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2015, año de ¿quiénes?

Los partidos se quieren lavar la cara en estos momentos preelectorales
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Se ha comenzado mal el año: blasfemando y matando en el nombre de Dios. Poco tienen que hacer las razones contra las emociones, y esos fanáticos no saben que razonar es deducir unas ideas de otras, como razón de ser es lo que justifica que algo sea como es.

El Corán se les ha atragantado, bien por «sabios» deformadores, bien porque el odio distorsiona las suras. El caso es que, como ocurre tan a menudo, han matado a los mensajeros de la libertad de expresión. ¿Puede alguien, en su sano juicio, creer que con esa cafrada van a terminar con el periodismo satírico?... ¿Qué van a terminar con los centenares de millones de occidentales que creen que la libertad está sobre el fanatismo?...

No tendremos más respuestas, sino que, de vez en cuando, otra oleada de sinrazones y asesinatos. Volvamos a este país. 2015 es el año de la revolución. Tal como suena. El hartazgo de las clases medias y trabajadoras ha llegado al punto de ebullición, tal como nos hemos cansado de advertir durante 2013 y 2014 en estas columnas.

El cinismo de algunos dirigentes continúa sin embargo escalando hasta cimas increíbles, como si la gente tragara, no ya con aspirinas, sino con ruedas de molino. No entra más.

Unos y otros partidos se quieren lavar la cara en estos momentos preelectorales. Uno, olvidando los casos judicializados de corrupción, en que, por poner un solo ejemplo, en lugar de ayudar a la Justicia, borraron los discos duros de los ordenadores que tenían posiblemente pruebas en su contra. Otros, manteniendo en su cúpula a gestores desgastados cuando no cómplices. Otros, con la más pura hipocresía, diciendo ahora lo que nunca han dicho. En fin, palabrería. Que la gente, como se está comprobando, ya no traga. Ni va a olvidar de aquí a mayo y de aquí a final de año.

Ha sido demasiado grave e inolvidable el varapalo que la clase media y la trabajadora se han llevado en estos últimos siete años, costeando sobre sus espaldas y con sus salarios los despilfarros de otros, los huecos bancarios, las jubilaciones blindadas de cuatro desalmados, la decapitación de quienes han intentado poner orden o al menos denunciar ciertas cosas. Así, como es sabido, mientras los ricos aumentaban y aumentan sus beneficios, los demás (el 90%, ojo, de la población) sigue pasando penurias cuando no miseria, y, todos, recortados sus salarios, cambiados sus contratos, disminuido el valor de sus bienes – el que los tenía – en un 30 ó 40 por ciento. Este es el año que nos viene.

Que la gente no olvide que este año puede ser, debe ser, el de la revolución democrática. El cambio esencial y comprobable de todas las estructuras de una Estado que se han descosido y el de la transparencia diáfana. Si no, esa revolución no va a ser tan pacífica como nos conviene a todos.

También «a los de arriba».

Recuerde esto: si no hay comida cuando se tiene hambre; si no hay medicamentos cuando se está enfermo; si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía aunque los ciudadanos voten y tengan un Parlamento. (Nelson Mandela lo dijo). 2015: año de la verdad.

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