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Alegría en medio de la Cuaresma

El cuarto domingo de Cuaresma es llamado el Domingo Leatare, es decir, de la Alegría
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El cuarto domingo de Cuaresma es llamado el Domingo Leatare, es decir, de la Alegría. Es como si la Iglesia, que en este tiempo litúrgico previo a la Semana Santa invita a la penitencia, tuviera prisa por celebrar ya el final del camino: la resurrección de Jesucristo, y por ello se adelanta pensando en el próximo futuro. Recuerda de algún modo al Gaudete que celebramos el tercer domingo de Adviento. También entonces queremos adelantar el reloj, porque la espera del nacimiento de Jesús se nos hace larga y así la liturgia nos dice: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito. Estad alegres. El señor está cerca».

En realidad para quienes vivimos en Cristo –como nos pide san Pablo- siempre es domingo y siempre hemos de estar alegres. En Adviento, en Navidad, en Cuaresma, Semana Santa o Pascua y en el tiempo ordinario.

Hubo un tiempo en el que los cristianos más piadosos tenían cierto temor a expresar una excesiva alegría, y por eso destacaban más entre ellos los santos alegres, como san Felipe Neri. No hace tantos años era difícil ver imágenes de un Papa que se reía. Con buena voluntad se consideraba que reírse era poco serio. El papa Francisco ha acabado de arrumbar este viejo tópico que sus precedentes inmediatos ya no siguieron.

Cada vez se advierte con mayor claridad que Dios es juez, pero más aún es misericordioso, y por encima de todo es padre. No quiere que renunciemos a las sanas alegrías; no nos pone un tope a que lo pasemos bien, a que cultivemos nuestras amistades verdaderas y nuestras aficiones honestas; no nos pide siempre el sacrificio de huir de lo placentero, aunque la prioridad debemos ponerla en la oración y en la caridad con los demás. Dicho de otro modo: la alegría nos lleva a Dios, y Dios nos lleva a ella.

En cambio un alma triste está a merced de muchas tentaciones buscando falsas compensaciones que aún la entristecen más. La tristeza nace del egoísmo y, paradójicamente, de la falta de mortificación, mientras que la alegría no nace de la despreocupación, sino de hacer lo que debemos en cada momento según los dictados de nuestra conciencia.

Así seremos felices en esta vida, prólogo de la Vida eterna con Dios en el cielo. Recordemos lo de santa Teresa. Un día que cantaba, una monja le dijo: «Madre, ¿qué haría si le dijeran que va a morir ahora?.» «Seguir cantando»— contestó.

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