¿A cuánto está la luz?

ÁLEX SALDAÑA

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En los últimos días varias señoras de edad avanzada han llamado al Diari para pedir que publiquemos los precios de la luz y recordemos en qué tramos horarios resulta más barata. Comentan que están dispuestas a despertarse de madrugada si poner la lavadora a esas horas les permite ahorrar unos eurillos, y muestran su decepción cuando les decimos que con las medidas adoptadas por el Gobierno el ahorro que se consigue en los teóricamente tramos más baratos es apenas imperceptible. En su voz se nota, más que la preocupación, cierta desesperación, que se corrobora cuando en el transcurso de la conversación confiesan que «es que está muy cara y con nuestras pensiones nos cuesta mucho pagarla». Sí, la brutal senda inflacionista de la electricidad, que en un año ha pasado de costar 50 euros por megavatio hora a casi 300, está teniendo un impacto directo sobre el recibo de las familias. Un impacto que se suma al del aumento del precio de todos los bienes, al que mujeres como las que llaman al Diari no pueden hacer frente con sus exiguas pensiones, por lo que apuntan que ya no ponen la calefacción, sino que «nos tapamos con una mantita y nos acurrucamos en el sofá». Uno las escucha, trata de insuflarles ánimos, pero cuando cuelga el teléfono no puede evitar sentir una mezcla de indignación, rabia y tristeza; mucha tristeza. Porque detrás de estas llamadas hay muchas más personas que sufren la pobreza energética –pobreza en general, no hace falta ponerle apellidos–. Nuestro estado del bienestar debería garantizar a todos los ciudadanos los derechos fundamentales. Y el de acceder a los servicios esenciales es uno de ellos.

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