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Una vendimia excepcional

Por primera vez los vinos catalanes lideran el mercado, con una cuota de casi el 34%, 3,8 puntos porcentuales más

Núria Riu

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José Luis Ruiz y Damià del Castillo, en la sala de barricas de la bodega Marco Abella, en Porrera. Foto: Alba Mariné

José Luis Ruiz y Damià del Castillo, en la sala de barricas de la bodega Marco Abella, en Porrera. Foto: Alba Mariné

Cuando la campaña de la vendimia entra en la recta final, el sector coincide en que la cosecha de este 2015 es excepcional. El intenso calor del verano, junto con la bajada de las temperaturas durante las noches de septiembre han conseguido un nivel de maduración que hacen que «la situación sea inmejorable», según el presidente de la DO Tarragona, Josep Lluís Grogués.

La ligera caída de la cantidad quedará eclipsada por una calidad que ha desplazado a los vinos de perfil bajo. Un fenómeno que se ha acentuado a partir de 2012 y en el que el intenso trabajo de las denominaciones de origen ha sido determinante. Las bodegas han salido a vender sus productos. Y si le sumamos que la popularización de las ferias del vino, los bodegueros han conseguido llegar a un consumidor medio, que, sin ser un gurú del vino, se le ha despertado el paladar.

Un cambio que ha conseguido que los caldos catalanes sean por primera vez profetas en su tierra. Estos prácticamente representan el 34% de la cuota de mercado nacional, según el último estudio de Nielsen, con datos hasta el noviembre de 2014. Una tasa que supone un incremento de 3,8 puntos porcentuales respecto al mismo periodo del año anterior. Estas cifras demuestran una tendencia alcista en los últimos cinco años, pasando de un valor del 27,8% al 33,7%.

Es la victoria de una intensa batalla contra la ‘riojitis’, que empezó haciéndose un hueco en las cartas de los restaurantes y que ahora ha llegado al consumidor final. Y esto ha dado músculo a un sector que ha entendido que estar en el mercado pasa por la excelencia y la diferenciación.

Si en los últimos años ha habido un cambio sustancioso, sin lugar a dudas, éste se ha producido en la Terra Alta. La apuesta por la garnatxa blanca ha generado que «pequeñas bodegas empiecen a trabajar con esta variedad local, con el objetivo de dar notoriedad al producto». Así lo reconoce el presidente de la DO Terra Alta, Joan Arrufí, quien pone en relieve que de los 40 millones de kilos de uva que recogerá esta comarca, un 33% corresponden a esta variedad. «Estamos detrás de una tercera parte de la producción mundial de garnatxa blanca, una variedad que debe ser punta de lanza para dar a conocer este territorio», argumenta Arrufí.

Cuarenta de las 52 bodegas inscritas en la DO Terra Alta ya son embotelladoras, una cifra que también ha ido variado en el caso de la DO Tarragona. En este caso, su presidente describe que la estrategia pasa por «diferenciarnos a partir de un producto kilómetro cero». «Desde la Ribera d’Ebre al Alt Camp tenemos un terroir muy diverso, por lo que la apuesta pasa por vinos jóvenes, frescos, aromáticos y esencia mediterránea», asegura Grogués quien añade que «poco a poco estamos consiguiendo hacernos un hueco».

El reconocimiento internacional

«2015 será un año de libro. Está siendo la mejor cosecha en muchos años». Son palabras de José Luis Rodríguez, enólogo de Marco Abella, en Porrera. Entre diez y quince personas participan en la vendimia, otros cinco realizan su trabajo desde la bodega, una plantilla que cuadriplica los trabajadores de una sociedad que hacía su primera cosecha hace once años.

La trayectoria de Marco Abella es la de muchos de los proyectos que se iniciaron en la comarca del Priorat a principios del nuevo milenio. Olivia Bayés y David Marco, que vivían en Barcelona, decidieron recuperar las tierras que la familia Marco tenía en este territorio y en las que cultivaba uva.

David pasaba los tres meses de verano en el pueblo, así un ingeniero de telecomunicaciones y una abogada se entregaron a unas fincas de las que surgió, como prueba piloto, el Clos Abella. Un año más tarde se construyó la bodega que, con su nombre, rinde homenaje al abuelo.

Precisamente el Clos Abella ha conquistado al mercado internacional. Durante el año pasado obtuvo 97 puntos sobre 100 en la Wine in China Magazine, siendo de esta forma el mejor vino del mundo.

Los vinos de Marco Abella llegan a una quincena de países, siendo China (20%) y Estados Unidos (20%) los principales importadores. Aunque la empresa quiere diversificar. «No podemos depender solo de uno de estos países, Europa es muy importante porque está lleno de muchos pequeños grandes compradores», describe Damià delCastillo, segundo enólogo.

Con todo, el mercado internacional representa entre el 60 y el 70% de las ventas de una compañía que embotella alrededor de 60.000 botellas, y que el año pasado cerró con una facturación de 550.000 euros.

Para esta firma, el reconocimiento de la marca Priorat a nivel internacional ha facilitado el proceso de exportación. «Nos ayuda el prestigio», asegura Ruiz. Y ahora el objetivo pasa por ganarse al mercado local.

Para el enólogo la clave está en «ofrecer un buen producto y una buena relación calidad precio». Y esta apuesta por seguir evolucionando el producto final pasa por marcar un perfil propio dentro de la DOQ Priorat. «Porrera tiene un clima particular que queremos plasmar en los vinos. Hace más fresco, porque los viñedos están a más altura, mientras que la influencia del Mediterráneo aporta humedad, lo que hace que los vinos sean más finos», describe Ruiz. Un terroir característico que marcará el perfil del Roca Roja y El Perer, dos nuevas referencias que se sumarán a las cuatro existentes.

De productores a comercializadores

El intenso calor de este verano ha avanzado una vendimia que Sara Batalla y Gerard Galofré la etiquetarán como especial. Los mejores racimos serán utilizados para las botellas de Estol Verd, una marca que a partir de mayo saldrá al mercado después de que el año pasado impulsaran su propio proyecto.

Batalla y Galofré inician la jornada temprano. Ayudados por media docena de temporeros recogen unas uvas que, antes de las diez de la mañana ya llegan a la bodega. Allí separan el raspón y se prensa manualmente. El proceso se hace íntegramente de forma artesanal. Es el carácter distintivo que quieren imprimir en las siete variedades de vino que se distinguirá en el mercado por su nombre a partir de monosílabos y onomatopeyas.

Estol Verd se encuentra en el garaje de Cal Joan Rosset, una vivienda en medio de Rodonyà. Las dimensiones del espacio permiten hacerse una idea de lo que quiere ser este proyecto. El año pasado embotellaron alrededor de 3.000 unidades. Para este año la cifra será bastante similar, aunque el objetivo es «ir a más y poder incrementar la producción hasta llegar a las 20.000 botellas», describe Gerard Galofré.

El proyecto sale a la luz impulsado por una pareja de tradición agraria. Gestionan alrededor de 50 hectáreas de viñedo en Rodonyà y Les Pobles, un fruto que hasta el momento vendían a terceros, desentendiéndose del producto final. Fue en 2013 cuando decidieron que, lo que hasta el momento había sido un hobby, debía convertirse en algo más. «Recoges la uva y ni siquiera saber el precio que te pagarán. La sensación no es de estar vendiendo sino de que te están comprando», describe Galofré. Mientras que «ahora estás valorando tu propio producto, por lo que la sensación es brutal», afirma su mujer. Una de las primera decisiones que tomaron fue iniciar el proceso de conversión de las fincas a ecológicas, un proceso que implica un periodo para que la tierra quede limpia de productos químicos. Esto se verá reflejado en la cosecha de 2017.

Entre las variedades que entrarán está el sumoi, que plantado en una viña de hace 70 años, han recuperado esta temporada para elaborar un rosado. Éste se etiquetará con el distintivo de la Denominació d’Origen Tarragona, pero los viñedos de Estol Verd están en zona fronteriza entre dos denominaciones de origen, por lo que el vino de Les Pobles, al quedar fuera del ámbito de influencia, no tendrá este distintivo de procedencia.

Una pequeña producción

La limitada elaboración tan solo representa un 5% de los cerca de 500.000 kilos de uva que recogerán. «El objetivo es la calidad», describe Batalla.

De cara a la comercialización quieren enfocar su producto hacia el cliente de proximidad. Un consumidor que cada vez se encuentra con más referencias de vinos naturales. «No tenemos pensado llegar a un cliente fijo, por lo que creemos que el hecho de que haya tantas variedades es positivo. Para nosotros esta forma de elaboración tan artesanal es una singularidad que hará que cada año el producto final sea diferente», describe Galofré.

Estol Verd empieza su andadura tras una inversión de 15.000 euros.

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