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Tarragona pierde el 45% de sus oficinas bancarias

En 2008 se llegó al tope de 837 sucursales. Hoy hay 381 menos, y los ajustes no han acabado. Las consecuencias son más comisiones, trato despersonalizado o la exclusión financiera

Raúl Cosano

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Una antigua sucursal de La Caixa en la calle Gasòmetre, cerrada. Oficinas como esta han sido objeto de actos vandálicos en contra de las entidades financieras.  Foto: Pere Ferré

Una antigua sucursal de La Caixa en la calle Gasòmetre, cerrada. Oficinas como esta han sido objeto de actos vandálicos en contra de las entidades financieras. Foto: Pere Ferré

Usted se dirige al banco a sacar dinero y, de repente, encuentra los cristales empapelados, un anuncio de ‘Se alquila’ y un teléfono de contacto. Tampoco queda ya cajero. Su sucursal acaba de cerrar. En otro caso, puede alzarse en el lugar un kebab o una tienda de compraventa de oro.

Son signos de los tiempos que complican la vida al ciudadano y, de paso, cambian la fisionomía urbana. La reestructuración del sistema bancario, que ha comportado la fusión o absorción de multitud de entidades, ha derivado en despidos masivos y en una reducción drástica de la red de oficinas. El ajuste aún no ha terminado. El Banc Sabadell anunció a finales de diciembre que cerrará 250 oficinas durante este 2017, un 12% del total de su red.

La experiencia de toparse con las puertas cerradas prolifera por todas las ciudades. Ahora le pasará al cliente de CatalunyaBanc, que ha visto bajar la persiana de la oficina en President Companys o Ramón y Cajal. El estallido de la burbuja inmobiliaria y la crisis hizo estallar un sector que, para muchos, también estaba sobredimensionado, el de las cajas de ahorro y los bancos.

En 2008 se tocó techo

El número de oficinas en Tarragona tocó techo en septiembre de 2008, justo cuando la burbuja financiera estaba a punto de explotar: ese mismo mes quebró el banco Lehman Brothers, en lo que se considera el pistoletazo de salida a la crisis. Por entonces, había 837 bancos en las comarcas tarraconenses. Ahora, en plena reordenación, quedan solo 456.

Por lo tanto, en este tiempo la provincia ha perdido 381 sucursales, un 45% del total. Sólo en el último año y medio se han añadido a esa lista de ‘cadáveres’ financieros 67 locales en el Camp de Tarragona y las Terres de l’Ebre. Hay que retroceder a 1982 para ver una cifra tan reducida. Por entonces, existían 451, según los registros del Idescat.

Algunas voces son críticas y denuncian el perjuicio que estos proceso causan en el ciudadano, como indica el tortosino Àlex Daudén, coordinador de Adicae (Asociación de usuarios de bancos y Cajas de Catalunya): «Nos encontramos con un incremento del precio de los servicios, sobre todo en el ámbito de las comisiones. El mercado queda en manos de unos pocos y ellos establecen sus reglas de juego».

¿Caja Granada en Tarragona?

Rafael Muñoz, economista del gabinete de estudios de la Cepta, diagnostica la situación:«Llegó un momento en el que había un exceso de oficinas, sobre todo en la época del ‘boom’ inmobiliario, entre 2002 y 2006. No olvidemos que aquella expansión y burbuja de la que venimos formaba parte de su negocio. Se produjo el ‘boom’ de las cajas, con la paradoja de que aparecieron en Tarragona nombres como Caja Duero, Caja Astur o Caja Granada. Al final, a la espera de lo que suceda con el Banc Sabadell y Popular, van a quedar tres grandes grupos: CaixaBanc, Santander y BBVA».

Muñoz cree que «vamos hacia otro modelo en el que la gestión se traslada al propio cliente, que deja de llamarse así para ser un usuario». Este analista da la voz de alarma ante la amenaza de la exclusión financiera: «Aquellas personas que sean analfabetos digitales o informáticos o que no tengan internet en casa serán excluidos financieros. El maltrato al cliente es brutal» .

¿Qué ha llevado a las entidades a operar así?. Muñoz ofrece algunas de las claves: «Hablamos de un nuevo modelo de banca en el que no existe rentabilidad en los productros financieros y hay que buscarla eliminando a los empleados mayores de 55 años que llevaban mucho tiempo y tenían convenios de otra época y sustituyéndolos por mileuristas».

Desde la Cepta, Muñoz señala como principales inconvenientes una despersonalización creciente y la mayor facilidad para aumentar las comisiones ante la escasez de competencia. Pone un ejemplo personal: «Fui a ingresar un talón, estuve haciendo cola y, después de esperar, me dijeron que lo ingresara por el cajero. Pero de esa manera me cobraban cinco euros». A eso se añade la falta de oficinas en algunos municipios del interior. «Lo que antes llamábamos servicios financieros ahora son negocios».

Todos estos casos sirven como ejemplo para lo que, según fuentes del sector, está por venir no tanto a largo plazo, sino en los próximos meses. El proceso no ha terminado. Los ajustes laborales son la tónica habitual –junto al cierre de oficinas– cuando se lleva a cabo algún proceso de fusión bancaria por el solapamiento de las estructuras previas, por la duplicidad de puestos similares y por la necesidad de reducir drásticamente los costes en un contexto donde la operativa digital sigue sustituyendo la antigua actividad comercial bancaria. «Hay sectores de la población ajenos a estas tecnologías que se están quedando fuera», denuncia Àlex Daudén desde Adicae.

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