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451º Fahrenheit

Es un buen ejercicio autocrítico preguntarse la clase de frustración padecen los jóvenes de las barricadas y, exactamente, qué están quemando en Barcelona

Juan Ballester

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Hay unos educativos videojuegos en los que has de construir y administrar un imperio. Empiezas trazando en el campo un camino de tierra por donde llegan los primeros colonos para levantar sus humildes chozas de barro. Y vas creciendo hasta crear una ciudad con sus ágoras, templos, teatros, palacios, avenidas, mercados o gimnasios. Debes procurar que haya suficiente para todos los ciudadanos evitando disturbios callejeros como los que están sucediendo en la realidad.

Porque cuando hay disturbios todo se va al garete y si usted es el jugador que empuña el mando querrá saber qué ha hecho mal. Es un buen ejercicio autocrítico preguntarse la clase de frustración padecen los jóvenes de las barricadas y, exactamente, qué están quemando en Barcelona.

En la historia solo ha habido una revolución tecnológica de mayor calado que la de Internet; el alfabeto. Fue en el siglo VIII antes de Cristo, cuando se inició la Grecia Arcaica y los hombres pasaron desde un lenguaje verbal hacia otro escrito. Nuestros antepasados albergaban una memoria de elefante que les permitió escribir La Odisea y La Ilíada cuatro siglos después de que la cantara Homero, muchos eran capaces de recitarla.

Desde entonces se hicieron unos vagos mentales, lo que los científicos llaman ‘el efecto Google’, dejándolo todo por escrito para no tener que memorizarlo. Platón escribía Diálogos por la vergüenza de abandonar la oralidad. Así lo explica el Premio Nacional de Ensayo 2020, El infinito en un junco, una obra que nos transporta magistralmente por la Historia de los libros. Debe su título al papiro extraído en los juncos de las riberas del Nilo y no parece que vaya a necesitar más actualizaciones.

Del mismo modo que los hombres antiguos pasaron del lenguaje oral al lenguaje escrito, los jóvenes nativos digitales han abandonado este para acceder a un leguaje digital. Es intuitivo, sintético, hipertextual, interactivo, hedonista, audiovisual o musical. La información deja de proceder de una fuente para ser recibida fragmentada. Han transitado desde una memoria individual a una transactiva con la que podemos compartir la de los otros sabiendo donde está lo que buscas. Si un día los griegos construyeron la Biblioteca de Alejandría para concentrar el saber humano, hoy la Wikipedia nos permite ser el más sabio sin haber leído un libro.

Cuando en el juego Imperio comienzan los disturbios el jugador se somete a un gran estrés y debe poner los medios para salvar cuanto se pueda. Hay uno importante que consiste en conseguir héroes griegos, como Aquiles o Ulises, con el que no podemos contar. Y aunque la excusa es Pablo Hasél, los manifestantes detenidos revelan que quieren expresar libremente que ocho de cada diez seguirán a los 35 en casa de sus padres.

Los mayores de 50 años representan un 22% del mercado laboral y ocupan el 63% de la plantilla pública mientras los menores de 30 representan un 20% y no son siquiera el 2% de los funcionarios. Muchos de los viejos se mantienen en sus puestos de trabajo en la empresa siendo peores que quienes podrían acceder. Los jóvenes son un grupo de alto voltaje porque las leyes laborales de los partidos y sindicatos, incluso más radicales, están hechas por mayores para proteger a mayores.

La mala noticia es que, aparte de que hay muchos vándalos que desautorizan a todos los demás, salen a protestar ante su falta de expectativas laborales que les produce un sentimiento de incapacidad para cumplir sus aspiraciones vitales. Hay un 50% de paro juvenil y en aumento. El Imperio que usted maneja padece graves deficiencias, los jóvenes están muy formados, pero no preparados para la adversidad ni la frustración producida por la pandemia.

Explica en su ensayo la joven Irene Vallejo que el alfabeto fue obra de un solo hombre que convierte a Bill Gates en un aprendiz. Un instante creativo mágico cambió el mundo. En vez de dibujar un pictograma para representar lo que veía por sus ojos, expresó con signos el sonido que emitían para nombrarlo. Hoy los libros ya no sirven, los letrados son los nuevos analfabetos incapaces de ilustrar a unas personas que sabían comprar una aplicación antes de leer, escribir o hablar.

Del mismo modo que fueron los antiguos hombres de la oralidad quienes debieron adaptarse, son los inmigrantes digitales quienes hemos de saltar la brecha para comunicarnos. Un chaval mira el móvil y dice: ‘Está lloviendo aquí’, mientras un adulto escucha caer las gotas sobre la luna delantera y ha puesto el parabrisas para ver la carretera. Y es que en los cambios de lenguaje que afectan a los sentidos, si te chillo, hijo, no te veo, padre.

En los disturbios callejeros quieren borrar el historial desde el origen de los tiempos para ver si derribándolo todo pueden construirse una humilde choza de barro. Flipan cuando, tras lanzar una señal de tráfico a la policía, sienten el golpe de la porra. La otra noche una chica no entendía nada cuando los antidisturbios se llevaban a su novio y desaparecía realmente en el furgón.

Otro quemaba un contenedor mientras le gritaba ‘guarra’ a una señora que había bajado de su piso sin mascarilla para ser testigo excepcional de ese acontecimiento tan extraordinario que sucede cada treinta siglos. El fuego prendía a 451º Fahrenheit, la temperatura a la que arden los libros.

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