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¿Acabarán los griegos con Europa?

Hoy quizás los griegos se encuentran en la misma situación que a finales de las Guerras del Peloponeso
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Estos días el griego (o lo griego) está de moda y al mismo tiempo empieza a dejar de estarlo. A finales del año que acaba de terminar se han convocado elecciones anticipadas en Grecia para este mes de enero. Las predicciones de voto consideran que es posible que el ganador sea un partido tachado de radical de izquierdas, que pretende poner punto final a las medidas establecidas por Europa unida para salir de la crisis y, por lo tanto, negarse a cumplir lo pactado sobre el pago de la deuda del país.

Hace unos días el diario Der Spiegel señalaba que el Gobierno alemán y en general las autoridades europeas no temían como hace tres años la salida de Grecia del euro en caso de incumplimiento de lo pactado. Estas afirmaciones han sido desmentidas porque podían considerarse que iban en contra del derecho de decisión de los habitantes de esta parte de Europa y, en consecuencia de la propia democracia, cuya palabra y filosofía fue creada precisamente en Atenas.

Algunos han señalado el paralelismo de esta situación con la que tenemos en España y han establecido comparaciones entre los partidos políticos de ambos Estados.

Dejemos para otros comentaristas mucho más preparados el análisis político y económico de estos hechos que pueden ser muy relevantes en un futuro próximo, porque uno quiere limitarse a escribir sobre el griego o lo griego.

El periodista Indro Montanelli, que fue durante muchos años director del Corriere della Sera, publicó en 1959 Historia de los griegos (también publicaría otro libro que se llama Historia de Roma). En el prólogo explica el porqué del nombre: «le he llamado Historia de los griegos porque, a diferencia de la de Roma, es una historia de hombres, más que una historia de pueblo, de nación o de Estado». Es uno de los libros más divertidos que he leído.

Todo la obra merece más de una lectura pero quizás en estos tiempos la parte más significativa es la cuarta (‘El fin de una era’) que sigue a ‘La Edad de Pericles’, en la que se sitúan los grandes escritores, filósofos y artistas que todos conocemos. Significativamente Sócrates aparece tanto en una como en otra parte. En la cuarta para relatar su condena que, como nos confiesa Indro Montanelli, expresa más que cualquier libro la sicología del pueblo griego y nos obliga a meditar sobre los que fortalecen los más bajos instintos del pueblo para cometer una injusticia y sobre el mal uso de la democracia (lo que ahora llamaríamos los populismos).

La condena de Sócrates expresa simbólicamente el fin de una época, aunque el final empieza realmente cuando las tres grandes ciudades griegas (Atenas, Esparta y Tebas) deciden en vez de unir fuerzas y crear un verdadero Estado griego intentar imponerse por la fuerza a las otras, lo que nunca llegan a conseguir. Al final de las Guerras del Peloponeso, Grecia estaba tan desunida como Europa al final de la II Guerra Mundial.

Montanelli añade que la decadencia empezó cuando la polis fue superada por una nueva realidad (la kosmópolis). En las ciudades griegas todos eran súbditos y soberanos al mismo tiempo, un pueblo de «dilettantes», en que nadie podía limitarse a la actividad exclusivamente personal. El progreso y la kosmópolis (lo que hoy llamaríamos la globalización) pudieron llevar a los griegos a construir Grecia pero fueron incapaces de hacerlo y sólo se quedaron con los efectos negativos de la decadencia de la polis que «fueron sobre todo la desafectación del ciudadano a su Estado y el desenfreno de sus egoísmos».

Y en el epílogo de la obra que comentamos vuelve a repetir Indro Montanelli: «lo que aquí termina es tan sólo la historia política de un pueblo que no había alcanzando a convertirse en nación. No supo remontar el limitado horizonte de la ciudad-estado y en torno de ella no supo conciliar el orden con la libertad. El desenfrenado individualismo y las guerras insensatas fueron sus dolencias».

Mucho tiempo después, a principios del siglo XIX, algunos griegos consiguieron crear con ayuda de las potencias europeas un Estado independiente del Imperio otomano con capital en Nauplia (la primera capital de Grecia, después fue Atenas). Las sucesivas guerras del siglo XIX y XX fueron incorporando nuevos terrenos a dicho Estado hasta llegar a los límites actuales. A cambio de eso, millones de ‘griegos’ que vivían en otros lugares como Estambul, Esmirna y toda la actual costa turca del Egeo o Capadocia tuvieron que abandonar para siempre esos lugares que sentían como suyos y en los que habían vivido durante cientos de años.

Hoy quizás los griegos se encuentran en la misma situación que a finales de las Guerras del Peloponeso, en la elección entre la polis y la kosmópolis, entre un mundo angosto y limitado de posibilidades y la exigencia de «un mundo que ya no estaba encerrado dentro de un modesto cinturón de murallas y sincopado por las autarquías nacionales». En definitiva, entre lo local y lo general, o si quieren, entre los griegos con sus individualismos y una Europa unida.

Les decía al principios que el griego está de moda pero al mismo tiempo empieza a dejar de serlo. El otro día un catedrático universitario de este idioma me explicaba que ha desaparecido prácticamente de los estudios de bachillerato (incluso del antes llamado de letras) y que dentro de poco en la Universidad será tan extraño como ahora es el judío clásico o el arameo. Los tiempos futuros parecen llevarnos a otras bases culturales pero olvidar lo griego, la gran historia de los griegos, la condena de Sócrates o las Guerras del Peloponeso, sería un tremendo error, que podemos acabar pagando muy caro.

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