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Alta velocidad

Adoramos la velocidad, que se lleva muchas vidas por delante, pero salva otras muchas
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El ataque en Francia a un tren que une Amsterdam con París nos está haciendo dudar de la seguridad de los bienamados ferrocarriles, que a muchos terrícolas nos gustan más que los aviones y que los barcos. En todos los demás admirables medios de traslado descubiertos por el hombre se llega, pero no se viaja. El paisaje es algo visto y no visto, como para el velocista jamaicano Usain Bolt, que llega a la meta antes de que se haya extinguido el eco del disparo de salida. Si las plusmarcas de atletismo fueran siempre superables, aunque sea por centésimas de segundo, el progreso humano sería infinito ¿Hasta cuando se puede llegar antes que los demás? El deporte se inventa unos obstáculos que no existían antes de habérselos propuesto. Al parecer, ese espíritu de competición forma parte de la naturaleza humana y por eso los niños juegan a ver quién mea más lejos.

Lo que no es humano es llevarse un kalashnikov en un tren de viajeros para matar a cuantos más mejor y más rápidamente. Si no lo reducen los dos militares estadounidenses, ayudados por otros dos pasajeros, el demente fanático le hubiera robado cámara a Bolt y el rayo de brea, que es por ahora el hombre más rápido del planeta, tendría menos popularidad inmediata. En los periódicos, en las radios y en la tele, los sucesos grandes se comen a los chicos.

Adoramos la velocidad, que si bien se lleva muchas vidas por delante, salva otras muchas. Nos gusta llegar antes, pero no sabemos antes que quién, porque todos vamos en el mismo medio de transporte desde hace un siglo largo, semana más o menos. Antes, en los tiempos primeros del ferrocarril, don Antonio Machado dijo: «¡vamos en una centella!» Y poco antes, Campoamor se asombraba del tren expreso. La verdad es que el traslado no se contempla si no se camina. Por eso hay quien le gusta ir en burro. Porque en burro todo es ventanilla.

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