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A la vejez viruelas

Es una lástima que Vargas Llosa haya llegado a sacar un bodrio como el de su último libro

Ángel Camacho

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No siempre el paso del tiempo significa pérdida o deterioro, sino, como en el caso del buen vino, se reafirma. Pero en cuanto se refiere a las personas, es signo inevitable de que este paso nos modifica y no siempre a mejor. Se puede arreglar una catarata, poner una prótesis, implantar unos dientes de titanio, pero en otros asuntos humanos la vejez pesa rotundamente. Es el caso de las funciones cerebrales y, en concreto, de la creatividad.

Viene todo esto a cuento porque acabo de leer la última ( ¿seguro? ) novela de todo un Premio Nobel de Literatura y me he quedado estupefacto.

Cuando leí, hace ya bastantes años, «La ciudad y los perros», como luego «La fiesta del Chivo» o «La guerra del fin del mundo» me hice «fan» del escritor de Arequipa.

Por su galanura, por su manera de navegar por las ondas gramaticales como un buen surfista lo hace dentro de las olas marinas, por su dominio del idioma, con una pureza exquisita salpicada de palabras de la jerga propia de su Perú natal.

Yo no seré, pues, quien lance ninguna diatriba como escritor- el maestro me puede dar sopas con honda- pero sí, como lector, para decir que se ha equivocado bajando en esta novela a las zonas eróticas como un «voyeur», como si le hiubiesen aplastado unas sombras de Grey. Una y otra vez insiste en cómo se lo montan dos señoras de alta cama de la sociedad limeña, que poco más tienen que hacer en su vida desde que se arreglan al mediodía hasta que se desarreglan según les viene en gana. ¿Crítica social?... Más bien parece un relleno, por su insistencia.

Porque, sin duda, esta novela ha sido escrita para vengarse de Fujimori, el expresidente peruano, de origen japonés («el Chino») y de su mano derecha el oscuro «Doctor», Montesinos, que tienen para unos cuantos años de presidio.

No sé si el lector recordará que nuestro escritor se presentó en su día a las elecciones a la presidencia del Perú, y fue derrotado por Fujimori. Él ha venido rumiando la venganza para mostrarnos lo peor de la política; algo así como hizo en «La fiesta del Chivo» con otro dictadorzuelo centroamericano.

Es una lástima que este magnífico hacedor de relatos, que maneja el idioma como quien bebe un vaso de agua, con riqueza y ritmo, haya llegado a sacar un bodrio como este último libro. Con la excusa de una trama policíaca y política, pone en solfa a los dos delincuentes arriba mencionados y para ello – que se supone que es el fondo de la cuestión – nos mete cada dos por tres a unas señoras solamente ocupadas en restregarse día y noche hasta sus más íntimos recovecos corporales. Lo peor no es eso, porque la vida puede ser así, y no sobra en ninguna novela un episodio erótico o amoroso, pero lo que no es de recibo en el arequipano es cómo se deleita una y otra vez en detallar los jaleos de las señoras mencionadas. Baste una frase. «…Marisa se alzaba, abrazada a ella, le buscaba la boca, la pasaba la bocanada de saliva que había retenido para ella: trágate esos juguitos deliciosos que que te causo cuando te chupo…»

Aún aprovecha para soltar una andanada a la profesión periodística: «¿Es eso lo que somos, Retaquita? Preguntó Ceferino… Eso y peores cosas… los vómitos, la diarrea del gobierno, su muladar. Le servimos para tapar de mugre la boca de sus críticos…»

No, don Mario. Usted sabe hacer interesante una trama con otros personajes y otros encuentros. Yo no me lo cojo con papel de fumar, como se decía antes, pero se ha pasado, o no ha tenido la chispa de creatividad que hasta ahora ha tenido en sus muchos relatos. Debe estar «au dessus de la melée» en estos asuntos de cama.

A la vejez, viruelas no. Lo puede hacer mejor.

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