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Rajoy será el primer presidente que abandona la Moncloa por una moción de censura

El debate en el Congreso se convierte en un todos contra el líder del PP pero sin dar un cheque en blanco a Sánchez

COLPISA

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FOTO: EFE

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Por primera vez desde la restauración de la democracia, un presidente del Gobierno tendrá que hacer las maletas y salir de la Moncloa por una moción de censura. Pedro Sánchez logró construir sin esforzarse demasiado una mayoría absoluta que se materializará mañana en el Congreso para desalojar a Mariano Rajo. Unidos Podemos, Esquerra Republicana, PDeCAT, PNV, Bildu y Nueva Canarias (180 diputados) dieron su apoyo a la iniciativa socialista.

Solo el PP y Ciudadanos (169) negaron su respaldo al socialista, mientras que Coalición Canaria se abstuvo. Hace una semana los cinco diputados del PNV fueron decisivos para la aprobación de los Presupuestos en el Congreso y dejar encarrilada la vida política a Rajoy hasta 2020. Mañana esos mismos parlamentarios enseñarán al líder del PP la puerta de salida con su voto favorable a la moción de censura. La irremediable derrota enfureció a Rajoy al punto de que por la tarde no acudió al debate en la Cámara y se encerró en la Moncloa.

Los pasos del portavoz del PNV en el Congreso, Aitor Esteban, y sus cuatro compañeros por la Cámara fueron seguidos como en la fábula alemana del flautista de Hamelin por una legión de informadores. Nunca habían suscitado tanto interés. Hasta que a primera hora de la tarde se desveló el sentido de su voto. Ahí desapareció el interés por la moción de censura, todo el pescado estaba vendido. Los escaños del PP se despoblaron y la mitad del Gobierno se dedicó a sus menesteres fuera del Congreso. La vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría puso su bolso en el escaño de Rajoy, como para decir que estaba ocupado, y aguantó el chaparrón durante casi seis horas.

Siempre que Rajoy cumpla la palabra que comprometió Dolores de Cospedal y no dimita, Sánchez se convertirá el sábado en presidente del Gobierno, nombramiento en el BOE mediante, y tomará posesión de su cargo ante el Rey. Aunque si renuncia se abriría una situación incierta como pocas porque el Rey tendría que abrir una ronda de consultas con los líderes de los partidos para un debate de investidura. Una vuelta a los avatares de marzo de 2016 que frustraron la elección del presidente, solo que sin Rajoy en el escaparate político.

El debate demostró que más que un voto mayoritario a favor de Sánchez lo que había era un voto mayoritario en contra de Rajoy. Hasta Ciudadanos, que negó el pan y la sal a Sánchez, defendió el final de recorrido del presidente del Gobierno. La sentencia del 'caso Gürtel' fue la espoleta de la moción, pero en el debate cada grupo ajustó sus cuentas políticas particulares con el presidente del Gobierno. Gürtel y la corrupción fueron sepultadas por las cuitas de cada uno. Solo por la mañana hubo un bronco cruce de acusaciones entre Sánchez, Rajoy y el portavoz socialista que presentó la moción, José Luis Abalos. Por la tarde, casi nadie se acordó.

El objetivo de la mayoría era desalojar a Rajoy de la Moncloa, cada grupo por sus motivos. Lo verbalizó a su escala territorial el portavoz del PNV al justificar su apoyo a la moción: "Respondemos a lo que mayoritariamente demanda la sociedad vasca y al mejor ejercicio de la responsabilidad votando sí". Los independentistas catalanes compraron las ofertas de diálogo de Sánchez y reclamaron la reconstrucción de los puentes volados. Pablo Iglesias sacó toda la artillería regeneracionista y no dejó títere con cabeza al describir la obra de Rajoy.

Mayoría Frankenstein

Pero el líder socialista no se llevó ningún cheque en blanco del Congreso. La mayoría de los portavoces que secundaron su moción vinieron a decir que era un mal menor y que le votaban porque era la manera de sacar a Rajoy de la Moncloa, no porque tuvieran fe ciega en el canidato ni en sus aptitudes ni en sus palabras.

Solo Iglesias y el líder de IU, Alberto Garzón, mostraron cierta confianza en que pueda desarrollar un programa de izquierda desde un "gobierno de coalición", e incluso "ganar las próximas elecciones juntos". El líder socialista mantuvo con los de Podemos y de IU un debate de guante blanco, nada que ver con las trifulcas anteriores. Iglesias dejó con la boca abierta a los diputados socialistas al tachar de "valiente" a Sánchez y le pidió "disculpas" por anteriores diferencias, una evidente alusión a su negativa a secundar la investidura del socialista hace poco más de un año. En el reparto de flores, este le agradeció su "generosidad". "Hoy -remató- es un buen día para la izquierda".

Pero la de Sánchez fue, en cierto modo, una victoria trufada de peligros que puede convertir el pan de hoy en el hambre de mañana. Dijo que no va a formar un "gobierno Frankenstein", como pronosticó Rajoy haciendo suyas unas palabras de Alfredo Pérez Rubalcaba, pero llega a la Moncloa sustentado en una mayoría que sí es Frankenstein, en la que conciliar los intereses, por ejemplo, del PNV y Podemos será poco menos que un oxímoron. El portavoz del PNV vaticinó que el Congreso se convertirá en los próximos meses en un "pim, pam, pum continuo".

Contra el pronóstico de los propios socialistas, nadie exigió a su candidato un compromiso claro con un calendario electoral. Su única referencia temporal fue decir que esta legislatura "se ha acabado" y que las generales serán "más pronto que tarde", y todos tan conformes.

Todos, no. Albert Rivera, que se erigió en el líder de la oposición ante la incomparecencia de Rajoy, avisó a Sánchez de que su marcaje será implacable y mantuvo un áspero debate con tintes barriobajeros con Sánchez, "de vuelo gallináceo", reconoció el presidente de Ciudadanos. Visto lo visto en el duelo, el entendimiento entre el secretario general del PSOE y el dirigente liberal será imposible o mucho más difícil que el que trenzaron Rajoy y Sánchez en los últimos meses. Ni siquiera, o sobre todo, en Cataluña.

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