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Rumor de tractores

Los agricultores de toda Catalunya se movilizan en una gran marcha, que arrancará el próximo 26 de enero y culminará el día 28 en Barcelona, para "renovar el acuerdo de la sociedad con el campo"

Rafael Servent

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Magí Rimbau muestra un tríptico con la convocatoria de la #MarxaPagesa. Foto: Alba Mariné

Magí Rimbau muestra un tríptico con la convocatoria de la #MarxaPagesa. Foto: Alba Mariné

El próximo jueves 26 de enero, Magí Rimbau volverá a subirse a su tractor SAME de 100 CV y fabricación italiana para unirse a la que podría ser su última marcha payesa. Magí tiene 64 años y es de Alcover. Se dedica a la avellana y a la aceituna. En Alcover cultiva seis hectáreas de avellanos y otras cinco de olivos. No tuvo hijos. Tampoco tiene trabajadores. Un agricultor nunca deja la tierra, pero un día se jubilará. Ese día está más cerca, y no tiene relevo.

El jueves, Magí y su tractor se sumarán a la columna del Camp de Tarragona en la #MarxaPagesa, convocada por el sindicato Unió de Pagesos en defensa de la «dignidad de la payesía» y «para renovar el acuerdo de la sociedad con el campo».

En la memoria de Magí, un histórico del Alt Camp en las bases de este sindicato agrario (mayoritario en Catalunya), está su participación en algunas de las movilizaciones más intensas que se recuerdan en este sector. «Estoy acostumbrado. Ya en aquellos años quemé neumáticos».

Magí se refiere a las durísimas protestas del sector de los frutos secos a mediados de la década de los noventa. Pero esta vez, cuenta, es distinto. «No vamos a hacer nada, ninguna maldad: vamos a reivindicar la dignidad del payés».

«Queremos –cuenta este hombre de pocas palabras pero ideas claras– que la gente sepa que nosotros somos los que hacemos posible que puedan comer verduras de calidad y proximidad, y que eso tiene un coste». La del próximo sábado en Barcelona no quiere ser una movilización sectorial más. Es una reivindicación de la propia existencia en un colectivo cada vez más minorizado.

En el último censo agrario elaborado por el Institut d’Estadística de Catalunya (Idescat), relativo al año 2009, un total de 24.220 personas eran responsables de la producción agrícola de toda la demarcación de Tarragona, con el grueso en las comarcas del Baix Ebre (5.661 personas) y el Montsià (3.750). Más de siete años después, las previsiones de la próxima actualización de ese censo no auguran precisamente cifras mucho más abultadas.

En el Casal de Vila-rodona (Al Camp), Magí reparte trípticos con información sobre la convocatoria de la #MarxaPagesa entre los asistentes a la charla organizada por Unió de Pagesos. La mayoría pertenecen al sector de la viña. En particular, a la uva para la elaboración de cava.

Como en todos los sectores, la sostenibilidad de su actividad económica depende de la cotización de precios, que cada año cambia. Nadie lo dice abiertamente, pero es ampliamente conocido que, en el caso de la uva para elaborar cava, el precio lo marca cada año lo que ofrece una empresa muy concreta y conocida de Sant Sadurní d’Anoia. El resto va detrás. En los últimos años, esa empresa ha pagado algo mejor, y las quejas de los agricultores han remitido. Pero ha habido años en los que no ha sido así.


Precios ruinosos
El de los precios es uno de los puntos destacados en el manifiesto Lluita amb Unió de Pagesos per la dignitat de la pagesia, sobre el que se sustenta la #MarxaPagesa que se llevará a cabo entre los próximos 26 y 28 de enero. Este sindicato asegura que entre los años 2001 y 2015, la Renta Agraria ha sufrido una caída acumulada del 39%, que atribuyen en esencia a la evolución de la Política Agraria Común (PAC).

La PAC, según relatan en su manifiesto, «ha dejado de sostener eficazmente los precios, atenazada por la liberalización desleal en el acceso al mercado interior de la Unión Europea», así como por «los oligopolios agroindustriales y comerciales que nos han llevado a sufrir en muchos sectores precios ruinosos para nuestras producciones».

Joan Caball, coordinador nacional de Unió de Pagesos, reclama a la Generalitat medidas que introduzcan «transparencia, para que los precios sean más justos». Asegura que «a cada campaña que pasamos, la rentabilidad no sube», y que por eso «se necesita transparencia en las lonjas, para que reflejen cuál es el precio real del mercado».

Pero cuenta Joan Caball que «igual que nos preocupa si el vino o la uva van a un precio determinado, también nos preocupa de igual manera que el centro de asistencia primaria de un pueblo acabe cerrando porque las nuevas generaciones han tenido que abandonarlo».

En el Casal de Vila-rodona escuchan, desde la última fila, Josep Maria Santò (Vila-rodona, 67 años) y su hijo Joan Carles (Vila-rodona, 40 años). Desde hace dos años, Joan Carles ha asumido la titularidad de la explotación agraria familiar, con unas treinta hectáreas de viñedos y otras cuatro de olivos. Entre padre e hijo (desde su jubilación, Josep Maria trabaja a tiempo parcial) sacan adelante esta explotación. En determinadas épocas del año, contratan a un trabajador temporal. La mecanización ha supuesto una revolución, y donde hace no tantos años eran necesarias entre diez y doce personas para tirar adelante la producción, ahora se bastan y se sobran ellos dos.

Todavía no han tomado una decisión sobre su participación en la #MarxaPagesa, pero albergan dudas. «No somos de ir a marchas», cuenta Joan Carles. «Yo había ido a muchas marchas, hace años –interviene su padre–, pero quedé desencantado».

Aunque coinciden con la reivindicación sobre los precios. «Nosotros, en el sector de la viña –explica Joan Carles–, tenemos ayudas a tanto por cepa, y han llegado a subvencionar hasta un 40% ó 45% de la plantación. Eso ha atraído a mucha gente de sectores totalmente ajenos a la agricultura, como constructores, que han hecho proyectos de viñedos sólo para cobrar la subvención».

«Las ayudas –interviene su padre– han sido la perdición del payés que es payés». Joan Carles coincide: «Yo no estoy a favor de las subvenciones. Si nos pagasen un precio razonable, ya haríamos. Con la viña, lo de las ayudas ha sido un desmadre total».

Con 40 años, Joan Carles es un agricultor relativamente joven. Cuenta no haberse planteado nunca si sus hijos le darán el relevo como agricultores: «Si quieren, sí». Es un cambio respecto a generaciones anteriores, donde llegaron a abundar las respuestas negativas. Pero persiste un poso. Joan Carles tiene un hermano, que se llama Josep Maria y estudió ingeniería agrónoma. Trabaja de funcionario de prisiones en Lleida. Cuentan que hizo muy bien en tomar ese camino profesional.


Renovar el acuerdo
Los precios de las lonjas y de las grandes empresas, las ayudas de Bruselas o las prioridades en el reparto de los fondos del Programa de Desenvolupament Rural (PDR) que gestiona la Generalitat de Catalunya están ahí, pero son sólo ingredientes. Una gran idea es la que reunirá el próximo sábado en Barcelona sectores tan diversos como el del arroz, los frutos secos, la leche o la cría de cerdos: «renovar el acuerdo de la sociedad con el campo».

Lo cuenta Joan Caball, coordinador nacional de Unió de Pagesos, que explica que «queremos reclamar que hacemos una función importante en el país, proporcionando alimentos en cantidad y calidad, estando en el territorio y ayudando al equilibrio del propio país».

En su opinión, el acuerdo social entre quienes se dedican a la agricultura y quienes no (que hoy son la mayoría de la población en Catalunya), pasa por un momento de crisis que se ha acentuado en los últimos años con la invasión irrespetuosa de los espacios agrícolas por parte de ciudadanos desinformados y desconcienciados.

El boom del excursionismo a destajo, sin la más mínima preparación –que ha llevado, por ejemplo, a que se disparen año tras año los operativos de rescate de senderistas inconscientes que se suben a montañas con el equipo de ir a las clases de zumba–, también ha hecho estragos en el campo. «En época de setas –ejemplifica Joan Caball–, la sociedad ha de entender que detrás de un cable, en ese campo hay vacas, y que no puedes retirarlo para aparcar el coche, porque se escaparán».

«Han de ser conscientes –prosigue– de que coger unos pocos frutos de un árbol al lado de una carretera sí tiene consecuencias para el agricultor que ha estado trabajando con él todo el año, y que hay que respetar a la gente que vive allí y trabaja de ello».

«Hoy –añade– tenemos una concepción del país muy de salir, de caminar, de ir en bicicleta... Tenemos que ser capaces de compartir ese espacio de una manera razonable, lógica, respetuosa». En su opinión, la única medida efectiva para ordenar esos usos del espacio agrícola es la aprobación por parte de la Generalitat de Catalunya del Pla Sectorial Agrari. «Hay planes directores para aeropuertos, para espacios naturales... pero ninguna ley para los espacios agrarios».

Mientras tanto, toca acercarse a esa sociedad a la que sienten viviendo de espaldas a su mundo, y que para muchos de ellos sólo se acerca al entorno agrícola como un espacio de recreo en el que hay unos agricultores a los que apenas se distingue del paisaje, tomados por muchos como figurantes.


‘Benvinguts a Pagès’
Iniciativas como Benvinguts a Pagès–organizada por primera vez el año pasado por la Generalitat de Catalunya e inspirada en el modelo francés de relación entre el mundo agrícola y el mundo urbano–, donde las explotaciones agrícolas abrían sus puertas a los ciudadanos para explicarles su realidad, pueden ser una vía de acercamiento.

Joan Caball admite que la receptividad que tienen los agricultores franceses para abrir sus casas a los forasteros no se da en la misma medida en Catalunya, pero añade que tampoco el conocimiento, el interés, el aprecio y el respeto que tiene el ciudadano medio francés por su paisaje agrícola, sus productos y la gente que vive en él es el mismo aquí.

«Tiene que haber cambios por ambos lados. Debería haber más tolerancia por parte de todos, en ser más abiertos y en ser conscientes de que no puedes pasear por donde te plazca. Se trata de despertar y poner un poco por parte de todos», resume Caball.

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