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Alfrédix y Ofélix

Alfrédix sobrevive gracias a una pócima que Ofélix no puede beber porque cayó en la marmita
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El próximo sábado va a haber una feria de puerta abiertas y si traen este artículo se lo canjearán por 10 puntos-regalo. La temática: ¡los libros! No sabemos si será un homenaje a ese objeto que ha aguantado veinte siglos el conocimiento humano, o un solemne funeral por haber ganado más batallas que las armas. Que brille sobre ellos la luz perpetua.

El libro se originó en una mansión romana cuando un chico penetró en la rolloteca de su padre y extrajo de las estanterías unos finos cilindros de marfil que contenían manuscritos. Después de que los sumerios utilizaran la piedra, los asirios, la madera, los mesopotámicos, la arcilla, los chinos, el bambú, y los griegos, la flor del papiro, los romanos habían fabricado con piel de res un pergamino escribible por ambas caras.

Está naciendo Jesús mientras el impúber hace cachos con los rollos y al intentar recomponerlos, le sale de chamba un ‘quaterni’ de ocho que pliega formando las tripas del primer códice. Luego el pater familias lo cose, lo encuaderna y se sienta a disfrutarlo ya que debías perderte leyendo aquellos rollos, algunos de más de 120 pies.

Hasta Gutemberg, han ido evolucionando las plumas de ave y las tinturas que se hacían con murex, hollín, minium, resina, heces de vino, agalla de encina, sulfato de hierro en vinagre o tinta de sepia mezclada con goma. Ya le dijo Cicerón a su editor, Ático, que una domus sin libros era un cuerpo sin alma.

No se sabe cuánto tiempo le queda al libro, la tecnología ha convertido a ese objeto que toma su raíz –biblion– del tronco de un árbol, en una «cosa rancia» según expresión de Herbert Genzmer en Literatur und Szene in Spanien, (Metamorphosen, Nr. 39, Abril-Junio 2015, págs. 47-50)

Me refiero a la primera acepción de libro como soporte ya que el papel está desapareciendo y en dos decenios su consumo se ha reducido desde 176 kilos por habitante y año, hasta 116. A diferencia de lo creído, el papel es sostenible medioambientalmente, y sólo es más saludable para el planeta la tinta electrónica a partir de que leas 33 obras digitalizadas de 360 páginas. De cada libro se imprimen miles de ejemplares, y el 70% que no se vende, se recicla.

El cambio al e-book será irreversible, como a tantas otras cosas que nos hacen conscientes de que asistimos al nacimiento de una nueva era. El problema no es sólo que para los nativos digitales el libro se ha convertido de nuevo en un formato enrollable cuyo significado ha regresado al original de tronco-tarugo, sino que mis amigos más grandes por lo que leen, se han pasado a la tableta y ha cesado el comercio cultural que me proporcionaban.

A Dalí le preguntaron, ¿Qué diferencia hay entre un cuadro y una fotografía idéntica de un cuadro? El pintor se levantó, indignado apuntó con su bastón al ojo del periodista, y le dijo: ¡20 millones de dólares! Y es que una cosa es ceder a los dispositivos digitales el papel del papel, y otra asociar el sueño eterno del libro al ocaso de la creación artística.

Porque tener un libro es también poseer una obra literaria o científica, y esa segunda acepción nunca cambiará sea cuál sea la forma de comunicación. Y pongo de ejemplo a Lucía Boronat que ha escrito en un móvil la novela Donde respiran las piedras, que se publicará en papel a finales de año.

En Astérix, toda la Galia había sido conquistada. ¿Toda? Toda. ¡No!, porque un pequeño reducto de editoriales independientes resiste a la prostitución de casta política, la falta de demanda, de subvenciones o de crédito. Me refiero a Gráficas Arrels que en catalán quiere decir ‘raíces’, y a la editorial Arola, que ha florecido en un entresuelo y en latín significa ‘pequeña era de trigo elevada en un claro’.

Luis de Goytisolo dijo de estos dos hermanos tarraconenses que parecen salidos de un paint-ball, que la supervivencia de Félix y Alfred Arola sería un milagro ante el Panorámix. Y que él no cree en los milagros. Y lo cierto es que, como dice el autor de La Jugada perfecta, Genzmer, contrasta el exceso de producción literaria, 3.500 editoriales, con las 912 librerías que cerraron al año pasado.

Alfrédix sobrevive gracias a una pócima que Ofélix no puede beber porque se cayó de pequeño en la marmita y cuya fórmula se transmite de boca a oreja de druida. Y este sábado celebran en el Refugi 1 del Port que, en diecisiete años, han editado tantos libros como historias contó Scheherezade al sultán para dejarlo intrigado y salvar el pescuezo.

El objetivo del encuentro es acercar a las familias este objeto vintage. Para atraer a los niños y que suelten el móvil, les contarán cuentos en una golondrina o un carruaje de caballos. Y viene de París, en uno gris, la estirada escritora Madamme Bouvet, quien actuará después de que Arola Editors convoque un concurso nacional para escritores de hasta 38 años.

En fin, como los editores les ceden todos los humos, también asistirán poetas, músicos, actores, cocineros, novelistas, bármanes, periodistas, traductores, marionetistas, ilustradores, ensayistas, dramaturgos, y los esotéricos que nos han garantizado que los fallecidos el 23 de abril de 1616, como Shakespeare o Cervantes, se personarán en espíritu en sus stands.

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