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Trump pone rumbo a Washington

Un tercio del Senado también irá a las urnas en noviembre y los senadores republicanos temen la excentricidad del magnate

Redacción/Agencias

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El precandidato presidencial republicano, Donald Trump, en un acto de campaña. Foto: Efe

El precandidato presidencial republicano, Donald Trump, en un acto de campaña. Foto: Efe

Horas después de que los votantes de Indiana sentenciaran la competición republicana, los asesores de Donald Trump llamaron a la oficina del portavoz del Congreso Paul Ryan para proponerle una entrevista cara a cara. Ahora que ya no le quedan rivales por batir, su siguiente misión es unificar al partido del que se ha apoderado para cumplir su sueño presidencial. Para eso necesita el apoyo del líder republicano de más alto rango, al que la noticia de que su formación ya tiene presunto nominado cogió por sorpresa. Ryan, que presidirá la convención del partido en Cleveland, hacía planes para poner orden entre los partidarios de Cruz y Trump, no para entregarle su ejército de legisladores.

Su reacción llegó a la Torre Trump por televisión. «No estoy preparado para apoyar a Trump», dijo Ryan en entrevista con CNN. Los asesores del magnate no daban crédito. Su primera reacción fue pensar que a Ryan no le había llegado el mensaje a tiempo, pero su oficina les confirmó que estaba al corriente. «Me he quedado muy, muy sorprendido», reconoció el millonario en una de las muchas entrevistas que concede estos días. Así que contraatacó en un comunicado con el mismo estilo de tipo duro que anticipa tener en la Casa Blanca: «No estoy listo para apoyar la agenda del portavoz Ryan», le parafraseó. «A lo mejor en el futuro podremos llegar a un acuerdo sobre lo que es mejor para el pueblo estadounidense. ¡Lo han tratado tan mal durante tanto tiempo que es hora de que los políticos lo pongan por delante!». Ahora fue Ryan el que se quedó sin palabras.

Tal como ha anticipado que ocurrirá con México, China y otros países a los que pretende poner contra la pared, el portavoz del Congreso cedió y le invitó a reunirse con él el jueves en su oficina del Capitolio. Allí le esperan también los legisladores a los que Trump pretende meter en cintura. La Cámara Baja y un tercio del Senado tendrán que ir a las urnas con él en noviembre, y esa es la principal preocupación de Ryan, cuyo trabajo es mantener la mayoría republicana para seguir dictando la agenda de gobierno.

Desde las elecciones legislativas de 2014 el Partido Republicano cuenta con una holgada mayoría de 58 diputados sobre el partido de Obama, que ha experimentado de primera mano la frustración de gobernar durante dos años sin el apoyo de ninguna cámara. El statu quo de repartir el poder entre republicanos y demócratas ha resultado en la inmobilidad de gobierno y el exceso de órdenes ejecutivas por parte del presidente para salvar el obstruccionismo del Congreso. Hasta que Donald Trump se convirtió en un factor de peso nadie esperaba que los demócratas pudieran recuperar el poder legislativo, pero ahora que los anti-Trump tienen un buen motivo para acudir a las urnas y muchos republicanos para quedarse en casa, el panorama electoral ha cambiado.

Agenda bloqueada

Según la última estimación del informe independiente que hace Cook Political Report, las nuevas elecciones pueden segar a la mitad la mayoría republicana. Ryan lo tendría mucho más difícil para aprobar presupuestos, controlar la deuda y aprobar legislaciones clave para su agenda conservadora, que no necesariamente coincide con la de Trump. Su preocupación es evidente.

Por contra, el líder demócrata en el Senado Harry Reid esbozaba ese mismo día una sonrisa. Su formación sólo necesita cuatro asientos para recuperar el control de la Cámara Alta (cinco si pierde la Casa Blanca). Algo que parecía difícil, tras ocho años de desgaste con Barack Obama en la presidencia, pero que se ha vuelto plausible ante la victoria de Trump. Reid había puesto los ojos en seis asientos republicanos que considera «vulnerables», pero el jueves añadió tres más a la lista: Arizona, Missouri e Iowa.

En este último la popularidad del presidente del Comité Judicial del Senado Chuck Grassley ha caído 20 puntos en un mes por negarse a conceder una audiencia al juez Merrick Garland, que Obama ha nominado para el Tribunal Supremo.

El laboratorio hispano

En el primero, el senador John McCain, que lleva casi 30 años en el cargo, ha confesado a sus donantes que esta será «la batalla de su vida». Con un 30% de electorado hispano, nadie espera que estar en el mismo equipo que Trump le favorezca. McCain es un soldado, alguien que tendrá que hilar muy fino para mantener su lealtad al nominado del partido sin ofender al electorado de origen mexicano que el magnate llama «criminales, traficantes y violadores».

Al igual que en Florida, donde el senador Marco Rubio había renunciado a renovar su asiento, convencido de que tenía una buena oportunidad de ser el primer presidente hispano de EE UU. El propio Reid, que ha anunciado su decisión de no presentarse a la reelección, dejaba tras de sí un asiento vulnerable en Nevada, donde ahora el sentimiento anti-Trump facilitará la victoria a su sucesor, ya que el 17% del electorado es de origen hispano. «Creo que estas elecciones pueden ser una debacle para los republicanos, pero no voy a dar nada por hecho», dijo Reid. «Voy a hacer todo lo que pueda para asegurarme de que recuperamos la mayoría». El laboratorio hispano serán las primarias de California, donde el resentimiento hacia el magnate neoyorquino y su muro ha disparado el número de ciudadanos que se registran para votar. La congresista Loretta Sanchez pondrá a prueba su fuerza el próximo 7 de junio, cuando las primarias del partido demuestren si es capaz de tirar de su origen para convertirse en la primera senadora hispana de EE UU. El 28% del electorado en ese Estado se considera hispano.

Discurso machista

Según una encuesta de Gallup, el 77% de los hispanos de EE UU tiene una opinión desfavorable sobre Trump, en comparación al 12% que lo apoya. El magnate también ha ofendido a las mujeres con comentarios sexistas que las relegan a objetos sexuales, su política de «castigar» a las que aborten y su rechazo a cambiar pañales, que es «cosa de mujeres». Según la misma encuesta de Gallup, el 70% comparte el desagrado de los hispanos por el millonario de tabloides, que desprecia a las que no tienen una cara bonita o un cuerpo de modelo.

Están, además, los tres millones de musulmanes que viven en EE UU, los afroamericanos que temen a las figuras del Ku Klux Klan con las que se ha asociado y todos los que en un momento u otro se han sentido insultados por el grosero candidato que se ha abierto paso explotando odios y resentimientos. Los demócratas no han dejado dudas de que cabalgaran a espaldas de Trump, asociándole a cada uno de los rivales a batir. En las horas que siguieron a su inesperada consolidación como candidato presidencial, numerosos aspirantes demócratas utilizaron con éxito su nombre para recaudar fondos. «Esto da mucho miedo», dijo a sus seguidores Ann Kirkpatrick, la mujer que intenta quitarle el asiento a McCain.

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