Marcados por el odio
Me niego a escribir sobre las pasadas elecciones. Porque, entre otras cosas ahora resulta que la zancadilla a Xavier Trias en Barcelona le rebota a los socialistas en plena cara. Hablaré de una derivada de todo el hartón político que nos envuelve.
«Soy catalán. Nadie es perfecto», respondo cuando me preguntan fuera de Catalunya. Y mis interlocutores suelen quedar perplejos. Otros ríen. Muchos piensan que, como no hay nada mejor en este mundo que España, pues considerar que mi origen catalán tiene sus imperfecciones es un anatema. Porque Catalunya «es de España».
En España, como en todas partes, hay buena gente, buenos médicos, buenos jueces, buenos panaderos y buenos de todo. Pero de ahí a ser los mejores del mundo... Una publicidad televisiva dice que «España es el país más rico del mundo», mientras hay un libro se titula con ironía «¿A qué quieres que te gane? ¡Soy español!». Y en Catalunya, más o menos igual, aunque creo que aquí somos más autocríticos y, en consecuencia, más modestos.
Otra cosa es que respiro odio contra Catalunya fuera de nuestras tierras. Es generalizado. Un partido político llegó a pedir por las calles millones de firmas contra un Estatut que fue recortado tres veces con capítulos prohibidos que luego adoptaron sin problemas Valencia y Andalucía.
Los psiquiatras dicen que «el odio es el resultado, entre otras cosas, de una frustración» y añaden que “»uele ser reconocimiento de impericia o una inferioridad». La RAE comenta serenamente que el «odio genera rechazo y deseo de daño o desgracia». Les ha faltado añadir que también suele ser fruto, en esa frustración, de la envidia. ¿Lo saben eso los que odian? ¿Y lo aceptan?
A un film de Robert Wise se le puso por título Marcado por el odio –en castellano- y en él Paul Newman interpretaba a un violento boxeador surgido de reformatorios y cárceles. Toda una apología de los sentimientos bajos, la evocación de la injusticia y la envidia por llegar a ser como los odiados. La envidia y el odio, de la mano, son dos de los pecados capitales de los españoles que explotaron durante la Guerra Civil y aún dominan y dividen a muchos pueblos de la península. Puerto Hurraco es su símbolo, como lo es la venganza institucional del garrote vil, retratado por Berlanga en El verdugo. A todo se acostumbra uno, era la moraleja del film, hasta a lo más execrable.
No me gusta que se odie a Catalunya, es feo. Pero no me importa y nunca trato de convencer al odiador del error en que anda, porque pienso que, al igual que quien me miente, el problema lo tiene él, ya que yo sigo tratando de ser generoso con los demás y hacer el bien sin fronteras. Pero, ¿se merece Catalunya ser odiada? ¿Qué pecado hemos cometido los catalanes para que todos los partidos políticos que no son de aquí traten de castigarla mientras le ordeñan sus votos y sus finanzas para el beneficio de otros, precisamente los que más bilis destilan? Se nos ha llamado ladrones, cuando tenemos una balanza fiscal con un déficit monstruoso que nadie quiere subsanar.
En Estados Unidos, los ricos son admirados entre otras cosas porque además de generar riqueza y progreso al país, devuelven a la sociedad buena parte de sus ganancias. En Francia son respetados. En Noruega y Suecia no hay más rico que sus reyes. En España, los ricos levantan sospechas sobre «cómo habrán robado para tener tanto dinero». Aquí, los que triunfan despiertan sospechas, aunque no hay quien no quiera ser rico y espera lograrlo a base de lotería o de meter mano en la caja o defraudar a Hacienda. ¡Menudos prendas!
Claro está que hay buena gente, con bellos sentimientos, y movimientos de solidaridad con los desafortunados, pero la cuota de odiadores es alta, demasiado. Y la gente de buena fe, eso que se ha dado en llamar despectivamente «bonifacios», no tienen mucho futuro. Parece que tienen escaso porvenir, pero los odiadores no saben que gozan de una felicidad exquisita que para sí quisieran los que nos detestan.

Marcados por el odio