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A la búsqueda de un Estado amigo

Muchas veces, la búsqueda de un Estado amigo acaba en el más absoluto ridículo

Martín Garrido

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Andan nuestros dirigentes revueltos en busca de un Estado que nos reconozca o nos apoye en alguna cuestión internacional. El magistrado (suspendido) Santi Vidal iba por los pueblos diciendo entre otras lindezas, que le han llevado a tener que dimitir como senador, que con toda seguridad varios Estados (no europeos) apoyarían económicamente sus reivindicaciones políticas.

Por su parte, las más altas autoridades autonómicas catalanas llevan tiempo haciendo campaña en busca de un Estado que les preste cierta atención internacional. Por su parte, las autoridades centrales, en boca del actual Ministro de Asuntos Exteriores español, han reiterado en varias ocasiones que ningún Estado reconocerá una supuesta República catalana independiente.

Pero no se crean que la búsqueda de un Estado amigo son temas nuestros. Hace unos días el ministro polaco de Asuntos Exteriores Witold Waszcykowsky ha intentado medrar con varios Estados para conseguir una nominación en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para su país en el bienio 2018-2019. Hasta ahí nada raro: todos los Estados buscan sus complicidades internacionales. La noticia estuvo en que el ministro aseguró que había entrado en negociaciones con más de veinte de países, entre los que se encontraba el Estado de San Escobar.

El pobre ministro pasó a ser el hazmerreír de las redes sociales, que hicieron correr la bandera, la moneda y hasta el himno del nuevo Estado. No era para menos: San Escobar no existía. El ministro tuvo que disculparse, alegando que el viaje y la cantidad de conexiones que había que tenido que realizar, habían podido con él. En un intento de arreglar la cosa de la mejor forma posible, alegó que había querido referirse a las islas caribeñas de San Cristóbal y Nieves, que aunque a ustedes como a mí poco nos suenan, sí que figuran como Estado independiente en la lista de las Naciones Unidas.

Muchas veces, la búsqueda de un Estado amigo para participar en el juego internacional acaba en el más absoluto ridículo.

Hace un tiempo un buen amigo, Juan Pons, uno de los grandes viajeros hispanos, me enviaba un correo desde Brisbane (Australia) en que me daba cuenta de las peripecias que había sufrido hasta conseguir un pasaje a Nauru, considerado el Estado más pequeño del mundo (aunque otros mantienen que es el tercero). Se trata de una pequeña roca en medio del Pacífico, a más de tres mil quinientos kilómetros desde Brisbane y a cuatro días de navegación de las islas más cercanas. A la vuelta, me acabó contando que por fin logró llegar a su meta, dedicó un día a dar una vuelta a la roca y, como no había otra cosa que hacer, emprendió el largo viaje de regreso.

Yo ya me había encontrado a Nauru en otras búsquedas. Cuando Abjasia declaró unilateralmente la independencia de Georgia, Nauru fue uno de los pocos que la reconocieron. En realidad, Nauru no tiene desperdicio para los buscadores de un reconocimiento internacional a cualquier precio. ¿Estaría pensando en este Estado Santi Vidal?

Hace unos años, una sociedad con sede en Washington y oficinas en Hong Kong y Macao se dedicaba a la venta de pasaportes nauruanos, que según las informaciones, habría supuesto 7,4 millones de dólares al gobierno de Nauru. A finales de la década de 1990, la Nauru Agency Corporation albergaba más de 400 Shell Banks, bancos que sólo tienen una dirección y un buzón pero carecen de existencia física: bastaba registrarse y comprar una licencia por 25.000 dólares. Todo un mundo virtual y falso creado al amparo de ser un país «serio».

El amigo de quien les hablaba antes me regaló a su vuelta el libro que le había hecho viajar hasta allí (Nauru, la isla devastada, Cómo la civilización capitalista ha destrozado, en los últimos treinta años, el país más rico de la tierra, de Luc Folliet). Es la historia de un Estado que consiguió la independencia, se hizo inmensamente rico con la exportación del guano, invirtió (especialmente en inmuebles) fuera de su roca, y después se ha hundido en la miseria. Nauru existe como espacio físico (y jurídico) pero parece como si no existiera y que, por lo tanto su búsqueda se convierta en una quimera. Suena al País de la Cucaña o el País de Jauja que durante la época medieval se consideraba que era una tierra donde no era necesario trabajar y donde el alimento era abundante. Suena también a la Arcadia griega en que los pastores viven en la más absoluta felicidad. Suena, en fin, al País de Nunca Jamás del escritor escocés M. Barrie, el de Peter Pan, en el que los niños no crecen y viven sin ninguna responsabilidad. Pero con independencia de que Nauru exista como Estado o sea más bien uno de los muchos Estados títeres que hay, lo cierto que sus habitantes no son entes de razón sino personas como nosotros. En esa roca perdida en el Pacífico de apenas 21 kilómetros cuadrados se puede ser feliz o también se puede morir. Hace pocos días el diario inglés The Guardian ha filtrado más de 2.000 informes que recogen violaciones de los derechos humanos en los centros de refugiados de la isla, sufragados con dinero procedente fundamentalmente de Australia, que tiene un problema parecido al que tenemos en Europa en la actualidad con los emigrantes.

El auge y el hundimiento de Nauru nos demuestran que no hay peor cosa que olvidarse del pasado, desatender la propia cultura y no darse cuenta del entorno. Ese es el resumen del libro de Folliet, que puede aplicarse tanto a los Estados como Nauru, como a los buscadores a toda costa de un reconocimiento internacional.

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