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Alto riesgo

Los periodistas no acuden a los frentes de batalla a matar a nadie
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En la paz te pueden proscribir, pero en la guerra te pueden suprimir. Según cálculos aproximados, ya que el número de muertos aumenta cuando fallecen los heridos de mayor gravedad, 128 periodistas perdieron la vida en 32 países. Estaban informándonos sobre las distintas guerras, ya que nos gusta estar al tanto de todo lo que pasa mientras tomamos el primer café. Durante la Guerra de Vietnam murieron 63 profesionales de medios de comunicación, pero ahora hay muchas más bajas, no sólo proporcionalmente. Se conoce que el progreso humano es incontenible. Casi todos llevaban chalecos antibalas, pero ya se sabe que no todas las balas caen a la altura de los chalecos. Algunas se alojan en el bajo vientre o entre ceja y ceja, pero ahora estoy lamentándome por la desaparición en un combate que no era suyo de los más valientes. Sólo llevaban municiones de cintas magnetofónicas, relámpagos domados de flashes y metralletas de máquinas de escribir y de nuevos artilugios más delgados que una cajetilla de tabaco. Todo un arsenal inocente. Los periodistas no acuden a los frentes de batalla a matar a nadie, sino a contar como otros se matan.

Ni los montañeros, que escalan cumbres sólo porque las cumbres están ahí, ni los pilotos de pruebas, ni los corredores de motos pueden presentar, por fortuna, un balance tan luctuoso. Ni por supuesto, los toreros, que gracias a la Virgen de los Caireles y al doctor Fleming, suelen morir de viejos, después de haber soñado cortijos en cada tanda de naturales. Ahora hay muchos compatriotas que se han unido al bando kurdo en la guerra de Irak y Siria. ¿Son idealistas o aventureros? Lo único que se sabe de ellos es que son españoles y se titulan brigadistas en lucha contra el Estado Islámico. Combaten en una tierra lejana y muchos nunca volverán a la suya. Tampoco regresarán algunos informadores de prensa, de radio o de televisión cuando se celebren las conferencias de la Paz.

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