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Sacarse el pasaporte para trabajar

Expatriados de larga duración y desplazados itinerantes proliferan entre las empresas que se han internacionalizado

Rafael Servent

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Sacarse el pasaporte para trabajar

Sacarse el pasaporte para trabajar

La Gran Recesión ha traído como consecuencia la internacionalización de las pymes hasta tasas insospechadas hace apenas dos lustros. Internacionalizarse, exportar, abrir nuevos mercados. Las exportaciones han sido una de las tablas de salvación para muchas pequeñas y medianas empresas en tiempos de mercados locales menguantes y luchas descarnadas por las migajas de lo que quedaba tras la quema.

Pero no todas las empresas han tenido a mano un producto para meter en un contenedor y mandar por grupaje a probar suerte en el otro extremo del planeta. En ocasiones, nuestras empresas han tenido know how, conocimientos técnicos, tecnologías propias ligadas íntimamente al talento de sus trabajadores, pero poco producto físico que empaquetar. En estos casos, el producto ha sido ese talento. Así es cómo más y más trabajadores de pymes han cogido estos años el pasaporte y se han puesto a viajar.

Es un perfil creciente y relativamente nuevo: el del desplazado. Se trata de aquellos trabajadores de una empresa, generalmente de perfil técnico, que hacen la maleta para estancias de trabajo mucho más largas que las de un viaje de negocios, pero no tan largas como para plantearse llevarse a la familia con ellos.

Hasta hace poco, el expatriado –el típico directivo al que mandan con su familia a otro país para pasarse entre dos y cuatro años montando una nueva filial– era el perfil más conocido y asimilado. Ahora le acompaña ese desplazado, que encadena proyectos de entre tres y seis meses por todo el mundo, que deja a la familia en casa y que se pasa gran parte del año durmiendo en hoteles o en alojamientos compartidos.

Negociar la vuelta

De todo esto se habló la pasada semana en el MBA de la Universitat Rovira i Virgili (URV), durante un seminario dedicado a la expatriación... y a la impatriación. Si uno de los principales problemas que afronta el ya masivo perfil del desplazado es el desarraigo y la falta de proximidad con los vínculos familiares, la principal preocupación del expatriado más ‘clásico’ es su retorno. Tras años con un buen salario y, a menudo, gastos como la vivienda o el colegio sufragados por la empresa, el día de regresar a unas condiciones previas (que suelen ser inferiores a las actuales) se convierte a menudo en un mar de dudas.

Además, no siempre hay un trabajo al que regresar. Las empresas acostumbran a reemplazar las vacantes, cuando no las amortizan.

Manel del Rey tiene 45 años y es de Valls. Núria, la menor de sus cuatro hijos, nació en EEUU. Hasta allí le mandó desde Montblanc su empresa, como IT Manager de la filial en Troy (Detroit). Manel trabajaba para Behr cuando se fue hace tres años. Cuando acabe su contrato de expatriación en junio, regresará a Mahle, que es la empresa que adquirió la antigua Behr. Es sólo uno de los muchos cambios que han pasado en este tiempo en la vida de este profesional.

«Si te vas por tres años –explica– en ese tiempo las empresas cambian mucho. Ese trabajo que hacías tú allí [en este caso, en Montblanc], o se reparte o alguien se pone a hacerlo. El mercado y las necesidades cambian mucho en tres años. Es muy difícil negociar al detalle un retorno a tres años vista».

«Pero por otro lado –prosigue–, se te abren muchas oportunidades. Se te abre la oportunidad de quedarte, y de convertirte en local, o de encadenar otras expatriaciones. Por último, la tercera opción es volver. En este caso, si tú te has ido por tu carrera profesional, si vuelves, esperas no hacer lo que hacías».

Reconocer al desplazado

Josep Maria Pàmies coincide: «Como expatriado, tienes un estatus con el que, cuando regresas, quizás ya no te interese lo que te ofrezcan. Por eso es tan importante que un expatriado negocie las condiciones con las que vuelve».

Pàmies (Reus, 48 años) conoce bien de lo que habla. Hoy Business Transformation Manager en Equatorial Coca-Cola Bottling, la principal envasadora de Coca-Cola de África, Josep Maria Pàmies ha sido expatriado y desplazado. Hoy sigue trabajando con ambos perfiles.

La primera vez que cogió ‘en serio’ el pasaporte fue en el año 1997. Se expatrió tres años a Irán, donde trabajó en la construcción de 28 centrales de cogeneración. «Tienes 30 ó 31 años, eres joven, soltero, con la carrera recién terminada, a nivel económico te compensa... Pero lo importante para el expatriado es lo que negocies para cuando vuelvas. Yo negocié un MBA en la URV».

«Tienes que tener claro que, al cabo de cuatro o cinco años, tu puesto de trabajo ya lo ocupa otra persona. Cuando vuelves, la salida más normal es que te quedes sin trabajo. Además, hablas de un sueldo como expatriado de 100.000 euros, y vuelves y son 60.000 euros. Y ni coche, ni piso...»

Aunque no todo es negociar la vuelta. Pàmies también ha tenido sus experiencias como desplazado. Dos años yendo y viniendo de China, con la familia aquí. Con el mismo sueldo que aquí, separado de la familia y sin ninguna de las ventajas del expatriado, ser desplazado no es un gran negocio. Aunque, muy a menudo, es la única opción para muchos.

«La figura del desplazado no se reconoce», se lamenta Pàmies. «Las empresas ven que es mejor tener un desplazado que un expatriado –prosigue–, porque no tienen que pagar el sueldo de expatriado. Actualmente, de toda la gente que hay en el mundo, calculo que entre un 10% y un 20% serán expatriados, mientras que el resto son desplazados».

«Desde hace unos veinte años –relata Pàmies–, el fenómeno del desplazado ha ido in crescendo. Y hay también muchas desventajas. Hay técnicos que son expatriados encubiertos. Cuando acabas pasando más de seis meses al año fuera de casa, eres un expatriado. Pero a la empresa le interesa mantenerlo como desplazado, porque así no paga las condiciones de expatriado».

Sea como sea, hay consenso en que estas experiencias internacionales enriquecen e impulsan la carrera profesional. «Cuando uno hace una cosa de éstas –explica Manel del Rey, expatriado con su familia en los EEUU–, es por algo. En mi caso, vi una oportunidad excelente para desarrollar mi carrera. Yo iba como persona de confianza del grupo, con el objetivo de aportar valor muy rápido. Hay que tener una mente muy abierta al cambio. Sólo tuve un fin de semana para decidirme. Si tienes claro que es un tren que pasa una vez en la vida, te decides».

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