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A campo abierto

En España la ley se va a cumplir, ha anunciado Rajoy, como si eso fuese una novedad
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La batalla está entablada y no puede acabar en tablas. Felipe VI, al que Dios guarde de los abundantes demonios familiares, se ha dado cuenta, en muy poco tiempo, de cómo es el país que por desgracia le tocó en suerte. Ayer volvió a encontrarse con el presidente en Barcelona y a comprobar que su augusto rango hereditario le impide elegir a sus amistades, pero ha sido bastante claro al hacer público que considera “irreconducible” la apuesta de Mas por la secesión. España no es una tómbola y lo que llamamos suerte no depende sólo del azar y menos de los truhanes que juegan con dados emplomados que se caen por su propio peso.

De aquí en adelante todo está un poco más claro, o quizá menos oscuro. El presidente del Gobierno, que sin duda tiene virtudes superiores a la velocidad de reacción ante los acontecimientos, también ha reiterado que participará en el combate. ¿España contra España?, ¿Cataluña contra sí misma? Lo mejor sería llevarse bien, en vez de llevárselo casi todo a Andorra o a Suiza como ha hecho don Jordi Pujol. La madeja del dinero es la que hay que desenredar primero si se pretende tirar del hilo de la enmarañada política, pero parece que ahora hay más gente dispuesta a aclarar las cosas deslindando el campo de batalla.

En España la ley se va a cumplir, ha anunciado Rajoy, como si eso fuese una novedad. Incluso el intrépido Pablo Iglesias ha observado la dificultad para que los catalanes decidan ellos, solos o en compañía de otros, el destino y sus relaciones con el resto de los españoles, que somos más que los reclutados por el señor Mas. Dan pena estas trifulcas trascendentales a todos los que no le den asco. A estas alturas de nuestra historia en común estamos intentando no sólo saber qué es España, sino cómo somos los enigmáticos españoles. A mí me están haciendo un lío, lo que no es piadoso a mi edad. Ya me había acostumbrado a ser español.

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