideran inmigrantes ilegales, no tienen dónde deportarles. «Estos centros están a menudo superpoblados. Cuando podemos les proporcionamos asistencia, les ayudamos a llamar a sus familias en su país y para algunos niños facilitamos el acceso a la educación», indicó a Efe la portavoz de ACNUR, Vivian Tan.

En Aceh, en cambio, los refugiados reciben comida, ropa y educación, tienen cierta libertad de movimientos, algunos incluso se han casado o han tenido hijos, y su principal queja es el tedio. «No puedo regresar a mi país. Solo rezo por nuestras vidas y espero que nos lleven a otro sitio», dice Jamal.

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