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30 años de la Unión Europea

Alberto Ullastres no fue invitado a la ceremonia de adhesión por su pasado franquista
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Con muy poca euforia recordatoria en nuestro país se cumplen treinta años del ingreso de España en la Unión Europea (UE). Parece que actualmente preocupan más los populismos o las crisis gubernamentales a las que tienen que enfrentarse Mariano Rajoy o Artur Mas. Y ya que estamos hablando de la UE, también preocupa ahora la designación de Luis de Guindos como presidente del Eurogrupo, apoyado por Alemania, pero no por Pablo Iglesias, aunque en su caso este último apoyo, obviamente, poca falta le hace y de existir posiblemente no le favorecería en absoluto. Y mientras tanto pasa desapercibido el trigésimo aniversario de la presencia española en la UE.

Pero, como en todo aniversario, es importante acudir al recuerdo. Antes de ingresar formalmente, me correspondió acudir con cierta frecuencia a Bruselas, formando parte de delegaciones observadoras en algunos casos y como representante de Estado miembro observador en otras. También en las larguísimas negociaciones, previas a la adhesión, en las que curiosamente existieron dos capítulos: agrios en agricultura y propiedad industrial en industria, que no se cerraron prácticamente hasta el mismo día de la firma solemne de la adhesión en Madrid.

El entonces comisario europeo para Asuntos de la Ampliación, el italiano Lorenzo Natali, socarrón y de poblados bigotes, solía decir que las delegaciones españolas que acudían a las negociaciones en Bruselas, practicaban hábilmente la «técnica de la alcachofa» que, según él, consistía en ir arrancando hoja a hoja con calma y tranquilidad, para luego al llegar al corazón atacar en profundidad.

Cuando en Madrid se procedió a la solemne firma de la adhesión, el entonces Gobierno de Felipe González cometió un agravio hacia una persona que había trabajado ejemplarmente, como embajador ante la Comunidad Económica Europea (CEE) y había conseguido, en una época políticamente muy difícil, un ventajoso Tratado Preferencial para España. Y que, además, sufrió en la capital comunitaria un intento de secuestro que le marcó para el resto de su vida. Se trata de Alberto Ullastres Calvo, un insigne economista de la escuela del alemán Ludwig Erhard, perteneciente al denominado grupo de los tecnócratas que, posiblemente, por haber sido ministro de Comercio en uno de los gobiernos del general Franco, no fue invitado a la ceremonia de adhesión.

Cuando España, juntamente con Portugal, fueron ya Estados miembros de pleno derecho, ocurrió que a Portugal le correspondió, prácticamente de entrada, desarrollar la presidencia en ejercicio del Consejo que tenía lugar semestralmente según el nombre del Estado por orden alfabético. Pero renunció a su ejercicio, toda vez que entendía que no se encontraba en condiciones logísticas para desarrollarla. A España la primera presidencia le correspondió durante el primer semestre del año 1989. Ello exigió una preparación previa y el desarrollo de una logística importante, especialmente por parte de la Embajada de España ante la CEE, que hasta entonces no dispuso de los recursos humanos necesarios para afrontar el reto. Y el gran trabajo desarrollado fue considerado como exitoso.

A partir de ahí, la UE fue aumentando en Estados miembros, primeramente con la incorporación de Austria, Suecia y Finlandia y a partir de ahí con sucesivas adhesiones hasta llegar a la situación actual. Se ha dicho que no hay marcha atrás pero, actualmente, Grecia ha complicado considerablemente las cosas. La entrada de Grecia en la entonces CEE se produjo con efectos de 1 de enero de 1981, bastante antes que España, y curiosamente ya en aquélla fecha el presidente de la República, Constantino Karamanlis y el primer ministro, Georgios Rallis, advirtieron a los 9,5 millones de ciudadanos griegos, que la adhesión iba a exigir sacrificios dolorosos y un cambio de mentalidad. Sin duda no les faltaba razón a ambos dirigentes; 34 años después se ha puesto claramente de manifiesto.

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