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Actualidad de la Transición

'Podemos' yerra profundamente en la etiología y en la terapia que propone
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EEn el primer discurso de Pablo Iglesias tras haber sido elegido secretario general de su organización, el líder del partido emergente enumeró sus preferencias estratégicas: en primer lugar, salir a ganar las elecciones generales de 2015; en segundo término, iniciar “un proceso constituyente para abrir el candado del 78 y poder discutir de todo”. En sus propias palabras, ‘Podemos’ es una “alternativa frente a un régimen que se derrumba”, el de la Transición, en referencia al PP, al PSOE y al pacto constitucional.

Tal declaración confirma que ‘Podemos’ parte de un diagnóstico poco controvertible pero yerra profundamente en la etiología y en la terapia que propone. Además, se equivoca al interpretar los masivos apoyos que recibe, que respaldan precisamente ese diagnóstico y no necesariamente los planteamientos posteriores, procesales e ideológicos, estos últimos todavía pendientes de procesar y difundir.

En efecto, la sociedad se ha percatado de la degradación de la régimen surgido de la Transición, que ha sido progresivamente tergiversado y vulnerado en varios sentidos: los partidos políticos han perdido su virginidad, se han vuelto impermeables y oligárquicos y se han desconectado de las clientelas, de las bases; el propio sistema de representación se ha pervertido ya que las formaciones políticas no han sido capaces de atraer a los ciudadanos, de lograr que las elites circulen; se ha bajado la guardia ante la corrupción, que ha alcanzado cotas insostenibles -un recuento de Europa Press nos avisa de que a finales de 2014 había más de 2.000 imputados y 150 casos abiertos- y que no se está combatiendo con la convicción necesaria y la eficacia que reclama la sociedad; se ha falseado sistemáticamente el sistema de provisión de cargos institucionales, en el que se ha aplicado el sistema de cupos para sortear las dificultades de obtener la mayoría cualificada. La lista es mucho más larga.

Con todo, estas deficiencias no significan que la Constitución haya caducado o que se haya vuelto inservible, ni mucho menos que el régimen que nos ha traído hasta aquí tuviera algún insalvable vicio de origen que lo desnaturalizase. La Carta Magna de 1978 fue un pacto transversal admirable, que sentó las bases de una convivencia pletórica y fecunda. No fue, como se ha dicho, un pacto de élites: como Cayo Lara se ha cuidado de reivindicar ante los embates de ‘Podemos’, algunos de los firmantes venían del exilio y de la cárcel, y todos los que apoyaron aquella ley fundamental realizaron un acto de gran magnanimidad que fue aceptado con vehemencia por la opinión pública.

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