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20D remix

El hastío electoral que vive la ciudadanía es justificado pero también arriesgado

Dánel Arzamendi

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Aprincipios de los años ochenta la industria musical puso de moda la reedición mecánica de antiguos éxitos, sometiéndolos a una operación de estética rutinaria. El cirujano musical habitualmente se limitaba a retocar unos parámetros perfectamente predeterminados: se extirpaba cualquier rasgo creativo de la versión genuina, se injertaba una insustancial y machacona caja de ritmos, y se rediseñaba un nuevo esquema repitiendo abusivamente los fragmentos más pegadizos. Así, en apenas unas horas, lográbamos hornear un nuevo single que volvería a llenar los bolsillos de la estrella de turno, su sello grabador, su insaciable representante y la cohorte de chupópteros que revoloteaban a su alrededor. Lo cierto es que aquellas remezclas jamás aportaban nada nuevo a la versión original, empeoraban indiscutiblemente el resultado final, disimulaban con un velo tecnológico el escaso ingenio de sus responsables, y asumían una estructura tan monótona que hastiaba incluso a los fans más irreductibles. Pese a todo, los adolescentes de la época tuvimos que soportar estoicamente la fiebre remasterizadora de las radiofórmulas durante años.

Algo parecido estamos sufriendo en la actualidad con el proceso electoral que concluirá el próximo día 26. Ningún partido ha sido capaz de aportar una sola novedad desde los comicios de diciembre, las estrategias de todos ellos han evidenciado una alarmante falta de frescura y talento, y la exposición de los mensajes ha resultado tan repetitiva y mortecina que hasta sus más incondicionales simpatizantes han acabado bostezando. Por si fuera poco, tenemos la seguridad demoscópica de que el nuevo gobierno requerirá la colaboración activa o pasiva de tres o más formaciones políticas, el obstáculo presuntamente insalvable que nos ha abocado a esta insufrible campaña de la marmota. ¿Todo este festival para volver al punto de partida? Parece que sí.

La victoria del PP parece garantizada, gracias a su pétreo suelo electoral alimentado en las zonas rurales y la tercera edad. Dudo que sus resultados fueran diferentes si presentasen como candidata a Carmen de Mairena, pues la experiencia demuestra que la derecha sociológica vota mecánicamente al partido fundado por Manuel Fraga, con independencia de los casos de corrupción política, mentira sistemática o torpeza gestora. Si esta semana la policía descubriese en el sótano de Génova dieciocho contenedores repletos de billetes pequeños y sin marcar, apuesto a que el PP volvería a obtener varios millones de votos. Sin embargo, este aparente éxito popular es sólo un espejismo derivado de la actual atomización electoral, pues más de un 70% de los ciudadanos quiere desahuciar a Rajoy de la Moncloa. Aunque la noche del próximo domingo cientos de borjamaris volverán a agitar sus banderitas frente a Génova (¡presidente, presidente!) es probable que esta nueva victoria pírrica marque el final de la carrera política personal de Mariano Rajoy.

El PSOE lo tiene aún más crudo. El clima político se ha tensado de tal manera que sólo los extremos consiguen salvar los muebles. Los socialistas continúan desangrándose de forma imparable y probablemente obtengan los resultados más pobres de su historia. Ni seducen a los más pragmáticos (su cúpula dirigente carece de peso específico) ni convencen a los más combativos (el izquierdismo soft ha perdido la batalla contra al populismo coletero). Si el líder del PP comienza a entrever la afilada espada de Damocles que pende sobre su cabeza, Pedro Sánchez observa inquieto la cesta donde acabará la suya cuando caiga la hoja de la guillotina. No tiene la experiencia y el poder de Rajoy, ni la brillantez y el ingenio de Iglesias, ni la energía y la frescura de Rivera. Si se cumplen los pronósticos electorales, la presidenta andaluza será la presumible beneficiaria de la enésima defenestración socialista, un horizonte que sin duda terminará consolidando al menguante PSOE como un triste y pequeño partido regional del sur español.

En tercer lugar, la coalición de Podemos e IU permitirá a su líder asaltar el bastión de la izquierda institucional, un coto privado eficazmente defendido por los socialistas desde la Transición. Sin duda, el éxito de Pablo Iglesias el Joven será la gran noticia de la noche, pues por primera vez una candidatura progresista obtendrá más votos (incluso más escaños) que el centenario partido fundado por Pablo Iglesias el Viejo. Aunque es cierto que la marea morada se apoya en un heterogéneo magma ideológico de difícil conjugación (comunismo, peronismo, ecologismo, bolivarianismo, asamblearismo, confederalismo…) su éxito electoral tendrá como colofón la imposibilidad de alcanzar el gobierno. Efectivamente, su eventual llegada a la Moncloa habría reventado el proyecto por sus numerosas y evidentes contradicciones internas, pero los socialistas jamás harán presidente al candidato podemita, lo que convertirá a Pablo Iglesias en el líder indiscutible de la izquierda española del próximo lustro.

Por último, Ciudadanos confirmará su candidatura como partido menor pero imprescindible en el marco parlamentario que se avecina. Nuestro modelo de gobierno se ha caracterizado durante décadas por un maniqueísmo ineficiente y adanista que ha impedido aportar coherencia y continuidad a nuestras políticas de estado. Puede que el partido de Albert Rivera, pese a sus indudables defectos, nos permita contar con una formación bisagra que modere y estabilice aquellas cuestiones que no pueden rediseñarse desde cero cada vez que conservadores o socialistas dan un volantazo al regresar al gobierno: educación, infraestructuras, protección social… Sin duda, el futuro tiene reservado un papel relevante para la formación naranja.

El hastío electoral que vive la ciudadanía es comprensible (especialmente en Catalunya, donde el sector económico vinculado a las urnas se consolida como uno de los pilares de nuestro PIB) pero también arriesgado, pues los resultados que se deriven de los próximos comicios marcarán nuestro futuro próximo en cuestiones fundamentales de nuestra vida cotidiana: empleo, fiscalidad, educación, sanidad… Ahora más que nunca, todos a votar.

danelarzamendi@gmail. com

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