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'Lucho por la eutanasia para ser libre hasta el final de mi vida'

Neus batalla por la eutanasia a raíz de la vivencia con su madre. Activistas de Tarragona por la muerte digna aplauden que el Parlament inste al Congreso a despenalizar la eutanasia

Raúl Cosano

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El debate sobre la eutanasia se ha vuelto a reabrir.  Foto: dt

El debate sobre la eutanasia se ha vuelto a reabrir. Foto: dt

Neus Gimeno es una de las activistas de Tarragona que pelean por la despenalización de la eutanasia, el suicidio asistido y la muerte digna. Celebra que el Parlament de Catalunya haya aprobado una moción para instar al Congreso de los Diputados a conseguirlo. «Es un paso adelante. Es una iniciativa que sale de la voluntad de la gente. Es un buen momento para nosotros», admite.

Sólo el hecho de que el tema irrumpa de esa forma en el meollo del debate político ya satisface a los miembros de Dret a Morir Dignament (DMD). «Pase lo que pase luego ya es un éxito», asume Gimeno, militante en la causa por experiencia propia: su madre sufrió una enfermedad neurodegenerativa durante nueve años. «Es una dolencia sin tratamiento médico, de evolución demoledora y altamente discapacitante, aunque la persona sigue manteniendo un nivel de conciencia que le permite estar conectado con la realidad».

Una degradación progresiva le hizo ir perdiendo todas las capacidades: poder caminar, mover brazos, piernas y manos, dificultades para deglutir la comida, hablar con lentitud hasta dejar de hacerlo, mirada inexpresiva y poco control sobre sus párpados. «¿Qué puede hacer una persona en esas circunstancias? Desear la muerte y, así nos lo manifestó en innumerables ocasiones durante los primeros años de la enfermedad», narra Neus.

Entonces ella empatizó y pensó que debería existir la eutanasia, por «el respeto a la libertad y la autonomía de la voluntad de la persona ha de mantenerse cuando llega la enfermedad».

Otra forma de morir

Su madre acabó haciendo el testamento vital, o documento de voluntades anticipadas, que le permitía no hacer tratamientos que le alargaran la vida inútilmente o renunciar a tomar medicación innecesaria.

Su madre falleció. «No sufrió pero me hubiera gustado que su muerte hubiera sucedido de otra forma», concede Gimeno, que cree en que las personas puedan tomar las decisiones adecuadas en el último tramo de su vida.

Los defensores de la despenalización de la eutanasia o el suicidio asistido abogan por fomentar la libertad de las personas «hasta el final». «Hay que ser libres. Si tú has tenido una mala vida, ¿por qué tienes que tener una mala muerte?. Yo lo tengo claro, y en el momento en que no me pueda valer por mí misma, yo esté sufriendo y los demás también, prefiero irme, sabiendo que no tengo ningún tipo de esperanza».

La entidad Dret a Morir Dignament (DMD) nació en 1984 para defender la libertad de la persona a escoger la manera en la que finalizar su vida. Eso incluye en sus estatutos la defensa del derecho a la eutanasia y el suicidio médicamente asistido para enfermos que «libremente quieran liberarse de un sufrimiento que viven como intolerable».

La antropóloga y profesora tarraconense Marta Allué aboga por una despenalización de la eutanasia: «El desarrollo de los paliativos ha hecho que mucha gente vea que tiene derecho a morir de forma digna. Se ha preguntado más por el tema. Ha cambiado la percepción del sufrimiento. Ya no es una condición ‘sine qua non’».

Allué cree que el debate generado responde a una voluntad de la gente. Para Allué, hay una conciencia muy clara de que «el final de la vida actual no queremos que sea como hace 30 años». Lo principal para ella y otros activistas en favor de la muerte digna es evitar el padecimiento extremo: «Se trata de ser libre y de querer decidir también sobre mi final de vida. Es una respuesta a una demanda clara de la ciudadanía. La gente tiene claro que el sufrimiento no sirve para nada».

Los defensores de este tipo de planteamientos admiten que son escasas las personas que llegarían a solicitar estos extremos, pero lo reivindican en tanto que derecho. «No quiere decir que, si se despenaliza, la gente empiece a pedirlo más. Simplemente es un derecho que tiene la persona. También cuando se legalizó el divorcio parecía que iba a haber un incremento, y no fue así», cuenta Marta Allué.

La antropóloga de Tarragona cree que ahora el debate ético está creciendo: «Tiene que ver con que cada vez la sociedad es más laica y se ve menos presionada a aceptar esa idea de que el sufrimiento es algo que nos manda Dios. También tiene que ver con que ahora nos preocupamos más por nosotros mismos».

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