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A vueltas con la memoria histórica

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Parece que no hay forma de finiquitar la dichosa ley de memoria histórica que de forma tan irresponsable y nefasta soliviantó el presidente Rodríguez Zapatero. El resultado fue reiniciar una nueva confrontación de las dos Españas que la transición democrática había conciliado de forma ejemplar. Ahora la alcaldesa Ada Colau ha nombrado a Xavier Domenech comisionado para la memoria histórica, como si no hubiese temas más prioritarios e importantes que tratar.

La memoria histórica casi nunca suele ser objetiva, incluso la relatada en primera persona; la contraposición de las memorias personales e individuales configuran la historia de forma porcentual en la objetividad de cada individuo, sólo la memoria histórica adquiere rigor y objetividad cuando la coincidencia porcentual en el relato histórico alcanza una mayoría abrumadora; es el caso de holocaustos, exterminios o crímenes contra la humanidad. Pero la memoria histórica es muy proclive a revestirse de ciertas cuotas de relativismo cuando no de dogmatismo en aras de ciertos intereses o resentimientos preconcebidos.

La memoria histórica puede ser buena o mala. El individuo forja su identidad en un contexto de vivencias, experiencias individuales y colectivas y en el conocimientos del pasado a través de la historia; historia cuyas fuentes pueden ser y son diversas y dispares, de ahí la reserva y prudencia a la hora de aceptar como única y verdadera una determinada visión de la memoria histórica. El pasado es algo que no debe borrarse, queda escrito en sus diversas versiones, pero nunca debe ser una obsesión, antes bien una lección positiva de la que cada uno debe extraer su propia valoración. El Tratado de Versalles fue una enfermiza obsesión para Hitler y no perdía ocasión para recordárselo al pueblo nutriendo así su espíritu de venganza.

Las educaciones nacionalistas son un ejemplo de la memoria negativa. Coincido con la célebre frase de George Santayana: «Los pueblos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo», sin embargo ello no constituye ninguna garantía. Europa es triste ejemplo de reincidencia a pesar de conocer sus delirios, descarríos y vergüenzas históricas que provocaron contiendas inhumanas e irracionales.

Hay memorias que crean leyendas para salvaguardar las carencias, miserias, o intereses de gobernantes, siendo rescatadas de forma adoctrinada y sin visos de realidad. Suele suceder que la memoria histórica se utiliza como arma vengativa con una visión desenfocada en el tiempo y más próxima a la ucronía que a la realidad de los hechos; el rencor favorece todo tipo de interpretaciones, es bueno conocer la historia pero la dependencia de su memoria siempre condicionara nuestro presente.

A veces es necesario renunciar a la batalla política para adoptar posturas conciliadoras ante confrontaciones que pueden desembocar en enfrentamientos dolorosos. Las educaciones adoctrinadas son un ejemplo de la memoria negativa, en muchos casos se manipula porque está construida desde la eliminación del pasado, del olvido o la creación y reconstrucción de una memoria impuesta e interesada.

La memoria histórica tiende a defender nuestro propio pueblo, nuestras ideas, nuestra colectividad y en todo conflicto hay leyendas negras y gloriosas, víctimas y vencedores y paradójicamente en nuestro país tras cuarenta años de democracia en la que se recompuso una memoria convulsa y se alcanzó un consenso en el reconocimiento y la conciliación de las partes, ahora parece que la visión de los acontecimientos pasados, inducidos por una óptica ideológica, persigue romper la concordia alcanzada en democracia tras la tragedia de nuestra cruenta guerra civil. Las nuevas generaciones harían bien en enterrar las causas políticas y luchar para no perder las libertades ganadas durante la transición, evitando que el poder caiga en manos de quienes de forma hipócrita y engañosa pretenden un bien común basado en la anulación del gran potencial de la sociedad civil para manipular desde el aparato del estado toda actividad política, social y económica; una utopía ya sufrida con nefastas consecuencias.

Finalmente la memoria histórica nos recuerda grandes hechos en los que la humanidad ha ido progresando constantemente a pesar de las guerras, dictaduras y holocaustos, pero solo el progreso moral nos puede aproximar a un escenario propicio para el diálogo, el consenso y la cancelación de odios, rencores y viejos resentimientos del pasado.

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