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"Trump está dando oxígeno a ISIS"

Entrevista a Andreu Claret , escritor y periodista

Josep Ramon Correal

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Andreu Claret estuvo esta semana en Tarragona para presentar su última novela, ´Venjança´. FOTO: PERE FERRÉ

Andreu Claret estuvo esta semana en Tarragona para presentar su última novela, ´Venjança´. FOTO: PERE FERRÉ

Andreu Claret Serra nació en Acs, Francia (1946) en una familia de republicanos exiliados. Comenzó en el periodismo en Cambio 16. Ha sido delegado de la Agencia EFE en África y América Central. Tras El secret del brigadista sobre ‘Els Fets de la Fatarella’, publica su segunda novela, Venjança. (Columna).

-Hágame el tráiler de Venjança para situar al lector. - Empieza con una mujer, Aileen O’Neill, que ha huido de su país tras sufrir una agresión física del marido. Para buscar la paz escoge Alejandría, lejos de su Milwaukee natal, pero el asesinato de un amigo suyo anticuario le impide seguir escribiendo la novela en la que estaba metida y le lleva a buscar la verdad sobre lo ocurrido. Me fascinó la idea de un thriller protagonizado por una mujer corriente, que no es ni policía ni detective y que resuelve el enigma con inteligencia, sentido común, y capacidad para entender la complejidad de los demás personajes.

- Su primera novela, El secret del brigadista , estaba basada en hechos reales ( els Fets de Fatarella , nuevamente de actualidad). En cambio, Venjança es producto de la «imaginación pura». ¿Por qué decide un cambio tan radical de creatividad literaria? - Yo no quería tener la historia como corsé, sino como trasfondo. En El secreto , la batalla del Ebro y de la Fatarella eran los verdaderos protagonistas de la novela. En Venjança, los encargados de seducir al lector son los personajes, empezando por la Aileen. La novela histórica tienen mucho predicamento, pero las que más me fascinan a mi son las que usted califica de ‘pura ficción’.

- Lo único real de Venjança es Alejandría, ciudad en la que residió durante siete años como director de la Fundación Anna Lindh. ¿Es así? - Si, junto a otros escenarios egipcios, como el Oasis de Siwa, el monasterio de Santa Catalina del Sinaí y alguna incursión hasta Jerusalén, Nápoles, Florencia, Roma e incluso Cracovia que es la Roma eslava. Pero Alejandría es el epicentro. La de hoy y la de ayer. He buscado el contraste entre una ciudad que hoy esta sumida en uno de los mayores desastres urbanísticos y sociales que conozco y que fue decisiva para el mundo helénico y para nuestra civilización. En tiempos de los tolomeos, fue algo así como un cluster de científicos y filósofos y también fue la cuna del primer cristianismo. Y siguió siendo muy importante durante la edad media para el comercio entre Oriente y Occidente. Los catalanes abrimos allí un consolat de mar en 1292!

- El personaje es una mujer, Aileen O’Neill, y la narración de la novela es en primera persona. ¿Cómo consigue incardinarse en la mentalidad femenina? - Esto ha supuesto el mayor reto y, al mismo tiempo, una gran oportunidad. En cuanto opté por una mujer, después de haberlo intentado con un hombre, todo fue más fácil. La Aileen cobró vida propia hasta el extremo de llevarme a modificar sustancialmente el guión inicial. Una mujer supone una mirada distinta de la de un hombre y una manera diferente de actuar. Fue un desafío, pero ella me ayudó a resolverlo…

- La novela tiene un escenario, Oriente Medio. ¿Es aquí donde aparece su condición de periodista para describir los desastres de la guerra? - No sólo los de la guerra sino los de una historia maldita, hecha de ocupación y de opresión y de incapacidad para integrarse en el mundo de hoy. Me he centrado en Egipto porque en ninguna otra parte es tan dramático el choque entre lo que este país podría ser, con su historia milenaria y su riqueza, y lo que es. Una catástrofe que los egipcios soñaron en superar hace seis años, cuando echaron a Mubarak en un movimiento popular extraordinario que ha terminado como el rosario de la aurora. Con un régimen aún más inútil y más autoritario.

- Ha comentado en alguna ocasión, al referirse al trasfondo de su novela, que religión y política van siempre ligados. ¿Realmente todavía es así hoy en día? ¿También en los países occidentales? - Desde Catalunya, que es hoy una de las sociedades más laicas de Europa, nos cuesta entender la importancia que tiene la religión. En el Próximo Oriente no es así. Para nadie, tanto musulmanes como cristianos. Allí entendí que la mayoría de la gente necesita creer en algo. No hablo necesariamente de una religión codificada y aún menos de una iglesia, sino de alguna forma de espiritualidad. Y esta necesidad ha sido utilizada por los políticos de todos lo pelajes para construir un relato dominador. Ocurrió con los cristianos, en la Alejandría de Hipátia, y ocurre hoy con quienes pretenden hacer creer que el islam es la solución a los problemas políticos y sociales tremendos que tienen estos país.

- ¿Cómo debería combatir Occidente la amenaza permanente de Estado Islámico? - Separando los churros de las merinas. La religión, del terrorismo. Siendo implacables y más eficaces, desde el punto de vista policial, y tolerantes desde el punto de vista de las ideas, siempre que sean compatibles con nuestros valores. Puede que la demagogia dé algunos votos, pero complicará la lucha contra el Estado Islámico y otras formas de fundamentalismo. Sólo facilitando el lugar del islam en nuestras sociedades podremos ganar esta batalla.

- Como gran conocedor de Oriente Medio y del mundo árabe, ¿cómo cree que afectará la presidencia de Donald Trump al futuro político de la región? - Por el momento, pinta muy mal. Con medidas atolondradas, ineficaces e injustas como las que ha anunciado no se combate al Estado Islámico, sino todo lo contrario. Se le da oxígeno, justo cuando pasaba por su peor momento. Más allá de los problemas con México, el anuncio de la construcción de un muro como una de las primeras medidas de su presidencia constituye una declaración de principios. Por cierto, hablando de muros, si Trump traslada la embajada de Estados Unidos en Israel de Tel Aviv, donde estan todas, a Jerusalén, esta medida puede incendiar el corazón de millones de árabes.

- Permítame regresar a su primera novela porque la Fatarella ha sido noticia los últimos días como un ejercicio de reconciliación histórica. ¿Cree que se ha superado por fin la herida que los Fets supusieron para la población? - El homenaje que se hizo hace unos días fue un primer paso, positivo. Ya era hora! Para recuperar plenamente a memoria histórica, no basta con investigar los crímenes de Franco durante la guerra y después. También hay que asumir las exacciones que cometieron fuerzas que estaban del lado de la República. Y esto es particularmente importante en las Terres de l’Ebre, donde muchos religiosos y religiosas fueron asesinados de manera inmisericorde.

- El delegado que el president Companys envió a la Fatarella para reestablecer el orden fue Andreu Claret Casadesús, su padre. ¿Tiene algún recuerdo personal sobre lo que narrara su padre sobre el trágico episodio? - Muchos porque poco antes de morir me habló mucho de aquel episodio, uno de los que más le marcó. Cuando llegó al pueblo, la gente estaba tan traumatizada por la muerte brutal de los campesinos a manos de la FAI que no salía de sus casas. Desconfiaban en la Generalitat que no había sabido o podido impedir lo ocurrido. Y cuando mi padre se plantó en la plaza del pueblo para echar un primer discurso y ofrecerse para restablecer la concordia, nadie acudió. Pero él no se desanimó y empezó hablándole a un árbol que había en la plaza, hasta que poco a poco la gente fue saliendo de sus casas… De todos modos, no pudo hacer gran cosas porque al poco tiempo llegaron las tropas de Franco…

- Salvando las distancias y con todas las prevenciones necesarias, ¿cree que Catalunya vuelve a estar situada en una profunda división interna de malos presagios? - Creo que hacer comparaciones con los años treinta no sirve de mucho y, además, podría ser un mal augurio. Las condiciones sociales y políticas son muy distintas, con lo que hay muchas posibilidades de mediación que entonces no existían. A condición que la palabra diálogo tenga un contenido real, claro está.

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