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11 de septiembre. Veinte años después

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha dicho como motivo de su fracaso: «Ninguna nación ha unificado nunca Afganistán. Ninguna nación. Hay Imperios que han ido allí y no lo han conseguido»

MARTÍN GARRIDO MELERO

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MARTÍN GARRIDO MELERO

MARTÍN GARRIDO MELERO

Esta historia podrá ser binaria. Bien o Mal. Comunistas o capitalistas. Sunitas o chiítas. Progresistas o tradicionalistas. Islamistas o laicos. Matar o vivir. Democracia o totalitarismo. Sí o no. Lo binario no admite matices y aquí son necesarios. Así que mi historia irá de aviones.

1. USA. Destino Torres Gemelas

El 11 de septiembre del 2001 un primer avión se dirigió intencionalmente contra una de las dos Torres Gemelas en el centro del corazón financiero de Nueva York. Luego vendría un segundo y alguno más contra otros objetivos simbólicos del Estado más poderoso del mundo. Los que presenciamos por televisión las imágenes nunca las ol-vidaremos porque todos pensamos por un momento que era un montaje, y al mismo tiempo, que era una realidad que superaba todo lo imaginado.

Miedo e incomprensión fue la consecuencia. Miedo porque éramos conscientes del poder letal del terrorismo que podía atentar contra el propio centro del Poder. Incomprensión, porque, como luego se averiguó, los que condujeron los aviones no eran unos muertos de hambre, sino personas que habían vivido y habían recibido una educación en los valores del Occidente. La incomprensión genera a su vez un miedo atroz al Otro desconocido que vive junto a ti.

Estados Unidos invadió Afganistán como represalia. Los talibanes, que gobernaban gran parte del país, se convirtieron en el Mal, a pesar de que con anterioridad USA había mantenido con respecto a ellos una política de tolerancia y habían compartido intereses comunes.

Hace escasos día el nuevo Presidente americano Biden ha declarado: «Es la hora de terminar la guerra más larga de Estados Unidos». Y ha añadido para que no haya dudas de que estamos ante un fracaso: que no se puede «mandar a otra generación a la guerra de Afganistán sin expectativas razonables de lograr un resultado diferente». Los comentaristas internacionales tampoco han dudado que estamos ante una derrota. El 8 de julio de este año, el periodista Bassets escribió: «El último que apague la luz. Si para Estados Unidos es la última derrota de su última guerra Imperial, para los europeos es una catástrofe en sordina».

En los acuerdos de Doha, amparados por la comunidad internacional, estaba prevista la retirada de las fuerzas internacionales de Afganistán el 1 de mayo de este año. El presidente americano ha asegurado que no pasarán de la fecha fatídica del 11 de septiembre, e incluso, que se irán antes de que termine el próximo mes, excepto un pequeño contingente para evitar que les vuelen su Embajada en Kabul. Hace pocos días se fueron por la noche y sin despedirse de la base más importante del país (Bagram), una base que había sido visitada por tres presidentes americanos. La derrota tiene todos los rasgos del deshonor, que es la peor de las derrotas.

Un mapa de las posiciones actuales de las fuerzas (talibanes y del Gobierno) publicada el 24 de junio de este año por el Long War Journal otorga a los talibanes el dominio sobre una gran mayoría de distritos del país. Sólo las ciudades importantes parecen de momento a salvo. La situación empieza a ser muy parecida a la que llevó a los talibanes al poder a finales del siglo pasado. Parece que no hubieran pasado veinte años.

2. RUSIA Y ASIA CENTRAL. Vuelo Moscú-Osh

El Gran Juego, que es como se denominó en el siglo XIX el conflicto entre Rusia e Inglaterra por el dominio del Turquestán y de Afganistán, no ha terminado. Rusia es uno de los interlocutores básicos en el conflicto. Por otra parte, no se puede entender la situación de Afganistán sin entender mínimamente los conflictos en Asia Central.

El vuelo nocturno de Moscú a Osh atraviesa al amanecer el Valle de Ferganá en una vista espectacular. Osh (la segunda ciudad de Kirguistán) se encuentra en un extremo. En su día, Lake, consejero de seguridad de Clinton, consideraba que había en el mundo tres lugares con mayor riesgo de conflicto: uno de ellos era el Valle de Ferganá.

Stalin, con objeto de debilitar los movimientos internos, dividió Asia Central (Turquestán) en varios Estados y segregó el Valle en tres países (Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán). Los Estados emergentes estaban integrados por varias etnias con problemas de entendimientos entre ellas que provocaron conflictos sociales, como los sucesos sangrientos de Osh a finales del siglo pasado.

Zoran Nicolic acaba de publicar un curioso libro (Atlas de fronteras insólitas) en el que describe ocho enclaves (territorios soberanos dentro de otro territorio soberano) en el Valle de Ferganá. Subdivisión de división. El autor reconoce que la situación «es muy confusa», «las negociaciones podrían resultar en nuevos encaves y fronteras».

La división y subdivisión, hasta llegar a los enclaves, es algo innato a Afganistán. Tras la retirada soviética y la caída de la URSS Afganistán se desintegró en varios territorios dominados por los ‘señores de la guerra’: en cierta manera los talibanes consiguieron luchar contra ellos y unificar el país. El Presidente Biden ha dicho como motivo de su fracaso: «Ninguna nación ha unificado nunca Afganistán. Ninguna nación. Hay Imperios que han ido allí y no lo han conseguido».

Hay en Osh una montaña (el Trono de Salamón). En lo alto hay una pequeña casita conocida con el nombre de ‘Casa de Babur’, el fundador de la dinastía de los mogoles en la India. La subida al amanecer es muy agradable. Babur nació en el Valle de Ferganá, pero nunca volvió a estas tierras que consideraba como las más próximas al Paraíso. Quiso (y lo consiguió) ser enterrado en Kabul. Le acompañaremos en su destierro.

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