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Orgullosa ayer y enfadada hoy

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El otro día surgió una voz extraña en mi oído, similar a como si oyera a alguien por teléfono. No utilizaba ni móvil ni fijo. ¡Qué cosa más fantástica! Quedé perplejo.

Cuidado, aquí ocurre algo. Calma, Ramón, no te asustes, vamos a ver:

–Diga… ¿Quién es?

–Soy la ciudad.

–¿Qué ciudad?

–Tarragona. ¿Qué ciudad ha de ser?

Así, dejándome boquiabierto comenzó el misterio. Una vez tranquilizado la dejé hablar. Su voz era agradable y glamurosa, por eso me costó poco acostumbrarme.

Enseguida afanose a asegurarme que ella lo había vivido todo durante muchos siglos, que naturalmente conocía su trayectoria al dedillo y lo recordaba casi todo, ese casi lo justificaba diciendo que por ser tan antigua y debido a su ancianidad algunas veces confundía nombres o fechas y añadió: si eso sucede espero que me perdones.

Su voz quiere ser como un susurro. Ya me ha explicado muchas cosas que yo ignoraba; es lógico, resulta imposible que yo pueda saber más que un mínimo de su vida. Hay momentos que la noto alterada, mostrando apasionamiento, enfado o amargura. Cuando siente regocijo, su voz adquiere un timbre llameante y en sus momentos sentimentales parece que tiemble y titubee. En esos casos la entiendo con dificultad.

Por todo ello estoy seguro que no me habla una máquina, capto sentimientos elevados, humanos. Cuando me refiere la estima que siente por nosotros, sus Hijos/Tarraconenses, su verbo es diáfano, claro y diamantino y acaba con voz sobrecogedora recitando aquellas palabras de san Agustín: «La medida de mi amor es el amor sin medida».

Si duda me he dado cuenta que está ufana y orgullosa de su historia. Casi siempre me narra historias del pasado que interpreta a su manera, aunque decantando hacia su lado partidista. A pesar de ello prefiero oírla rememorando esos temas de la antigüedad que cuando alude a la actualidad, porque si su veredicto es negativo amenaza con soltarle una espiritual colleja reñidora a alguno de sus estimados tarraconenses, cual madre que pretende enderezar su futuro como a un arbolito.

Ayer, al recordar su época durante el imperio de los romanos, a los que admira y siempre alaba por la perfección de sus edificios públicos (a ver si ahora saldrá con una comparación a la época actual), otorgaba un juicio altamente positivo a una de las obras que ayudaron a conseguir su progreso y poderío: la Vía Augusta, que desde Roma le llegaba a su muralla habiendo rozado sus suaves playas, para seguir, calzada emblemática y majestuosa, portando los excelentes vinos y finísimas telas producidos en su Tarraco y embarcarlos en Cartago Nova para deleite de Roma y Pompeya.

¿Sabes? Hablando de Pompeya, según asegura actualmente Benjamín Lana, los arqueólogos descubrieron allí recientemente un ánfora tapada y perfectamente sellada conteniendo el garum, esa salsa tan estimada, que quizá podía provenir de aquí. Importante hallazgo arqueológico.

Siguiendo con los romanos. Existía una red de calzadas y vías que cubrían la totalidad de Hispania, pero mi Vía Augusta era, como se dice ahora, de primera división. Fue construida a base de pavimentación de piedra enlosada, con estribos laterales bien inclinados en las zonas convexas para contribuir a recoger el agua de lluvia y verterla a los campos. Si, ya sé que habéis visto restos de segmentos de la vía, pero yo la conocí en su esplendor. Sepas que cada 1.200 metros –que era la distancia aproximada recorrida por mil pasos humanos– disponía de un miliario cilíndrico de piedra de dos metros de altura que contenía inscripciones relativas al emperador reinante, el nombre del constructor, a veces el del mantenedor y el número de millas desde o hasta Roma. Cada veinte kilómetros encontrabas un pilón de agua para el consumo de los animales, que podía coincidir con otro tipo de mojón pétreo colocado a la altura adecuada para que el viajero pudiera utilizarlo como descanso o facilitarle la montura sobre su cabalgadura.

Se dice que san Pablo recorrió el resto de su vida por caminos inhóspitos y esas vías romanas, casi 15.000 km cifra inmensa para la época, impartiendo el cristianismo y estoy segura que llegó a mi muralla por aquella magnífica Vía Augusta y también por eso es poseedora de una importancia extraordinaria.

Comparada con la actualidad –su voz contundente me dio a entender que airada, iba a despacharse a gusto– esa vía sigue más o menos alterada por mi provincia, asfaltada y mejorada durante la dictadura de Primo de Rivera. Ahora llamada Nacional 340, la más transitada del país. Impertérrita, manteniendo su ultraje de puntos negros.

La mayoría de las regiones de España disponen de autovías gratuitas, pero Cataluña y mi provincia no. Si mal no recuerdo fue en el mandato de Felipe González cuando se realizó la red de autovías de Andalucía, de reducido tránsito.

Me pareció bien, pero ¿y yo? Han pasado cinco lustros y mis tarraconenses tienen que roer el hueso de un tránsito intenso por mi vía, con un carril de ida y otro de vuelta o por la autopista de pago.

Es igual, deben pensar. ¡Ellos que paguen! Al parecer, el vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra soltó aquello de «Que vengan cada año esos catalanes a por el alpiste».

Desde entonces en ese alpiste no se han hallado las autovías socialistas para Cataluña, tampoco las del PP de antes, ni las del actual e inmóvil presidente, sí hombre, el del «hilillo de plastilina» ante aquella catástrofe. Con enfado y amargura, Tarragona se quedó en silencio.

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