«No sé pedir, siempre he trabajado»
Le calculé unos 45 años. Estaba de pie, apoyada en la pared, en aparente actitud de esperar a alguien. Su marido, sus hijas o alguna amiga, intuí. Iba bien vestida, con un abrigo marrón de paño largo, un pantalón vaquero, un colorido pañuelo que protegía su cuello del frío y la humedad y unas zapatillas deportivas. Nada hacía sospechar que aquella mujer necesitara ayuda. Y, sin embargo, cada vez que un vecino se acercaba a tirar la basura en los contenedores que había al lado, ella se acercaba y con timidez preguntaba si «no habrá por casualidad algo de valor en esas bolsas». «Algo de valor». En realidad, no sabía qué buscaba, confesaría después. También contó que llevaba un año en el paro, que había trabajado en el sector turístico y que esperaba volver a hacerlo a partir de la campaña de Semana Santa, que iba salvando con más pena que gloria el día a día con la subvención de desempleo... y que a principios de noviembre no resistió la tentación y pidió un crédito a una de esas entidades que te lo ponen muy fácil, pero te cobran intereses muy altos. «Claro que era consciente de todo eso, pero no podía permitir que mis sobrinos no tuvieran un regalo de su tía por Navidades». Así que ahora a las dificultades que ya tenía para llegar a fin de mes se suma la devolución del préstamo. «Y no llego». La necesidad le había hecho salir a la calle y plantarse en aquella esquina sin saber muy bien para qué. «No sé pedir, no lo he hecho nunca –admitía-; he trabajado sin parar desde que tenía 22 años, pero no me dado para ahorrar». Luego respondió a una llamada en el móvil y la vi alejarse, rumbo al centro de la ciudad. No la he vuelto a ver por los contenedores de mi calle. Quiero pensar que es porque su situación ha mejorado y ya no lo necesita.

«No sé pedir, siempre he trabajado»