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A oscuras

Somos tan frágiles que se nos desbarata la vida por un cruce de cables, ya sea en el cuadro eléctrico o en las cabezas

ROSA PALO

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De repente, he oído un chispazo y se ha ido la luz. Han saltado los plomos. O el automático, que lo de los plomos parece salido de una novela de Carmen Laforet. También es verdad que ya quisiera escribir yo a los 51 como Laforet a los 24 para que Azorín me echara piropos disfrazados de rapapolvo: «¿Qué es eso de publicar una bellísima novela a una edad en que se suelen publicar tanteos, probaturas y ensayos?». Lo único que tengo de la catalana es el entorno: entre penumbras, mi casa parece la de la calle Aribau.

La electricidad, caprichosa, elige quién sobrevive a un cortocircuito y quién no, como un emperador en el circo romano: únicamente funcionan la cafetera y el frigorífico, así que puedo beber café y comer yogures desnatados y zanahorias, lo poco que me queda en la nevera. Intento volver a conectar la luz, pero sigue saltando el automático. Desenchufo todo lo que pillo: la televisión, la tostadora, el horno. Nada. Pasan un par de horas y me congelo, y me quejo; solo un par de horas y ya estoy desesperada cuando en nuestro país, tan avanzado, tan modernito, hay gente que no tienen luz que echarse a los ojos ni calefacción que echarse al cuerpo. Mientras, los afortunados que siempre (o casi siempre) tenemos electricidad estamos pagándola a precio de sangre de unicornio. La única ventaja de hoy es lo que voy a ahorrar en el recibo.

Somos tan frágiles que se nos desbarata la vida por un cruce de cables, ya sea en el cuadro eléctrico o en las cabezas. Escribe Millás en uno de los relatos de Una vocación imposible que «la semana es una especie de escalera sin luz». Como el año que acabamos de pasar, como el que hemos empezado a oscuras.

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