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2014, un año crucial

El 23 de marzo de 2014 fallecía Adolfo Suárez y el 2 de junio el rey Juan Carlos hacía pública su abdicación
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El 23 de marzo de 2014 fallecía Adolfo Suárez y el 2 de junio el rey Juan Carlos hacía pública su abdicación. Salían así simbólicamente de escena las dos personalidades clave de la construcción de la democracia española tras la muerte del dictador Franco en noviembre de 1975, y los acontecimientos parecían querer acompañar aquella doble defección. La historia es bien conocida aunque haya ahora quien quiere revisarla: aquellos dos gigantes construyeron una prodigiosa estructura constitucional que dio cabida a todos los actores que pretendían estar presentes en la España del futuro, acogió a las nacionalidades históricas y obró el prodigio de reconciliar a los españoles. Quienes temieron una reacción violenta a la sangrienta Guerra Civil 1936-1939 vieron con asombro como el nuevo régimen se erigía sobre los hombros de todos los predecesores.

El azar hizo coincidir el eclipse de los dos estadistas con el final objetivo de la segunda recesión consecutiva, de la crisis 2008-2014, del más grave contratiempo económico que ha padecido este país también desde la Guerra Civil. Y con el alumbramiento de una profunda crisis espontánea del sistema, que se ha puesto de manifiesto mediante una gran desafección social hacia el establishment, que incluye a la clase política y a los partidos políticos, especialmente los dos que han sostenido el bipartidismo imperfecto desde los años ochenta del pasado siglo. Contra pronóstico –pese a las advertencias de la sociedad civil, que alumbró el movimiento de indignados del 15-M, que se manifestó el 15 de mayo de 2011 con gran ímpetu–, el modelo que nos había traído hasta aquí, basado en el PP y el PSOE que en las elecciones generales de 2008 consiguieron el 81,9% de los votos emitidos, había comenzado a hundirse, hasta el punto que en las elecciones europeas del pasado mayo PP y PSOE apenas alcanzaban conjuntamente el 50% de los votos. En esta ocasión, surgía Podemos, una organización vinculada al 15M estructurada por un grupo de politólogos de izquierdas, que ya conseguía una notoria representación en el Parlamento Europeo y anunciaba un cambio radical en los equilibrios políticos de este país. La corrupción rampante y creciente que hemos experimentado no ha sido ajena al arraigo de Podemos, que se ha basado en la indignación de la ciudadanía ante el degradante espectáculo.

El surgimiento de Podemos, que cuestionaba la Transición y reclamaba una nueva democracia más auténtica, ha coincidido con el proceso soberanista catalán, también una reacción –aunque de muy diferentes fondo y pelaje– contra el Estado anquilosado que no ha sido capaz de actuar con sensibilidad ante las reclamaciones catalanas, algunas muy sensatas, otras mucho más discutibles.

El año concluye con los dos grandes retos completamente abiertos: el proceso soberanista, aunque claramente venido a menos por la falta de respuesta ciudadana –el simulacro de referéndum del 9N arrojó un saldo claramente insuficiente–, seguirá enhiesto a lo largo de 2015, en que probablemente se convocarán elecciones plebiscitarias, y Podemos amenaza la hegemonía de las fuerzas tradicionales. Está en definitiva teniendo lugar un cambio de ciclo con nuevos ingredientes, tras el cual ya nada será como antes. Y de lo que suceda en los próximos meses, rumbo a las elecciones autonómicas y municipales de mayo y generales de finales de año dependerán los nuevos equilibrios y la supervivencia o revisión del statu quo.

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