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Ahora, el desafío de pactar

Está en juego ganar o perder poder, pero también respeto y credibilidad
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Era previsible: las elecciones del pasado domingo van a dar mucho de sí. Las mayorías absolutas han desaparecido prácticamente del mapa político y la arquitectura de pactos se perfila ardua, complicada y cargada de riesgos, tanto para quienes los suscriban como para los que se nieguen e impidan el gobierno estable de la institución. Quienes han obtenido representación y disponen de capacidad para sumar mayorías se juegan algo más que facilitar o compartir poder: arriesgan credibilidad. Va a ser inevitable contrastar lo comprometido en la campaña con los acuerdos que materialicen y las políticas –medidas- concretas que aplique cada coalición. Algunas incoherencias y contradicciones ya han aparecido, haciendo válido el coloquial ‘donde dije digo, digo… otra cosa’. Y hasta es posible que parte de lo que estos primeros días parece seguro no lo sea, mientras mezclas que hoy suenan imposibles acaben por suceder.

Las urnas han emitido un veredicto del que muchos se siguen resistiendo a tomar nota... y aprender. En primer lugar, cómo y por qué han perdido tan rotunda y aceleradamente el respaldo electoral que obtuvieron tres/cuatro años atrás. Significa que no han sabido ejercer el poder ni conservarlo y que millones de ciudadanos han dejado de confiar en su gestión y, más probablemente, su forma de gobernar. Corresponde sobre todo al Partido Popular (PP), pero también al resto de bien o mal llamados partidos tradicionales; los emergentes sólo podían sumar. No parece, sin embargo que, al menos en las primeras horas poselectorales, estén propensos a asimilar la lección. Es una forma de ampliar sus opciones de que en las elecciones pendientes les vaya incluso peor.

Antes que rechazar las políticas ejecutadas, los ciudadanos pueden haber repudiado estilos, personas y contumacia en perseverar. A fin de cuentas, las medidas aplicadas por unos y otros han sido más similares de lo que el esfuerzo propagandístico trata de aparentar. Las diferencias han estado más en los matices que en la sustancia, en cómo se han transmitido y con qué actitud. A lo que cabe añadir en qué medida ha contribuido cada uno a la perversión de un sistema que hace aguas por demasiados sitios; no sólo en materia de corrupción.

No es fácil interpretar si el electorado ha girado hacia posiciones más radicales o simplemente ha optado por alternativas que representan y en principio garantizan, sobre todo, novedad. Qué van a hacer aparece menos claro que el compromiso de hacerlo con otro estilo, y eso precisamente puede ser lo que más haya valorado una parte significativa de la sociedad. Haberlo propiciado es responsabilidad de quienes, con todo merecimiento, acaban de perder amplias potestades de seguir gobernando igual.

Es innegable que al PP le ha tocado administrar y corregir una situación tan complicada como desfavorable. Ése era su desafío y su torpeza es no haber sabido convertirlo en oportunidad. Puede que su error inicial fuera exagerar sus capacidades de solventar en poco tiempo los graves problemas que padecía el país, en lugar de presentarse con mayores dosis de realismo y humildad. Han reincidido también en el error que les llevó a perder en 2004: creer que tener razón les exime de la necesidad política de convencer. Así, pese a la situación excepcional -por grave- que tocaba afrontar, no han mostrado voluntad de sumar apoyos ni conciliar medidas que probablemente no había más remedio que adoptar; han hecho, además, menos cosas de las que hacían falta y no todas bien. ¿Eligieron hacerlo solos, con la pretensión de cosechar todo el mérito, sin tener que compartirlo con los demás? Debieron haber aprendido de la experiencia: casi nunca acaba de funcionar.

Los populares han sido -con diferencia- más contumaces que el resto en rehuir el menor atisbo de renovación o, tomando el vocablo de moda, regeneración. Mal que bien, algunos rivales han dado tímidos pasos, y a los que no lo han hecho tampoco les ha ido demasiado mejor. Enervante ha resultado la carencia de sensibilidad, al borde del cinismo, frente a las evidencias de corrupción. Al punto de propiciar cierto convencimiento de que la desvergüenza era más un componente estructural que la excepción que, con crédito decreciente, se han empeñado en argumentar.

Queda escaso margen para rectificar, pero sigue sin percibirse suficiente voluntad de intentarlo, siquiera para evitar un desastre aún mayor en las elecciones generales que están por venir. Destacados dirigentes del PP parecen aferrados a la convicción de que el partido no puede desaparecer, pero sobran ejemplos en el resto de Europa… demostrando que sí. No sería el primero ni probablemente será el último que pasa del gobierno a la irrelevancia en apenas unos años. A otros cercanos también les puede pasar.

En el complejo mapa político que ha resultado, tampoco los que han salido mejor parados deberían perder de vista la responsabilidad contraída ni interpretar apresuradamente el veredicto de las urnas. Deducir que la sociedad se ha inclinado hacia fórmulas revolucionarias corre el riesgo de simplificación, pero sería aún más grave confundir el rechazo a fórmulas de mayoría absoluta con un supuesto aprecio a situaciones de exclusión, inestabilidad o bloqueo. Los pactos van a requerir altura de miras, categoría y coherencia, pero las primeras declaraciones de la semana que acaba no suenan ir por ahí. No todos dan la sensación de tener en cuenta que es prioritario acordar qué hacer y cómo gobernar, antes que contra quién.

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