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A dónde nos lleva el siglo XXI

La estupidez humana no entiende que la libertad absoluta no existe, que tiene líneas rojas
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Comienza el decimoquinto año de este siglo y a pesar de los malos antecedentes, crisis económica, conflictos bélicos en Siria, Palestina, Afganistán o Ucrania, secuestros y asesinatos, o la última masacre perpetrada en París por yihadistas radicales; la civilización avanza y confiamos en la capacidad del hombre para mejorar.

Si tomamos como referencia el siglo pasado podríamos ser optimistas ya que si bien es verdad que fue el que abrió las puertas del progreso, lo que paradójicamente lo empaña son las ingentes guerras provocadas con el saldo de millones de muertos, pero lo que vergonzosamente lo estigmatiza son los masivos exterminios humanos producidos. La revolución china de 1911 y el advenimiento de la República, el encumbramiento de Mao Tse-Tung, la revolución rusa de 1917 derribando la dinastía de los Romanov hasta la instauración del estado socialista de Lenin, el tercer Reich con la llegada de Hitler al poder en 1933 y el genocidio judío o las purgas de Stalin y los exterminios en Camboya del líder de los Jemeres rojos Pol Pot.

Ante tal panorama de barbarie en el siglo que dejamos atrás, es fácil pronosticar una deseable mejora en el que nos toca vivir y una concienciación en el seno de las organizaciones mundiales y de quienes rigen los destinos de las naciones que eviten tantas atrocidades. Pero me temo que no existe una solución definitiva que resuelva los enfrentamientos entre pueblos; la ley del más fuerte ha prevalecido sin considerar lo justo ante un determinado conflicto, porque el principio de justicia no emana del hombre sino que se lo arroga en usufructo usurpadándolo a cualquier umbral de inteligencia suprema o deidad, y así el hombre mesiánico, para alcanzar una sociedad libre y justa, no ha dudado en aplicar con toda brutalidad y transgresión el pronunciamiento de que el fin justifica los medios. Hoy el terrorismo que prolifera en el mundo es una nueva forma de guerra vil y mezquina, se adoctrina a hombres y mujeres capaces, con la conciencia tranquila, de matar decapitando, torturando, degollando o inmolándose con explosivos masacrando a inocentes. Es el fruto de una monstruosa concepción de doctrinas fundamentalistas que conducen a un fanatismo ciego e irracional, es la barbarie llevada a extremos de radicalización. Este fanatismo parece no tener límites. ISIS (Estado Islámico de Irak y el levante), Boko Haram en Nigeria o la yihadista Al Qaeda son organizaciones o redes terroristas frente a las que occidente se enfrenta impotente en a una guerra pseudoreligiosa donde la vida y la muerte cohabitan en un mismo plano y con la problemática de demostrar quién financia a estas organizaciones terroristas.

La estupidez humana no entiende que la libertad absoluta no existe de forma que la transgresión de la línea que afecta al derecho natural del hombre y por extensión de los pueblos, plantea serias dificultades jurídicas según los códigos en que los que nos movamos, y así conciliar el poder con la igualdad o la justicia es pura utopía. Cuando los más dotados manejan las libertades, deben ser controlados para evitar que el poder omnímodo se imponga en detrimento de más débiles.

Se me antoja que en este siglo no habrá otra forma de conseguir acomodar valores fundamentales universales que armonicen libertad, igualdad, seguridad, justicia, paz, y a la postre felicidad en la forma de entender la vida entre oriente y occidente, entre una concepción laica o religiosa; de establecer compromisos, pactos, formulas compatibles, compromisos que respeten la diversidad de cada sociedad, huyendo de planteamientos tiránicos, fundamentalistas o fanáticos, y establecer un marco común y recíproco de racionalidad y convivencia en tolerancia y comprensión. De otra forma solo cabe el blindaje de Europa frente a la amenaza del fundamentalismo islámico con medidas que pudieran repugnar a una democracia abierta y civilizada pero que ante tanta barbarie obliga a reflexionar que nos ha conducido a esta situación tan alarmante al constatar que tenemos al enemigo conviviendo en nuestra propia casa.

Un grave problema cuya solución, sin duda, pasa por el consenso y colaboración de todos los países libres, democráticos y comprometidos con los derechos humanos. Un reto que nos plantea el siglo XXI para generaciones venideras.

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