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«Me ha sorprendido que todavía haya una cabina en TGN y ¡encima tiene línea!»

TGN tuvo el primer teléfono interurbano público de Catalunya. 48 años después la única cabina de cristal está inutilizada. Mantener las 265 instalaciones de la demarcación cuesta 75.000 euros

XAVIER FERNÁNDEZ JOSÉ

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«Me ha sorprendido que todavía haya una cabina en TGN y ¡encima tiene línea!»

«Me ha sorprendido que todavía haya una cabina en TGN y ¡encima tiene línea!»

«‘Efectivamente, ésta es la primera cabina pública interurbana que se inaugura en Cataluña. Claro que, mañana mismo, pueden entrar en funcionamiento muchas más en cualquier otra población catalana’... Esto me decía ayer tarde el delegado provincial de la Compañía Telefónica, don Fernando Soler Adelantado, momentos después de haberse inaugurado dicha cabina, en la Avenida del Conde de Vallellano, frente al locutorio de la Telefónica»... Así empezaba la noticia que Daniel de la Fuente Torrón publicó en el Diari el 2 de diciembre de 1971.

Casi medio siglo después, Tarragona ha pasado de ser pionera en las comunicaciones telefónicas a objeto del vandalismo. La única cabina telefónica de cristal que sobrevive en la ciudad está inutilizada porque el teléfono ha sido arrancado, al igual que la puerta.

Situada frente a la Oficina de Treball (más conocida como la del paro), en la calle Sant Antoni Maria Claret, es una de las 265 cabinas que siguen en pie en la demarcación de Tarragona. Ellas, como sus 1.896 ‘hermanas’ del resto de Catalunya, debían desaparecer a finales de 2018.

Salvadas ‘in extremis’

Un decreto del Gobierno del 28 de diciembre conmutó su pena de muerte, y les prolongó la vida un año más. «Se extiende hasta el 31 de diciembre de 2019 la designación a Telefónica de España como operador encargado de la prestación del elemento de servicio universal de telecomunicaciones relativo al suministro de una oferta suficiente de teléfonos públicos de pago», decía la orden legal. Telefónica es así la encargada de que las cabinas se mantengan en estado de revista.

Según la compañía, mantener cada cabina cuesta una media de 281,25 euros anuales. Por tanto, la factura asciende en Tarragona a 75.531 euros, es decir, una miseria para la todopoderosa firma. En el conjunto del Estado hay 16.000 cabinas, con un coste de 4.516.000 euros. Las de Catalunya suponen un desembolso de 607.781 euros. Telefónica no dice cuánto recaudan las cabinas.

Fuentes de la empresa explican que la media de llamadas por cabina es de 0,37. La mayoría de llamadas se produce en zonas poco pobladas porque quien necesita usar las cabinas son personas mayores acostumbradas a los teléfonos fijos o alguien que se ha quedado sin batería en el móvil y no puede acceder a un locutorio de los que sí hay en las ciudades.

¿Esa cifra es real? Si la aplicamos a Tarragona ciudad incluso exagerada. El Diari recorrió diez de las veinte cabinas ubicadas en el centro. Fueron las diez más cercanas a la Plaça Imperial Tarraco (tres en la propia plaza, la del paro, otra en la esquina de Sant Antoni Maria Claret y la calle Joana Jugan, la que está en Lluís Companys un poco más abajo de El Corte Inglés, la de Vidal i Barraquer, la situada junto a la sede del colegio de abogados y farmacéuticos, otra más al lado de la estatua dels Castellers y la que tiene dos terminales en la Rambla Nova esquina Rovira i Virgili).

La ruta pelacanyes de la cabina

La de Sant Antoni Maria Claret esquina Joana Jugan también está inservible. En la de El Corte Inglés, el Diari esperó durante media hora (el pasado miércoles, de 12.20 a 12.50 h). En ese tiempo pasaron 188 personas (sí, se contabilizaron en un acto de frikismo ‘periodístico-cabinero’) por su lado. Ni una la utilizó. Bueno, mejor dicho, un hombre de mediana edad y una joven turista rusa hurgaron en la caja y pulsaron el interruptor a ver (a las 12.25 y 12.36 h. respectivamente) si caía alguna moneda atrapada. Nada. Su gozo en un pozo.

A las 13 h. del mismo día, en la cabina de Vidal i Barraquer ubicada frente a una entidad bancaria, casi salta la sorpresa. Un hombre se acercó a la cabina y tomó el teléfono. El periodista, ansioso de hallar un testimonio, se abalanzó sobre la persona en cuestión. «¿Iba usted a llamar?» El hombre, sorprendido por el asalto, solo acertó a decir «Me parece curioso, me ha sorprendido, que todavía haya una cabina. Quería comprobar que funcionase. ¡Tiene línea! ¿Quieres hablar conmigo? No puedo, no puedo. Tengo cita con el director de la sucursal».

La siguiente parada cabinera fue en la de Enric d’Ossó. Quince minutos de espera. Tampoco descolgó nadie el teléfono. Un hombre se fue directo y decidido hacia la cabina... ¿Habrá milagro? No. El sujeto tenía el coche aparcado justo al lado. Pasó de la cabina.

El mismo día, de 15 a 16 h., el periodista comió a dos metros de la cabina de Rambla Nova, 122. A la pobre la ignoraron aún más. Las personas que subían por la acera de los pares giraban la cabeza hacia la izquierda, pero para observar la estatua castellera.

Ya por la tarde, la cabina situada a la salida de la estación de autobuses en la Plaça Imperial Tarraco solo sirvió para que un ciclista se apoyase en ella mientras esperaba que el semáforo para peatones de la calle Pere Martell se pusiese en verde.

El único usuario que tuvo su ‘colega’ del otro lado de la plaza (frente a la antigua Facultat de Lletres) fue un pequeño turista inglés que hizo un simulacro de conversación antes de echar a correr por encima del parterre. Nadie usó ni la localizada en Rambla Nova esquina Estanislau Figueres ni la de la Font del Centenari. En cada una de ellas la guardia fue de un cuarto de hora. Total de la vigilancia: tres horas. Total de llamadas en las cabinas: cero.

¿Vale la pena mantenerlas? Sí. La nostalgia y el «por si acaso...» tienen un coste asumible. Sobre todo si lo paga Telefónica.

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