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60.000.000.000,00 €

En el capitalismo ibérico de amiguetes sólo los tontos pagan sus deudas

Dánel Arzamendi Balerdi

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El Banco de España presentó la semana pasada su demoledor Informe sobre la crisis financiera y bancaria en España, 2008-2014, donde queda acreditada una realidad que todos intuíamos pero que ninguna autoridad parecía dispuesta de reconocer oficialmente: el rescate de las cajas de ahorros generará un agujero de dimensiones cósmicas en nuestras arcas públicas. El estudio pone así en evidencia el falsario discurso del gobierno Rajoy cuando se propuso vendernos una moto destartalada como si prácticamente nos la regalaran. Recordemos las palabras del ministro de economía, Luis de Guindos: «Me gustaría especificarlo muy claramente, aquí no hay un coste para los contribuyentes españoles. No costará ni un euro». Efectivamente, no ha costado un euro sino sesenta mil millones, según las conclusiones aportadas por el órgano presuntamente supervisor. Supongo que el ejecutivo estará eternamente agradecido a Luis María Linde por haber publicado este análisis inmediatamente después de la moción de censura podemita, en vez de hacerlo unos días antes para poder incluir esta cuestión en el debate. Un retraso sospechosamente oportuno.

Si echamos un vistazo a las cifras del informe, el rescate financiero supuso una inyección de 77.000 millones de euros, articulada a través del Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (56.000 MEUR) y el Fondo de Garantía de Depósitos (21.000 MEUR). De estas cantidades sólo se han podido recuperar hasta la fecha poco más de 4.000 millones. Aun así, el Banco de España no pierde la esperanza de lograr otros 12.000 millones, gracias a los ingresos derivados de la futura privatización de Bankia y BMN. Incluso asumiendo este idílico escenario, se habrán lanzado por el retrete la friolera de 60.000.000.000 €, una auténtica conga de ceros que, para hacernos una idea, equivale a la cantidad que el fondo de reserva de la Seguridad Social ha perdido durante la crisis y que ahora amenaza con quebrarla.

Pero, como decía Super Ratón, no se vayan todavía, aún hay más. Efectivamente, a esta ayuda directa habría que añadir la formalización de diversos avales (cuyas consecuencias, eso sí, parece que están siendo inocuas en la mayor parte de los casos) y el carry trade, un auténtico chollo en forma de respetable negocio bancario que el Estado puso a disposición de las entidades financieras para mejorar sus balances en tiempos de sequía. El sistema consistía básicamente en que el BCE prestaba dinero a los bancos españoles a tipos irrisorios, y estos utilizaban dichas cantidades para comprar deuda pública estatal con intereses notablemente más elevados (todos recordamos la frenética escalada de la prima de riesgo). El resultado de este juego de trileros fue que las entidades financieras lograron embolsarse un buen pellizco por la diferencia de tipos, y así maquillar sin riesgo sus cuentas de resultados gracias a un suculento regalo que terminaremos pagando los de siempre –los contribuyentes de a pie– cuando lleguen los vencimientos de dichas emisiones.

En cualquier caso, si nos centramos exclusivamente en la sima económica derivada del rescate, parece evidente que el gobierno nos metió un gol por toda la escuadra. Consiguió convencernos de que esta ayuda coyuntural al sistema sería exigida y retornada en el futuro, un planteamiento no sólo conveniente y razonable sino además posible. Por poner sólo dos ejemplos comparativos que avalarían dicho plan, pensemos que los grupos Lloyds e ING, beneficiarios de sendos rescates públicos de 23.800 y 10.000 millones de euros, devolvieron a sus respectivos estados hasta el último céntimo de dichas cantidades, generando unos beneficios de 1.000 y 3.500 millones para las arcas públicas británicas y holandesas respectivamente (y además, en el segundo caso, seis meses antes del plazo fijado por la Comisión Europea). Igualito que aquí. Parece que el voluntarista discurso de Luis de Guindos nubló nuestro sentido común, haciéndonos creer que el norte y el sur de Europa funcionan según los mismos parámetros, olvidando que en el capitalismo ibérico de amiguetes sólo los tontos pagan sus deudas.

Nos encontramos, sin la menor duda, ante un atraco a mano armada: o me pagas a fondo perdido o se hunde la economía. La bolsa o la vida. Los expertos siguen enzarzados en una discusión bizantina sobre si el rescate fue una inevitable solución de emergencia o un imperdonable error histórico. Aunque personalmente sospecho que no había otra salida, indigna comprobar la resignación bovina con la que la opinión pública parece haber digerido una broma que nos va a costar más de cinco mil euros por familia. Y tengamos en cuenta que apenas hemos comenzado aún a pagar el precio del rescate, pues se formalizó a través de una deuda pública cuyo vencimiento nos encontraremos a la vuelta de la esquina.

Los dirigentes de Podemos, especialistas en levantar las alfombras del bipartidismo, deberían haber liderado la investigación de este escándalo, pero transmiten involuntariamente la sensación de que evitan profundizar en el asunto. ¿Por qué? En este punto conviene recordar que el grueso de esta inyección económica no se destinó a la banca privada, sino a unas entidades financieras llamadas cajas de ahorros que funcionaban en la órbita pública: Catalunya Caixa (13.900 MEUR), Bankia (12.700 MEUR), CAM (11.102 MEUR), Novacaixagalicia (8.551 MEUR), etc. Desde esta perspectiva, resulta comprensible que Pablo Iglesias intente convertir torticeramente el rescate en la demostración de la perversidad capitalista (cuando en realidad es todo lo contrario), puesto que reconocer el desastre de las cajas de ahorros choca con su propuesta de resucitar una banca pública en manos del poder político. ¿Cómo es posible que, después de la nefasta experiencia con los Rato, Blesa, Serra y compañía, todavía haya quien insista en poner a nuestros torpes políticos al timón de los portaviones económicos?

El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

danelarzamendi@gmail.com

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