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Alfred Hitchcock presenta

Dánel Arzamendi

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Apuesto a que ninguna persona mayor de cuarenta años ha olvidado la popular serie de televisión que produjo el maestro del suspense británico: su oronda silueta en los títulos de crédito, aquella pegadiza sintonía, el prólogo que daba paso a cada uno de los episodios… Siendo yo apenas un adolescente se emitió un capítulo especialmente memorable que recuerdo secuencia por secuencia, supongo que a causa del impacto que me produjo su perturbador final. Teniendo en cuenta que no lo he vuelto a ver desde entonces, espero que la memoria no me falle al condensar un pequeño resumen del argumento (disculpen el spoiler).

Nuestra historia comienza presentando a uno de los dos únicos personajes del relato. Se trata de un ladrón de bancos que es capturado y enviado a prisión para cumplir una larga y merecida condena. El recinto carcelario se encuentra en medio de la nada, protegido por un alto y sólido muro de piedra. Es la única construcción visible en kilómetros a la redonda, lo que otorga al enclave un aspecto especialmente gélido. Las torres de vigilancia y las alambradas convierten el complejo en una auténtica fortaleza.

Con el paso del tiempo el nuevo recluso va habituándose a la rutina en prisión, y poco a poco logra entablar amistad con un viejo y humilde trabajador del penal, nuestro segundo y último protagonista. Aunque lo ha conocido en la enfermería, el anciano es también el enterrador del presidio, una labor dura e inexcusable por la alta mortalidad carcelaria. Cuando alcanzan cierto grado de confianza, el funcionario revela al reo los graves problemas económicos que padece, y éste le promete un sustancioso soborno si consigue sacarlo de prisión. Aunque el objetivo parece inalcanzable, existe una posibilidad.

El plan, aunque macabro, es relativamente sencillo: la próxima vez que muera un interno, el anciano colocará el ataúd sobre la mesa de la morgue, tocará la campana de aviso correspondiente, dejará abierta la puerta de la sala, y nuestro delincuente podrá introducirse furtivamente en la caja junto al cadáver.

El ataúd será trasladado por el viejo enterrador y unos guardias hasta un pequeño cementerio extramuros del complejo, donde será sepultado con el difunto y el fugado en su interior. Al anochecer, el funcionario volverá al camposanto, desenterrará la caja y liberará al preso.

El oxígeno almacenado en el féretro será suficiente para aguantar unas horas bajo tierra. El plan tiene sus riesgos pero no hay alternativa. Nadie más debe conocer el engaño, ni siquiera la familia del anciano.

Pocos días después, nuestro recluso se encuentra realizando sus quehaceres habituales cuando escucha el sonido de la fatídica campana. Abandona su trabajo y se dirige al depósito de cadáveres. La puerta está abierta, tal y como prometió su amigo el enterrador. Accede cautelosamente a la oscura habitación, consigue localizar con sus manos la mesa central, se introduce en el ataúd junto al cadáver aún caliente, y cierra la tapa con absoluto sigilo. Horas después, varios hombres entran en la sala, encienden la luz y cargan en un pequeño carro el austero y pesado féretro. El reo contiene la respiración mientras escucha la apertura del portón exterior de la cárcel. El plan avanza según lo previsto. Más tarde llega el sonido de las sogas bajando la caja hasta su último destino, y las paladas de tierra cayendo finalmente sobre la madera.

A partir de ese momento apenas hay imagen. Todo es oscuridad y pensamiento. Ni siquiera podemos ver ya los leves rayos de luz que atravesaban las grietas de la caja durante el traslado. El fugado es ahora incapaz de saber si es de día o de noche, ni cuánto tiempo ha transcurrido desde su sepultura. Sin embargo, la espera comienza a parecer excesiva. ¿Dónde está el enterrador? Sus nervios aumentan y los pensamientos se tornan angustiosos. ¿Por qué se retrasa tanto su socio? El aire comienza a viciarse.

Desbordado por la ansiedad, el convicto alcanza una caja de fósforos que guardaba en el bolsillo. Enciende una cerilla y la acerca al cadáver que reposa junto a él. Un grito desgarra su garganta al descubrir que su compañero de féretro es… el enterrador.

Aún recuerdo aquel grito… Alfred Hitchcock era aficionado a concluir sus episodios televisivos con una moraleja final, aunque he de reconocer que no consigo recordar cuál fue su reflexión en aquella ocasión. Supongo que yo estaba demasiado ocupado intentando recuperar un ritmo respiratorio más o menos normalizado. La enseñanza que modestamente extraería de este relato es que hay que ser muy precavido a la hora de poner el propio futuro en manos de un tercero, aunque se tenga la sensación de que cualquier alternativa es preferible a la situación de partida.

El gran error de nuestro protagonista es hacer depender su supervivencia de un extraño con tal de seguir adelante porque se reconoce incapaz de asimilar el porvenir que le aguarda si asume su verdadera situación.

Aunque resulte inicialmente chocante, no es extraño que este viejo episodio volviera a mi memoria el pasado fin de semana, mientras escuchaba las noticias que llegaban desde el Palau de la Generalitat. Aunque el final de una etapa ilusionante siempre genera frustración, el deseo desesperado por mantenerla en pie no siempre justifica ponerse en manos de cualquiera, máxime cuando se trata de una persona o colectivo cuya previsibilidad y seriedad brillan por su ausencia.

Es necesario elegir un socio fiable y solvente para llevar a buen puerto cualquier empresa, un imperativo que acarrea altísimas cotas de responsabilidad cuando los posibles efectos de una elección desafortunada pueden impactar en la vida de millones de personas. Esperemos que no nos entierren a todos.

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